lunes, noviembre 23, 2009

A veces...



Las palabras no llegan y me voy olvidando que escribo aquí... me pregunto si bastará que escriba en todos lados, que mi oficio sea cada vez más éste. Las respuestas no llueven ni el tiempo es el necesario para dudar, para no comprender.


Me llamé Diablo y no frené la palabra, hace seis años o dos noches, en realidad no importa. Me grité farsante cuando no pude gritar te quiero, no te vayas, quédate cerca... y hubo quien me repitió que no era Diablo, que no fui farsante y me sentí instantánea, dolorosa como la música de Silvio, y doblé las alas porque no pude, no ser solo crisálida, porque no quise, porque mi voluntad es mía y no la rento y no la presto y la reafirmo y la sostengo. Y hoy, hoy ya sé que no soy ni seré más la reina de las fracasadas, que estoy entera, sorda a los reclamos, irresponsable a otras razones que no sean sólo mías, sin culpa por lo que finalmente se cerró, hoy me sé entera y me sostengo y me repito: primera llamada, segunda llamada, comenzamos...




Yo ya no soy Diablo


Yo ya no soy farsante


Yo ya no soy culpable


Yo SOY


A pesar del pesar... de quien sea.






Comenzamos.

lunes, octubre 26, 2009

Lo imposible

Así es la vida... lo imposible y probable no son caminos consecutivos ni siguientes ni definitivos... lo imposible y lo probable son opuestos.


Lo imposible es que esté y no esté, lo probable es que crezca y me detenga.



Ya no recordaba la sensación en los dedos de escribir en este espacio. Ya no recordaba qué se decía mientras se escribía en este lugar y para qué hacerlo. Definitivo es probable que lo olvide, pero imposible que deje de hacerlo.

jueves, agosto 27, 2009

De qué callada manera V


Apenas son las doce, aún hay barras de chocolate en la mesa. Luis Carlos sigue mirando por la ventana, observa suavemente a Miriam quien duerme boca arriba, tiene los ojos hinchados, ella es quien no se acostumbra a no ver a Luna, es ella quien no se acomoda a que estén separados; es lunes, ayer fue el día de visita. Él sabe que esa semana los separarán, le explicaron que él no puede estar en la misma habitación que su hermana, que se va haciendo mujercita, que no pueden seguir bañándose juntos, no fue mucho lo que ha entendido y quizá no haga falta que llegue ese día. Lleva días pensando cómo podrán reunirse con Luna, entiende poco de distancias y es habitual que confunda una gran calle con otra, la esquina con una ciudad. Cuando llegaron allí solía pensar que Luna estaba doblando la calle, sólo dando la vuelta, desconocía que Luna debía viajar más de una hora para llegar a verlos, desconocía lo que caminaba su hermana tras llegar a la ciudad, desconocía que era una ciudad diferente, desconocía su cama al dormir, porque Luna le llevó siempre su almohada limpiecita para que él no percibiera el cambio, desconocía que se separaría cada semana de su hermana, desconocía tanto que lo conocido eran las barras de chocolate, la almohadita que cambiaba su hermana y la pared: una fotografía de los tres hermanitos, ahora un poco oscurecida, nunca lo suficiente para que él no supiera que quien sonreía abriendo la boca era él, que la mano sobre su hombro derecho era de Luna, que la pequeña que sonreía con otra mano en el hombro izquierdo era Miriam y que esas manos eran su refugio, su familia.

