lunes, octubre 13, 2014
martes, septiembre 09, 2014
Hoja de ruta: Tres ciudades
A mi hermano Juan Carlos Félix, mi también Hoja de ruta
"En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver."
Joaquín Sabina
Cierro los ojos y mis pensamientos son una carretera, tres ciudades, mi destino. Nací en Xalapa, ahí es a donde comienza esta historia. Xalapa-Enríquez, conocida comúnmente como Xalapa o Jalapa, es una ciudad mexicana, cabecera del municipio del mismo nombre y capital del estado de Veracruz. Es conocida coloquialmente como “La Atenas veracruzana” y “La ciudad de las flores”. La ciudad de la neblina, del clima frío, de las calles que se acortan y ante los ojos son pequeñas colinas.
Desde hace décadas veo caminos en todas partes, mi lugar de origen se extiende hacia una carretera, la que va de Xalapa a la pequeña ciudad de Cardel, José Cardel es una ciudad mexicana, cabecera del municipio La Antigua en la región central del estado mexicano de Veracruz. Situada a 29 km de distancia al norte de la Ciudad y Puerto de Veracruz, México, es el cruce de caminos y paso obligado de la carretera federal 180 que comunica a la región costera del Golfo de México de Norte a Sur y la carretera federal 140 que comunica al Puerto de Veracruz con el centro del país.
Cardel es el camino de la infancia, el lugar donde los juegos infantiles tuvieron sentido; llegué a Cardel tras cumplir seis años, debo confesar que estando ahí, no lo estaba del todo. Habiendo llegado de otra ciudad los primeros años no comprendía su clima caluroso, sus extensas calles; las vías del tren que recorrían a lo largo la ciudad me parecían calles también, recorridas por carga pesada, sin pasajeros. Aun así yo esperaba. Escuchar el sonido del tren se convirtió por mucho tiempo, en el sonido de la nostalgia. Alguien llegaría, parecía anunciar el tren, tuvo que pasar algún tiempo para que me percatara que era sólo carga pesada, no había pasajeros y no los habría. Más allá del operario y quienes lo hacían funcionar, el tren no llevaba fantasmas. Los fantasmas estaban conmigo.
Los años transcurrieron y supe que Cardel es, ante todo, un sitio de comerciantes, un lugar de compra y venta. Sus habitantes alegres, ofrecen y compran mercancía de todo tipo, alimentos, bebidas, objetos, bienes, parabienes, cariños, al fin mercancía. Alguna tarde en que iniciar mi adolescencia, al cruzar la calle, me pregunté ¿quién era yo?, ¿hacia a dónde iba?, ¿de dónde venía? El semáforo me indicó que debía continuar, pero las preguntas se habían sembrado en mí. En aquél momento dejé atrás cualquier duda, para tener la certeza de estar viendo los colores completos: la pequeña José Cardel se extendía ante mis ojos, con toda la fuerza del color del sol, del aroma dulce del aire, que año tras año me hace reconocer que he llegado nuevamente. ¿Quién era yo? Recuerdo haberme preguntado con la vehemencia de los 11 años, con la inexplicable apariencia de tener una larga respuesta por encontrar. ¿Hacia a dónde iba? A diferencia de la pregunta primera, con esta no sabía qué hacer, no sabía cómo responderla y tampoco qué posibilidades tenía. En aquél momento había ante mis ojos una larga carretera que unía a Cardel con Xalapa, “siguiendo derecho, todo derecho”, decía mi abuela. Dos ciudades se unían en el mapa de una niña de 11 años. Xalapa explicaba el lugar de mi nacimiento, visitarla era acompañar a mi madre y abuela y a sus historias (también se acompaña a las historias, no sólo a las personas). El lugar favorito de mi abuela, lo repetía siempre, estaba orgullosa que fuera mi lugar de nacimiento. Con frecuencia comíamos en Xalapa y ella aprovechaba para contarme una y otra vez alguna –quizá la misma- anécdota de su infancia. El tiempo transcurría y la carretera seguía siendo mi punto de partida, entre ires y venires, Cardel y Xalapa iban construyendo mi memoria. Los jardines de Xalapa, sus calles, el mercado de Cardel, la alegría de la gente, pero yo me iría a otra ciudad, una que no estaba todo derecho, quizás al centro del país, Cuernavaca.
