jueves, febrero 06, 2014

1. ¿Qué es un discurso de acuerdo a Michel Foucault?



La lección inaugural “El orden del discurso” impartida por Michel Foucault en 1970, con la cual sucediera a Jean Hyppolite en la Cátedra de «Historia de los sistemas del pensamiento» en el Collège de France; podemos precisarla como el momento en el cual el filósofo, además de dar cuenta de lo que hasta entonces investigaba, y como tal lo asume y reflexiona al respecto, a saber: la voluntad de saber.

Foucault, inicia esta obra afirmando su propia inquietud por saber lo que es el discurso, señalando las primeras vías, al respecto: el deseo y la institución.

El deseo dice: “No querría tener que entrar yo mismo en este orden azaroso del discurso; no querría tener relación con cuanto hay en él de tajante y decisivo; querría que me rodeara como una transparencia apacible, profunda, indefinidamente abierta, en la que otros responderían a mi espera, y de la que brotarían las verdades, una a una; yo no tendría más que dejarme arrastrar, en él y por él, como algo abandonado, flotante y dichoso”. Y la institución responde: “No hay por qué tener miedo de empezar; todos estamos aquí para mostrarte que el discurso está en el orden de las leyes, que desde hace mucho tiempo se vela por su aparición; que se le ha preparado un lugar que le honra pero que le desarma, y que, si consigue algún poder, es de nosotros y únicamente de nosotros de quien lo obtiene[1]” .[2]

Es posible observa la ironía con la que M. Foucault, señala que la institución acude a ritualizar el discurso, trayendo consigo que el poder que pueda tener el discurso será de la propia “Institución” de donde éste lo obtenga, y en tal sentido estará en orden a las leyes, a cada uno de los mecanismos que para esto han sido creados

Lo expuesto hasta ahora nos llevaría a una síntesis del propio documento, no obstante es menester señalar directamente lo que la lectura del propio M. Foucault nos lleva a señalar, un discurso en tanto tal, es poder, mismo que crea sus propios mecanismos, y siguiendo esa lógica, construye a su vez un conjunto de estrategias de dominación.

“El discurso, por más que en apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy pronto, rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder. Y esto no tiene nada de extraño: ya que el discurso -el psicoanálisis nos lo ha mostrado- no es simplemente lo que manifiesta (o encubre) el deseo; es también lo que es el objeto del deseo; y ya que -esto la historia no cesa de enseñárnoslo- el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse.”[3]

El discurso, un discurso, lleva la metáfora de alguien que habla, se yergue entre los demás, asume la voz, porque quien habla, piensa, asciende sobre quienes no lo hacen o no merecen hacerlo; quien habla, tiene el discurso, como tiene el poder. Tal como lo hemos resaltado, El discurso, por más que en apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy pronto, rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder.

Un discurso, no un diálogo, pues este último implicaría la simetría en una relación, el discurso entraña por sí mismo la asimetría, la inequitativa relación, la construcción de la relación de poder: el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse.

Ahora bien, en cuanto a la realidad material del discurso, encontramos el lenguaje, la voz, la palabra, señala M. Foucault (1970):“Pienso en la oposición razón y locura. Desde la más alejada Edad Media, el loco es aquél cuyo discurso no puede circular como el de los otros: llega a suceder que su palabra es considerada como nula y sin valor, no conteniendo ni verdad ni importancia, no pudiendo testimoniar ante la justicia, no pudiendo autentificar una partida o un contrato, no pudiendo ni siquiera, en el sacrificio de la misa, permitir la transubstanciación y hacer del pan un cuerpo; en cambio suele ocurrir también que se le confiere, opuestamente a cualquier otra, extraños poderes, como el de enunciar una verdad oculta, el de predecir el porvenir, el de ver en su plena ingenuidad lo que la sabiduría de los otros no puede percibir.”[4]

Y ante tal contexto las formas que el discurso reviste: la filosofía, la literatura, porque como más tarde el autor dirá, la voluntad de saber, está ahí, en el discurso que se permite, en el que se excluye; como estará en quien tiene razón y quien carece de ella. En el autor de certezas y en quien no puede darlas. He aquí otra zona de alta temperatura para ser analizada; sin embargo, hasta este momento y con respecto a la literatura, hemos dicho autor, y ninguna palabra es gratuita en M. Foucault, como tal comprende a quien puede dar el discurso, y aún de este modo: “Sería absurdo, desde luego, negar la existencia del individuo que escribe e inventa. Pero pienso que -al menos desde hace un cierto tiempo- el individuo que se pone a escribir un texto, en cuyo horizonte merodea una posible obra, vuelve a asumir la función del autor: lo que escribe y lo que no escribe, lo que perfila, incluso en calidad de borrador provisional, como bosquejo de la obra, y lo que deja caer como declaraciones cotidianas, todo ese juego de diferencias está prescrito para la función de autor, tal como él la recibe de su época, o tal como a su vez la modifica. “[5]

He aquí la anécdota que puede bien centralizar lo que hemos visto en el seminario, “…A comienzos del siglo XVII, el taicún había oído hablar de que la superioridad de los europeos -en cuanto a la navegación, el comercio, la política, el arte militar- se debía a su conocimiento de las matemáticas. Deseó ampararse de un tan preciado saber. Como le habían hablado de un marino inglés que poseía el secreto de esos discursos maravillosos, le hizo llevar a su palacio y allí lo retuvo. A solas con él tomó lecciones. Aprendió las matemáticas. Mantuvo, en efecto, el poder, y vivió largo tiempo. Y hasta el siglo XIX no existieron matemáticos japoneses. Pero la anécdota no finaliza allí: tiene su vertiente europea. La historia quiere que ese marino inglés, Will Adams, fuese un autodidacta: un carpintero que, por haber trabajado en un astillero naval, había aprendido la geometría.”[6]