Luis Carlos lo ha pensado mucho, cree que lo mejor es caminar por la calle, “todo derecho, derechito se llega al pueblo” le dijo la señora de la cocina, así que irá todo derecho con Miriam de la mano, porque eso le dijo Luna “La mano entre hermanos tiene sentido, así no te pierdes, así que dame la mano para cruzar, eres mi hermano…¿lo ves? Mano: hermano”. Así que debe darle la mano a Miriam, para que no se pierdan, para que puedan encontrarse con Luna y estén los tres, a seis manos… alguna vez fueron diez, eso le ha dicho Miriam y eran muchas, grandes, de ahí se le quedó el gusto por el chocolate, su padre le daba chocolate, ahora Luna se lo lleva, él entiende a medias que es complicado comprar chocolate, pero sabe que el chocolate sabe a Luna, sabe a su padre, aunque por más que se esfuerce no pueda recordar su rostro, sólo sus manos, deben ser como las suyas, las manos de los hermanos.
(continuará...)

sábado, agosto 08, 2009

De qué callada manera IV


Pedro mira de nuevo los documentos, no entiende una palabra de lo que ahí está escrito, pasa la vista y apenas reconoce los nombres al final de la última hoja: Diana Lara Mejía y Pedro Ozuna García. Le repitieron las palabras más de una vez: “En todas las hojas y al calce”. Pedro siguió pensando “… al calce.” Como la orilla, como el fin de las cosas todas. Terminar esta historia, terminar la historia y qué hacer con la historia-Miranda, con el libro de “El Canto en la nieve”, con los viejos poemas, con Miranda corriendo, con Miranda en su eterna bicicleta, con Miranda de su mano, con Miranda y sus mejillas, con Miranda entre sus manos. Todo lo que había en el mundo él lo colmaba en los ojos de Miranda, allí donde la contenía él era contenido, continente. Miranda… pero Diana, ella la necesitaba, como proa, como guardia, como vigía, como ancla… ¿y él? Miranda cuidaba de él con necesitarlo, ella lo hizo padre, él nació hombre, ¿qué pasaría con él sin sus pasos para vigilar el mundo, cómo encontrar la huella qué seguir? Los padres mienten cuando cuidan de los hijos, son ellos quienes les dan rumbo y destino, son ellos quienes les recuerdan qué comer, cuándo, a dónde vacacionar, cuándo ha terminado el tiempo de la deriva para hacer de esa isla un lugar compartido. Pedro lo sabe, una sonrisa se dibuja en su rostro, toma la carpeta con papeles y la arroja a la basura, no volverá a tocarla, pero volverá a verla muchas veces con la misma petición: “Firme. En todas las hojas y al calce”, pero no hay fecha que no llegue a su meta, sólo esta noche se permite aplazarla. Toma la botella de aguardiente se sirve un trago, bebe lentamente, saborea, luego alarga la mano sobre la mesa de noche: tocará la armónica toda la noche porque llueve, porque es de noche, por Miranda, porque sí, porque está solo y vuelve a ser isla, un punto sin cielo en cualquier universo.

Coge de prisa otra barra de chocolate, pregunta suavecito: ¿puedo tomar más leche? La voz se le queda en la garganta y sólo atina a mover la cabeza asintiendo. Luna no se siente bien esa tarde. La entrevista no la ha dejado complacida, tiene que buscar un empleo, una casa, un lugar para que pueda vivir con sus hermanos… y Luis Carlos quiere más leche, más leche… es todavía un niño, aunque la alcance en estatura, es así y no como ella lo pensaba, necesita cuidados y ella qué podría darle, una canción con armónica como le enseñara su padre y sólo eso, pero una casa es un punto lejano; comida a diario, escuela, ¿qué puede hacer ahora, si no ha crecido? Somos como luces diminutas en cualquier firmamento cuando estamos solos, nada qué alumbrar y la oscuridad se cierne para recordarnos cada vez más nuestra propia fragilidad. Miriam acaricia la mano de Luna, le pide que le cuente una vez más sobre los dragones que se quedaron en el cielo cuando ella nació: “¿Cuántos, cuántos eran?” Luna sonríe:
- Seis, seis como tu nombre. Te llamas reina del mar, así es en hebreo, María la mujer de la que nació el mar.
- ¿Y todo el mar nació de mi boca?
- Sí, todo, el mar es un traguito para la reina del mar y nos cubre a todos.
- Ah! ¿Y Luis Carlos? ¿Tiene historia su nombre?
- Sí, quiere decir hombre fuerte.
- ¡Claro!, y yo que pensé que quería decir comedor de chocolates.
Luna toma entre sus brazos a Miriam, sabe que no entienden que esa noche tampoco dormirán juntos, que en el corredor llorarán y le dirán que no se vaya muchas veces hasta que ella los pierda de vista y escondiendo sus sollozos mude su rostro por uno más fuerte, porque ella no es fuerte, no es suficiente para dormir con ellos, para seguir con ellos el camino, para acompañarlos a crecer como “personas de bien.”¿Qué es el bien? ¿Qué es lo correcto? No lo sabe, pero sabe que ahora hace lo que es correcto: irse, caminar pensando si esa noche dormirá en un sitio amigable donde no tenga apretar los dientes, omitir el grito. Quizá por esa noche pueda sencillamente tocar la armónica, como le enseñó su padre, beber leche caliente, abrazarse muy fuerte, para recordar que no está sola, es más complejo, la desolación tiene una coma en el texto que conformamos, un descanso para el vacío que tarde o temprano llega a sucedernos. Una coma, sí, ella es una coma en la gran novela de la vida, una pequeñísima parte que no alcanza a comprender por qué aún sigue estando presente hoja tras hoja y en cada párrafo.