Terminé los estudios medio superiores y la pregunta apareció de nuevo: ¿hacia a dónde voy? Quizá sobre decir que la carretera ha sido para mí un particular oráculo, una ventana casi mágica por la que puedo asomarme para entender el siguiente escalón. En el viaje con el que celebramos el fin de curso, desperté de madrugada, el autobús hizo una parada en una gasolinera, bajé para estirar las piernas, reconocer a dónde nos encontrábamos: la larga avenida Domingo Diez de la ciudad de Cuernavaca, Morelos; en ese momento no conocía el nombre de la avenida, tampoco sabía más que estábamos en Cuernavaca, pero ante mis ojos, nuevamente un camino largo unía la carretera con el ruido de ciudad, el movimiento de la gente viviendo. Subí al autobús tras esa larga mirada y coloqué la cabeza sobre el vidrio de la ventana, sin saber por qué dije en voz alta, “yo viviré aquí, mucho, mucho tiempo”. Mi compañero de asiento me miró sin sorpresa, yo sólo añadí: “la carretera, otra vez la carretera.”
Fundada por Hernán Cortés, Cuernavaca es un municipio, ciudad y capital del estado de Morelos, en México, ubicada a 85 km al sur de la Ciudad de México y 290 km al norte de Acapulco; el área urbana se desborda a otros municipios cercanos (Huitzilac, Jiutepec, Temixco, Xochitepec y Emiliano Zapata) y conurba varias localidades. Al regresar a Cardel se lo dije a mi abuela, ella sonriendo me dijo: “Así que te irás a cuernos de vaca.” En su comentario no había duda, había esa complicidad entre nosotras.
Cuernavaca, el nombre de la ciudad proviene del vocablo náhuatl Cuauhnáhuac (kʷawˈnaːwak). La palabra derivó en «Cuernavaca» debido a una eufonía en la pronunciación española del náhuatl original. Los cronistas de la conquista, como Hernán Cortés, corrompieron el sentido de la palabra Cuauhnáhuac por no poder pronunciar el idioma náhuatl. Cortés cambia el nombre por el de Coadnabaced; el cronista Bernal Díaz la llama Coadalbaca; Solís la menciona como Cuautlavaca, y el uso la ha cambiado hasta dejarla en Cuernavaca. Llegué a esta ciudad meses después de haberle dicho a mi abuela que me iría y aquí viviría, mi madre tuvo conocimiento de una convocatoria para cursar estudios universitarios, en aquél momento miré a mamá y a sus insondables ojos verdes, la situación en casa se veía ahí y en sus manos, si no tomaba esa oportunidad, quizá no habría otra, hasta ese momento yo había trazado mi camino universitario en Xalapa, me ilusionaba estudiar ahí, vivirme ahí, pero esa mañana mientras mamá hablaba sobre los estudios en Cuernavaca, pude notar como el aire dulce de Cardel se tornaba frío, el frío de Xalapa estaba saliendo por la puerta que ella había dejado abierta, tras llegar con tanta prisa. Las breves calles de Xalapa, los jardines, las librerías, se iban borrando al compás apresurado de las palabras de mi madre. En medio de una ciudad y otra, existieron otros paisajes que, con el paso del tiempo, he comprendido tuve que visitar para entender que a veces la carretera sólo susurra nombres, pero no son destinos.
Un mes después de escuchar a mi madre, subí al autobús nuevamente, con todo lo que podría necesitar para una larga estancia; llegué a Cuernavaca, la sorpresa para mí es que más allá de lo que digan de esta ciudad, tiene calles que se hacen colinas como Xalapa, personas como sitios como Cardel, y las avenidas se unen a la carretera que sigue diciendo nombres, algunos como paisajes, otros, memorias nítidas. “Cuernos de vaca”, mi abuela esculpía razones en palabras que a veces me tomaba mucho tiempo entender. “Así que te irás a Cuernos de vaca”, aún ahora que han pasado tantos años y ella ya no está, tampoco sabría qué decirle. Si la vida es una vaca, el camino que elegimos, siempre tiene un par. No sé si me fui alguna vez de Xalapa, tampoco sé si me atreví a dejar Cardel, sólo sé que un semáforo en rojo, a los 11 años, me indicó detenerme y viendo la larga carretera que unía una ciudad con otra, me dio por pensar que siempre me diría el lugar al que no sería capaz de volver.
lunes, febrero 24, 2014
miércoles, febrero 19, 2014
jueves, febrero 06, 2014
1. ¿Qué es un discurso de acuerdo a Michel Foucault?
La lección inaugural “El orden del
discurso” impartida por Michel Foucault en 1970, con la cual sucediera a Jean
Hyppolite en la Cátedra de «Historia de los sistemas del pensamiento» en el
Collège de France; podemos precisarla como el momento en el cual el filósofo,
además de dar cuenta de lo que hasta entonces investigaba, y como tal lo asume
y reflexiona al respecto, a saber: la voluntad de saber.
