martes, diciembre 22, 2009

Yo soy un moro judío...




que vive con los cristianos...
Jorge Drexler


Esa mera soy yo... mi abuela decía que mi bisabuelo era gitano. Mi madre dice que mi bisabuela era judía. Mi padre -como más de la media de la población- era hijo de españoles... y yo... yo... ¡santo Dios! que creo en Dios por todos lados.

A mí me gusta ver a mis sobrinas vestirse con lo que quieran y saber que cada vez más se acercan a soñar diferente, y veo cómo crecen y dejan a los otros tres pensando que apenas son críos.

Me gusta comer con mi madre y saber que le gusta comer conmigo, y ver películas y abrazar a mi hermana, conversar con mi hermano y tomar café con mi cuñada, beber cerveza con mi cuñada y saber que están todos juntos, pero no revueltos. Me gusta saber que allá en otro lado está mi perro Morgan y toda mi familia, la que me fui construyendo con fe y buena voluntad.



Aunque sé que no soy un moro judío, me gusta saber que ando en todos lados, un día pensé que no tenía patria y me dediqué a buscarla, la encontré y después me fui, porque yo soy mi escalera y a veces también mi patria...






"...vale más cualquier quimera que un trozo de tela triste"

lunes, diciembre 21, 2009

Supongo que...


Tengo los ojos fijos, pero no soy la mujer de la que habla Neruda.

Amo terriblemente y todo irá bien algún día.

Abrazo temores y ya no me regodeo en ellos.

Foto:_ "En voz baja" Jasmín Cruz-Cacheux


Tengo un par de piernas que duelen con frecuencia.

Tengo ojos para ver y a veces los ocupo para contemplar el cielo.

He sido ciega , inválida, pero ya lo olvidé y ahora camino y ando y puedo seguir.

Es casi fin de año y no hay fantasmas en la casa, sólo un par de dolores, pero era necesario.

sábado, diciembre 19, 2009

De roto a roto

Meses diciendo que todo era un pinche jarrón roto... Y lo que realmente se rompió no fue el jarrón.
Semanas asumiendo que todo era culpa del jarrón y el jarrón no está... tú tampoco y lo roto no es el jarrón si no ... si no... no.



viernes, noviembre 27, 2009

La suma de mis equivocaciones

El color del cielo y la mirada en el pelo.
El sabor del silencio y un trago de chocolate.
El agua de la llave y la lluvia en el cuerpo.
La manera de mirar y la mirada que no alcanza.
La suma de las noches y las decisiones.


Brote y circunstancia.
Árbol y cometa.
Zona y precipicio.
Infancia y promesa.

Hoy, soy la suma de mis equivocaciones,
de mis deseos y atrás quedan ya los falsos profetas.

lunes, noviembre 23, 2009

A veces...



Las palabras no llegan y me voy olvidando que escribo aquí... me pregunto si bastará que escriba en todos lados, que mi oficio sea cada vez más éste. Las respuestas no llueven ni el tiempo es el necesario para dudar, para no comprender.


Me llamé Diablo y no frené la palabra, hace seis años o dos noches, en realidad no importa. Me grité farsante cuando no pude gritar te quiero, no te vayas, quédate cerca... y hubo quien me repitió que no era Diablo, que no fui farsante y me sentí instantánea, dolorosa como la música de Silvio, y doblé las alas porque no pude, no ser solo crisálida, porque no quise, porque mi voluntad es mía y no la rento y no la presto y la reafirmo y la sostengo. Y hoy, hoy ya sé que no soy ni seré más la reina de las fracasadas, que estoy entera, sorda a los reclamos, irresponsable a otras razones que no sean sólo mías, sin culpa por lo que finalmente se cerró, hoy me sé entera y me sostengo y me repito: primera llamada, segunda llamada, comenzamos...




Yo ya no soy Diablo


Yo ya no soy farsante


Yo ya no soy culpable


Yo SOY


A pesar del pesar... de quien sea.






Comenzamos.

lunes, octubre 26, 2009

Lo imposible

Así es la vida... lo imposible y probable no son caminos consecutivos ni siguientes ni definitivos... lo imposible y lo probable son opuestos.


Lo imposible es que esté y no esté, lo probable es que crezca y me detenga.