Las emociones se adelantan en su pecho, está segura que pueden salirse, pero no comprende qué pasa, sólo sabe qué es la misma canción, no entiende quién canta, pero esa letra la conoce, ¿cuántos años tenía? No importa. Ese es su primer cigarro, se separa un poco el cabello de la frente, quiere beber el trago que le ofrecen, es mayor, tiene 18, y debe demostrar que ha crecido, que ha aprendido, aunque esa noche deba aprender algo más que un trago, deba aprender más que un cigarrillo, deba aprender digamos una línea de un párrafo enorme llamado vida. Miranda toma el cigarrillo, el corazón está a punto de salirse, el humo ha entrado por sus pulmones, acelera su ritmo cardiaco, ella lo entiende: una vez que lo ha hecho ya no lo dejará. Es la marca de cigarrillos de su padre, él se queda con ella de manera simbólica, de un modo no preciso; por la boca de alguien de algún modo ha nacido el mar, por su boca nacerá el fuego.

jueves, julio 23, 2009

De qué callada manera 3

Página 18, "En esta tarde, tus labios coronan noviembre, la paz es un mito. Aleteo de palomas sobre la plaza... ¿quién es el culpable? Soy yo, es la tarde, es un tiempo que corre sin intención..." Miranda cierra el libro, tenía doce años cuando comenzó a leerlo; lo ha terminado una y otra vez; cada año el mismo día en que partiera en el autobús sin escuchar lo que dijera Pedro, a quien no volvió a ver; seis años, pueden ser treinta, en realidad no tiene importancia. Sabe que la mitad entre los seis años que han transcurrido y los treinta que ella percibe es dieciocho y es la página que lee ahora, donde encontrara la nota; es su edad ahora, es la hora en que lee, es el tiempo que corre sin intención... es todo lo que ella quiere que sea, es también una fecha, un lugar, un parque de diversiones; una fiesta con dieciocho personas. Las cosas no existen sin nosotros, no hay un nosotros si no hay otro, si no hay quien lo vea.
Piensa en Pedro, se pregunta ¿qué habrá pasado con él, cómo se habrá sentido de no verla llegar cada verano; habrá ido a la cita acordada a la terminal de autobuses; habrá esperado; cuántos veranos? Seis veranos han pasado, Pedro no volvió a llamarle. Escuchó que Diana dijo un día: "¡Ese pendejo qué piensa...! Miranda no vive de libros y buenas intenciones... es un fracasado, pero yo me chingo, para que a ella no le falte nada. También es su hija ¡Pendejo, por eso lo dejé!" Seguramente ahí está la razón de la ausencia de Pedro; de los veranos encerrada; del trabajo necesario desde los trece; de las ocupaciones continuas y los estudios forzados sobre lenguas extranjeras.
Le gustaría ver a Pedro, pero al final... siempre al final sabe que su lugar está con Diana. Cuidándola. "Hay un espacio para todo y para todos. Se llama continente, Miranda, porque todos cabemos; todo tiene un espacio." Solía decirle Pedro. Sólo que el tiempo ha pasado sin intención y ella no encuentro su espacio en esa casa, en esa habitación, en esa cama, en esa ropa, sólo frente al mismo libro, frente a la nota que se quedó dentro, frente a esa hora, frente a frente del espejo que no la mira.