Foucault, inicia esta obra afirmando
su propia inquietud por saber lo que es el discurso, señalando las primeras
vías, al respecto: el deseo y la institución.
El deseo dice: “No
querría tener que entrar yo mismo en este orden azaroso del discurso; no
querría tener relación con cuanto hay en él de tajante y decisivo; querría que me
rodeara como una transparencia apacible, profunda, indefinidamente abierta, en
la que otros responderían a mi espera, y de la que brotarían las verdades, una
a una; yo no tendría más que dejarme arrastrar, en él y por él, como algo
abandonado, flotante y dichoso”. Y la institución responde: “No hay por qué
tener miedo de empezar; todos estamos aquí para mostrarte que el discurso está en el orden de las leyes,
que desde hace mucho tiempo se vela por su aparición; que se le ha preparado un
lugar que le honra pero que le desarma, y que, si consigue algún poder, es de nosotros y únicamente de nosotros de
quien lo obtiene[1]” .[2]
Es posible observa la ironía con la
que M. Foucault, señala que la institución acude a ritualizar el discurso,
trayendo consigo que el poder que pueda tener el discurso será de la propia
“Institución” de donde éste lo obtenga, y en tal sentido estará en orden a las leyes, a cada uno de los
mecanismos que para esto han sido creados
Lo expuesto hasta ahora nos llevaría a
una síntesis del propio documento, no obstante es menester señalar directamente
lo que la lectura del propio M. Foucault nos lleva a señalar, un discurso en
tanto tal, es poder, mismo que crea sus propios mecanismos, y siguiendo esa
lógica, construye a su vez un conjunto de estrategias de dominación.
“El discurso, por más que en
apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy
pronto, rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder.
Y esto no tiene nada de extraño: ya que el discurso -el psicoanálisis nos lo ha
mostrado- no es simplemente lo que manifiesta (o encubre) el deseo; es también
lo que es el objeto del deseo; y ya que -esto la historia no cesa de
enseñárnoslo- el discurso no es
simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino
aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere
uno adueñarse.”[3]
El discurso, un discurso, lleva la
metáfora de alguien que habla, se yergue entre los demás, asume la voz, porque
quien habla, piensa, asciende sobre quienes no lo hacen o no merecen hacerlo;
quien habla, tiene el discurso, como tiene el poder. Tal como lo hemos
resaltado, El discurso, por más que en
apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy
pronto, rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder.
Un discurso, no un diálogo, pues este
último implicaría la simetría en una relación, el discurso entraña por sí mismo
la asimetría, la inequitativa relación, la construcción de la relación de
poder: el discurso no es simplemente
aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por
lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno
adueñarse.
Ahora bien, en cuanto a la realidad
material del discurso, encontramos el lenguaje, la voz, la palabra, señala M.
Foucault (1970):“Pienso en la oposición razón y locura. Desde la más alejada Edad
Media, el loco es aquél cuyo discurso no puede circular como el de los otros:
llega a suceder que su palabra es considerada como nula y sin valor, no
conteniendo ni verdad ni importancia, no pudiendo testimoniar ante la justicia,
no pudiendo autentificar una partida o un contrato, no pudiendo ni siquiera, en
el sacrificio de la misa, permitir la transubstanciación y hacer del pan un
cuerpo; en cambio suele ocurrir también que se le confiere, opuestamente a
cualquier otra, extraños poderes, como el de enunciar una verdad oculta, el de
predecir el porvenir, el de ver en su plena ingenuidad lo que la sabiduría de
los otros no puede percibir.”[4]
Y ante tal contexto las formas que el discurso
reviste: la filosofía, la literatura, porque como más tarde el autor dirá, la
voluntad de saber, está ahí, en el discurso que se permite, en el que se
excluye; como estará en quien tiene razón y quien carece de ella. En el autor
de certezas y en quien no puede darlas. He aquí otra zona de alta temperatura
para ser analizada; sin embargo, hasta este momento y con respecto a la literatura,
hemos dicho autor, y ninguna palabra
es gratuita en M. Foucault, como tal comprende a quien puede dar el discurso, y aún de este modo: “Sería absurdo, desde
luego, negar la existencia del individuo que escribe e inventa. Pero pienso que
-al menos desde hace un cierto tiempo- el individuo que se pone a escribir un
texto, en cuyo horizonte merodea una posible obra, vuelve a asumir la función
del autor: lo que escribe y lo que no escribe, lo que perfila, incluso en
calidad de borrador provisional, como bosquejo de la obra, y lo que deja caer
como declaraciones cotidianas, todo ese juego de diferencias está prescrito
para la función de autor, tal como él la recibe de su época, o tal como a su
vez la modifica. “[5]
He aquí la anécdota que puede bien
centralizar lo que hemos visto en el seminario, “…A comienzos del siglo XVII,
el taicún había oído hablar de que la superioridad de los europeos -en cuanto a
la navegación, el comercio, la política, el arte militar- se debía a su
conocimiento de las matemáticas. Deseó ampararse de un tan preciado saber. Como
le habían hablado de un marino inglés que poseía el secreto de esos discursos
maravillosos, le hizo llevar a su palacio y allí lo retuvo. A solas con él tomó
lecciones. Aprendió las matemáticas. Mantuvo, en efecto, el poder, y vivió
largo tiempo. Y hasta el siglo XIX no existieron matemáticos japoneses. Pero la
anécdota no finaliza allí: tiene su vertiente europea. La historia quiere que
ese marino inglés, Will Adams, fuese un autodidacta: un carpintero que, por haber
trabajado en un astillero naval, había aprendido la geometría.”[6]
Así parece, tal como lo señala M.