Ya no recordaba la sensación en los dedos de escribir en este espacio. Ya no recordaba qué se decía mientras se escribía en este lugar y para qué hacerlo. Definitivo es probable que lo olvide, pero imposible que deje de hacerlo.

jueves, agosto 27, 2009

De qué callada manera V


Apenas son las doce, aún hay barras de chocolate en la mesa. Luis Carlos sigue mirando por la ventana, observa suavemente a Miriam quien duerme boca arriba, tiene los ojos hinchados, ella es quien no se acostumbra a no ver a Luna, es ella quien no se acomoda a que estén separados; es lunes, ayer fue el día de visita. Él sabe que esa semana los separarán, le explicaron que él no puede estar en la misma habitación que su hermana, que se va haciendo mujercita, que no pueden seguir bañándose juntos, no fue mucho lo que ha entendido y quizá no haga falta que llegue ese día. Lleva días pensando cómo podrán reunirse con Luna, entiende poco de distancias y es habitual que confunda una gran calle con otra, la esquina con una ciudad. Cuando llegaron allí solía pensar que Luna estaba doblando la calle, sólo dando la vuelta, desconocía que Luna debía viajar más de una hora para llegar a verlos, desconocía lo que caminaba su hermana tras llegar a la ciudad, desconocía que era una ciudad diferente, desconocía su cama al dormir, porque Luna le llevó siempre su almohada limpiecita para que él no percibiera el cambio, desconocía que se separaría cada semana de su hermana, desconocía tanto que lo conocido eran las barras de chocolate, la almohadita que cambiaba su hermana y la pared: una fotografía de los tres hermanitos, ahora un poco oscurecida, nunca lo suficiente para que él no supiera que quien sonreía abriendo la boca era él, que la mano sobre su hombro derecho era de Luna, que la pequeña que sonreía con otra mano en el hombro izquierdo era Miriam y que esas manos eran su refugio, su familia.

Luis Carlos lo ha pensado mucho, cree que lo mejor es caminar por la calle, “todo derecho, derechito se llega al pueblo” le dijo la señora de la cocina, así que irá todo derecho con Miriam de la mano, porque eso le dijo Luna “La mano entre hermanos tiene sentido, así no te pierdes, así que dame la mano para cruzar, eres mi hermano…¿lo ves? Mano: hermano”. Así que debe darle la mano a Miriam, para que no se pierdan, para que puedan encontrarse con Luna y estén los tres, a seis manos… alguna vez fueron diez, eso le ha dicho Miriam y eran muchas, grandes, de ahí se le quedó el gusto por el chocolate, su padre le daba chocolate, ahora Luna se lo lleva, él entiende a medias que es complicado comprar chocolate, pero sabe que el chocolate sabe a Luna, sabe a su padre, aunque por más que se esfuerce no pueda recordar su rostro, sólo sus manos, deben ser como las suyas, las manos de los hermanos.
(continuará...)

sábado, agosto 08, 2009

De qué callada manera IV


Pedro mira de nuevo los documentos, no entiende una palabra de lo que ahí está escrito, pasa la vista y apenas reconoce los nombres al final de la última hoja: Diana Lara Mejía y Pedro Ozuna García. Le repitieron las palabras más de una vez: “En todas las hojas y al calce”. Pedro siguió pensando “… al calce.” Como la orilla, como el fin de las cosas todas. Terminar esta historia, terminar la historia y qué hacer con la historia-Miranda, con el libro de “El Canto en la nieve”, con los viejos poemas, con Miranda corriendo, con Miranda en su eterna bicicleta, con Miranda de su mano, con Miranda y sus mejillas, con Miranda entre sus manos. Todo lo que había en el mundo él lo colmaba en los ojos de Miranda, allí donde la contenía él era contenido, continente. Miranda… pero Diana, ella la necesitaba, como proa, como guardia, como vigía, como ancla… ¿y él? Miranda cuidaba de él con necesitarlo, ella lo hizo padre, él nació hombre, ¿qué pasaría con él sin sus pasos para vigilar el mundo, cómo encontrar la huella qué seguir? Los padres mienten cuando cuidan de los hijos, son ellos quienes les dan rumbo y destino, son ellos quienes les recuerdan qué comer, cuándo, a dónde vacacionar, cuándo ha terminado el tiempo de la deriva para hacer de esa isla un lugar compartido. Pedro lo sabe, una sonrisa se dibuja en su rostro, toma la carpeta con papeles y la arroja a la basura, no volverá a tocarla, pero volverá a verla muchas veces con la misma petición: “Firme. En todas las hojas y al calce”, pero no hay fecha que no llegue a su meta, sólo esta noche se permite aplazarla. Toma la botella de aguardiente se sirve un trago, bebe lentamente, saborea, luego alarga la mano sobre la mesa de noche: tocará la armónica toda la noche porque llueve, porque es de noche, por Miranda, porque sí, porque está solo y vuelve a ser isla, un punto sin cielo en cualquier universo.