Dieciocho... cumple dieciocho, Miriam nueve, Luis Carlos ocho. No sabe cómo pasa el tiempo, pero entiende que hoy debe de ser un día importante, porque cumplió dieciocho, así, nadamás. Luna mira el reloj, es casi la hora en que recogerá a sus hermanos; casi la hora en que debe tomar sus cosas; casi la hora en que debe recordar cerrar la puerta con cuidado, salir en puntas, tomar los documentos y rogar porque esta vez si le permitan llevárselos, quedarse con ellos, así sin chistar, que le repitan lo que ella piensa que será: "Has crecido, puedes llevártelos." Crecer... ¿qué es crecer? Tal vez es cuando la punzada en los ojos disminuye a un simple ardor; quizá es que ha mudado de ropa y zapatos varias veces, que su cuerpo ha cambiado y... cambiado... eso puede ser crecer, crecer es cambiar, pero... ella no ha cambiado, sigue creyendo que debe seguir, que su camino es a seis manos, con seis ojos, con ellos a su lado..., en fin que el sentido de su vida está con sus hermanos, con esa vida que salva y cuida y florece con ella... entonces...¿crecer es cambiar? No, Luna sabrá más tarde que crecer duele, como el amor, como la esperanza, como el silencio, pero crecer es seguir creyendo sabiendo quién eres, entendiendo qué quieres; comprendiendo a brasa lenta que decir "sí", es decir "no". Crecer es decidir, crecer es seguir, crecer es dar respuesta a la vida con los brazos de cara al cielo, el "sí" a boca abierta, y el "no" ... encerrado, sostenido con el puño en señal de victoria.
Luna mira el edificio, por un momento trata de borrar el miedo de entrar, pero no lo consigue, ¿por qué entendemos la fuerza desde el grito? Nos volvemos tan tristes. El miedo nos hace dioses, el temor engrandece las ganas. Nada que se ha temido y reconocido nos permite paralizarnos. Nada peor que el miedo al miedo; el temor enardece, el pánico paraliza, pero el miedo al miedo enloquece. Ella se sabe valiente, se sabe fuerte, y su voz suave, casi a medio tono, no le permite mostrarlo. Fue valiente cuando enterró a sus padres, fue valiente mientras estudiaba de noche; fue valiente cuando dejó a sus hermanos, fue valiente al vivir con sus tíos, fue valiente cada noche mientras entraba a su habitación alguien diferente con olor a calle y sudor y rabia. Fue valiente cuando se fue de esa casa; fue valiente cuando comenzó a trabajar, fue valiente en aquel parque de juego cuando conoció a Miranda y jamás la olvidó... es valiente ahora, aunque el "sí" tan ansiado no llegue, porque tal vez y sólo tal vez, para alguien más, ella no ha crecido.

jueves, julio 16, 2009

De qué callada manera...