Así parece, tal como lo señala M. Foucault, se concentran las coacciones del discurso, las que limitan los poderes, las que dominan las apariciones aleatorias, las que seleccionan a los sujetos que pueden hablar.[7]





[1] El uso de negrillas es del presente documento. No utilizado en el original.
[2] FOUCAULT, Michel. El orden del discurso. Barcelona, Tusquets Editores, 1992. Traducción de Alberto González Troyano, p. 2
[3] Ibid., p. 3
[4] Ibíd., p. 3
[5] Ibíd., p. 8
[6] Ibíd., p. 11
[7] Cfr. Ibídem.

lunes, diciembre 09, 2013

Un mundo raro

Mamá solía repetir: 
"-Tú puedes hacer lo que quieras (si "quieras" era lo que ella quería).

Sentada en su mecedora, Martha escucha otra vez: 

Cuando te hablen de amor y de ilusiones. Y te ofrezcan un sol  y un cielo entero...

"- Lo que quieres es lo que tú (yo) necesitas (necesito)." Así crecí, creyendo que "puedo" es la polea del "quiero".

"-¿Entiendes, Martha? (Voy a repetirlo porque necesito entenderlo) Bien, lo diré otra vez. Puedo, tú puedes (yo puedo) hacer (vivir), lo que tú (yo) quieras (diga). 

Si te acuerdas de mí no me menciones porque vas a sentir amor del bueno... 

(Martha continúa meciéndose)

Mamá... mamá ¿qué otras mentiras repetiste? (Se detiene y toma otra fotografía).

Y si quieren saber de tu pasado, es preciso decir una mentira...

"-Un día (hoy) vas a agradecer mis palabras (mis decretos). Ahora (siempre) no entiendes (no sé cómo incrustarlo en ti). Y entonces vas a recordarme(te)

Di que vienes de allá, de un mundo raro/ que no sabes llorar/ que no entiendes de amor / y que nunca has amado.

(Martha con la sonrisa cubierta sostiene la fotografía).

¡Qué mundo raro, mamá! Nunca "quise" nada, quizá por eso no "pude".

"-Tú (yo) puedes (puedo) hacer lo que tú (yo) quieras (quiero). Con el tiempo (jamás) lo entenderás (lo recordarás).

Martha suspira, mira la fotografía y entona la canción:

Porque yo a donde voy hablaré de tu amor como un sueño dorado y olvidando el rencor, no diré que tu adiós me volvió desgraciado.



lunes, noviembre 18, 2013

Antes de Marte [Anacoluto]



Con la respiración suspendida, con los ojos secos y la voz rota. Con la derrota definida y la voluntad de saber lo que haga falta, aunque no guste, aunque no se busque, así este lunes 18 y el mes de noviembre. 

Dicen que la fe es aquello en lo que crees sin certeza, dicen que la confianza es la propuesta de verdad que se comparte; ahora estoy pensando en un asesino y su fe; en el ladrón y la confianza. Imagino el momento en que llegan a casa y por un acto que no es posible predecir, el oficio se queda fuera, la sonrisa rebasa los ojos y abrazan, abrazan su afecto, los ojos de su hijo, la mirada de la persona amada. Quizá van a limpiarse después, tiran la ropa, se lavan las manos. Revisan el valor de lo adquirido. Después, como cualquiera tomarán la cena, dormirán, el día habrá terminado. 

 Las personas tenemos contrastes, eso nos hace humanas. Yo qué sé si ya lo ha dicho alguien o no, a mí me trae la mente ese afán porque pienso en mi padre, en mi madre, pero no en mis padres... sé perfecto que no van juntos ni en el recuerdo (¡se aparece uno primero, luego el siguiente!) Pienso en aquello que se dice: "Honrarás a tu padre y a tu madre y todo estará bien", y no sé si está bien, pero sé que los honro, que los he conocido y amado, que pude abrazar a mi padre en vida y estrecharlo a su muerte... ¡mi padre, tan multihomicida! Sí, de la infancia, tres infancias, un sueño roto, una vida estéril. Paso tiempo dando vueltas sobre qué escribir y regreso siempre a este tema: mi padre. Me duele, siempre me ha dolido. Es esa sensación del cristal roto en la ventana que deforma el porvenir. No puedo mirar hacia afuera, sólo siento, se anuncian mil ecos disparados hacia adentro, más fuertes, cada vez más fuertes. Mi padre.

Con la respiración suspendida miro noviembre, me sé melancólica. Humana, tal vez absurdamente humana; aprendí la fe hace tanto tiempo, aprendí la confianza en el camino de regreso, y sin razón de tenerlas la he desperdigado. Va siendo hora de recogerla del camino y sentarse con la esperanza, la que me obesquió mi madre, desde el primer día que nos volvimos cómplices, compañeras. 

[Antes de marte, luna, no quiero hacer la guerra, ni hacer del abandono la bandera de esta-yo-mi-patria] 



miércoles, septiembre 11, 2013

Septiembre



Hace días que llegó septiembre, pero no ha parado de llover. El tema es que tocamos el otoño con la punta de los dedos sin que llegue la caída de las hojas y no para de llover. 

Tal vez ahora no sea el mejor momento para retomar esta escritura íntima en público, porque tengo toda la cabeza revuelta, las ideas, las emociones y las pulsiones, pero no se me ocurre otro momento, porque me gusta escribir como pensar en voz alta. El caso es que no llega Otoño y si esto es como que llueve sobre mojado, pues sí. 

No, no puedo escribir acá que me siento terrible. 

Recuérdenme olvidar, por si lo olvido. 




[Otra vez, cambio y fuera]