Coge de prisa otra barra de chocolate, pregunta suavecito: ¿puedo tomar más leche? La voz se le queda en la garganta y sólo atina a mover la cabeza asintiendo. Luna no se siente bien esa tarde. La entrevista no la ha dejado complacida, tiene que buscar un empleo, una casa, un lugar para que pueda vivir con sus hermanos… y Luis Carlos quiere más leche, más leche… es todavía un niño, aunque la alcance en estatura, es así y no como ella lo pensaba, necesita cuidados y ella qué podría darle, una canción con armónica como le enseñara su padre y sólo eso, pero una casa es un punto lejano; comida a diario, escuela, ¿qué puede hacer ahora, si no ha crecido? Somos como luces diminutas en cualquier firmamento cuando estamos solos, nada qué alumbrar y la oscuridad se cierne para recordarnos cada vez más nuestra propia fragilidad. Miriam acaricia la mano de Luna, le pide que le cuente una vez más sobre los dragones que se quedaron en el cielo cuando ella nació: “¿Cuántos, cuántos eran?” Luna sonríe:
- Seis, seis como tu nombre. Te llamas reina del mar, así es en hebreo, María la mujer de la que nació el mar.
- ¿Y todo el mar nació de mi boca?
- Sí, todo, el mar es un traguito para la reina del mar y nos cubre a todos.
- Ah! ¿Y Luis Carlos? ¿Tiene historia su nombre?
- Sí, quiere decir hombre fuerte.
- ¡Claro!, y yo que pensé que quería decir comedor de chocolates.
Luna toma entre sus brazos a Miriam, sabe que no entienden que esa noche tampoco dormirán juntos, que en el corredor llorarán y le dirán que no se vaya muchas veces hasta que ella los pierda de vista y escondiendo sus sollozos mude su rostro por uno más fuerte, porque ella no es fuerte, no es suficiente para dormir con ellos, para seguir con ellos el camino, para acompañarlos a crecer como “personas de bien.”¿Qué es el bien? ¿Qué es lo correcto? No lo sabe, pero sabe que ahora hace lo que es correcto: irse, caminar pensando si esa noche dormirá en un sitio amigable donde no tenga apretar los dientes, omitir el grito. Quizá por esa noche pueda sencillamente tocar la armónica, como le enseñó su padre, beber leche caliente, abrazarse muy fuerte, para recordar que no está sola, es más complejo, la desolación tiene una coma en el texto que conformamos, un descanso para el vacío que tarde o temprano llega a sucedernos. Una coma, sí, ella es una coma en la gran novela de la vida, una pequeñísima parte que no alcanza a comprender por qué aún sigue estando presente hoja tras hoja y en cada párrafo.

Las emociones se adelantan en su pecho, está segura que pueden salirse, pero no comprende qué pasa, sólo sabe qué es la misma canción, no entiende quién canta, pero esa letra la conoce, ¿cuántos años tenía? No importa. Ese es su primer cigarro, se separa un poco el cabello de la frente, quiere beber el trago que le ofrecen, es mayor, tiene 18, y debe demostrar que ha crecido, que ha aprendido, aunque esa noche deba aprender algo más que un trago, deba aprender más que un cigarrillo, deba aprender digamos una línea de un párrafo enorme llamado vida. Miranda toma el cigarrillo, el corazón está a punto de salirse, el humo ha entrado por sus pulmones, acelera su ritmo cardiaco, ella lo entiende: una vez que lo ha hecho ya no lo dejará. Es la marca de cigarrillos de su padre, él se queda con ella de manera simbólica, de un modo no preciso; por la boca de alguien de algún modo ha nacido el mar, por su boca nacerá el fuego.