Pedro mira a su alrededor el autobús se ha ido; camina con su libro bajo el brazo y el morral donde llevara un emparedado para Miranda; no le gusta que estén lejos. "Es lo mejor, estará seis meses con cada uno y podrá tomar lo mejor." La continuidad nos hace conocernos. La distancia nos hace pertenecernos. Como un deseo necesario, como una forma de decir "quiero".
Luna recuerda a Miriam en la ventana, pegada al cristal haciendo una cara, luego a Luis Carlos, sonriendo. Si la vida fuera una sonrisa eterna con ellos entre sus brazos, pero la vida es la lucha constante siempre el mismo lugar, y al día siguiente la vida es un punto y seguido y no un punto y aparte. Y ellos, sus hermanos estarán lejos; Luna arrastra los pies mientras recuerda que lo mejor era ese lugar, ella no puede hacerse cargo de ellos, pero al menos los verá crecer, podrá visitarlos cada sábado, limpiará las mejillas de Miriam, quitará el chocolate del Rostro de Luis Carlos, mientras piensa patea una piedra, otra, tararea la canción que le cantara su madre:"De qué callada manera se me acerca usted sonriendo, como si fuera la primavera y yo muriendo..."
Pedro camina por el andén y escucha la canción, sonríe, apenas han pasado unos minutos que se fuera Miranda y ya la presiente, debe ser la sensación de extrañar, el vacío que se queda. Miranda solía decirle que extrañar era como un café calientito, amargo a la prueba, pero dulce al paladar.
Casi al final de la calle, Luna recuerda que extrañar es el viento en los ojos, de qué otro modo se explica que le ardan así, de qué otro modo explica que le piquen de atrás para adelante; extrañar es tierrita en los ojos, tierra en la boca, extrañar es el café de su abuela y sus manos en la cara. Extrañar es aquella chiquilla como ella en el parque de diversiones, la misma que acercándose le dijera: "¿puedo jugar contigo?" Y después sin aviso, le dijera en las alturas: "Disculpa, es mi padre, tengo que ir, tengo que ir..." Apenas alcanzó a preguntarle, "Oye, ¿cómo te llamas?" "¡Miranda!" "¿Y tú?" "¡Luna, Luna!"
Así es extrañar, no sabes cuánto durará pero se ha ido, y al mismo tiempo se queda tibio como el café de la abuela, como el deseo que sea eterno, pero efímero como la luz de día o el miedo o este recuerdo, así como estos nombres al aire: "¡Miranda!""¡Luna!"

martes, julio 14, 2009

De qué callada manera...

Luna tiene los ojos llenitos de agua, mientras con la mano abierta se despide. No sabe cuándo volverá a verla.
Miranda aprieta los dientes, una mueca de sonrisa se dibuja en su rostro. Levanta la mano para alcanzar la otra mano, pero no lo consigue. El aire no permite que escuche, grita apresurada, desespera, pero el autobús avanza sin que entienda lo que le dicen.
Luna grita, dos, tres, cuatro, las palabras se le multiplican en el aire, mientras sus mejillas se humedecen. No entiende que no la escuchen, sigue gritando, camina tras el autobús, agita las manos y repite las mismas palabras, el autobús avanza...ella se queda detrás con la boca abierta, sin poder asirse más que del polvo que deja el autobús con su paso.
Miranda se acomoda en el rellano del asiento, abre el libro, página 12, página 15, página 17, página 18... hay una nota... "De qué callada manera se me acerca usted sonriendo, como si fuera la primavera y yo muriendo..."

martes, junio 23, 2009

La fe y el tiempo

Crecer y creer son imágenes ciegas,
más que el mismo sonido:
crecer es una palabra larga,
como la palabra “tanto”,
como la palabra “fuerte”,
como la propia libertad.

Crecer no es herida ni cicatriz
creer no es dolor ni melancolía.
Crecer es darle la cara a la vida
con los ojos cerrados,
con los brazos abiertos,
con la eterna esperanza por un nuevo intento.

Crecer duele si olvidas quién eres,
creer es un remanso si sabes qué quieres.
Crecer es una palabra del tiempo,
creer es una palabra tuya.

Crecer es tu sonrisa de niña ante una paleta,
triunfante porque es totalmente tuya;
creer son tus manos sosteniendo las mías,
es septiembre y un par de bebidas.

Crecer es un día a la vez,
es una puerta para entrar, no una salida.

Crecer es abrazar lo sencillo,
Creer es hacer de cada día una aventura posible.
Crecer es hoy, porque este hoy es mañana.
Crecer no es una pregunta es una respuesta
Creer es una ventaja, una promesa.