Foucault, se concentran las coacciones del discurso, las que limitan los poderes, las que dominan las apariciones
aleatorias, las que seleccionan a los sujetos que pueden hablar.[7]
miércoles, diciembre 18, 2013
lunes, diciembre 09, 2013
Un mundo raro
Mamá solía repetir:
"-Tú puedes hacer lo que quieras (si "quieras" era lo que ella quería).
Sentada en su mecedora, Martha escucha otra vez:
Cuando te hablen de amor y de ilusiones. Y te ofrezcan un sol y un cielo entero...
"- Lo que quieres es lo que tú (yo) necesitas (necesito)." Así crecí, creyendo que "puedo" es la polea del "quiero".
"-¿Entiendes, Martha? (Voy a repetirlo porque necesito entenderlo) Bien, lo diré otra vez. Puedo, tú puedes (yo puedo) hacer (vivir), lo que tú (yo) quieras (diga).
Si te acuerdas de mí no me menciones porque vas a sentir amor del bueno...
(Martha continúa meciéndose)
Mamá... mamá ¿qué otras mentiras repetiste? (Se detiene y toma otra fotografía).
Y si quieren saber de tu pasado, es preciso decir una mentira...
"-Un día (hoy) vas a agradecer mis palabras (mis decretos). Ahora (siempre) no entiendes (no sé cómo incrustarlo en ti). Y entonces vas a recordarme(te)
Di que vienes de allá, de un mundo raro/ que no sabes llorar/ que no entiendes de amor / y que nunca has amado.
(Martha con la sonrisa cubierta sostiene la fotografía).
¡Qué mundo raro, mamá! Nunca "quise" nada, quizá por eso no "pude".
"-Tú (yo) puedes (puedo) hacer lo que tú (yo) quieras (quiero). Con el tiempo (jamás) lo entenderás (lo recordarás).
Martha suspira, mira la fotografía y entona la canción:
Porque yo a donde voy hablaré de tu amor como un sueño dorado y olvidando el rencor, no diré que tu adiós me volvió desgraciado.
jueves, noviembre 28, 2013
lunes, noviembre 18, 2013
Antes de Marte [Anacoluto]
Con la respiración suspendida, con los ojos secos y la voz rota. Con la derrota definida y la voluntad de saber lo que haga falta, aunque no guste, aunque no se busque, así este lunes 18 y el mes de noviembre.
Dicen que la fe es aquello en lo que crees sin certeza, dicen que la confianza es la propuesta de verdad que se comparte; ahora estoy pensando en un asesino y su fe; en el ladrón y la confianza. Imagino el momento en que llegan a casa y por un acto que no es posible predecir, el oficio se queda fuera, la sonrisa rebasa los ojos y abrazan, abrazan su afecto, los ojos de su hijo, la mirada de la persona amada. Quizá van a limpiarse después, tiran la ropa, se lavan las manos. Revisan el valor de lo adquirido. Después, como cualquiera tomarán la cena, dormirán, el día habrá terminado.
Las personas tenemos contrastes, eso nos hace humanas. Yo qué sé si ya lo ha dicho alguien o no, a mí me trae la mente ese afán porque pienso en mi padre, en mi madre, pero no en mis padres... sé perfecto que no van juntos ni en el recuerdo (¡se aparece uno primero, luego el siguiente!) Pienso en aquello que se dice: "Honrarás a tu padre y a tu madre y todo estará bien", y no sé si está bien, pero sé que los honro, que los he conocido y amado, que pude abrazar a mi padre en vida y estrecharlo a su muerte... ¡mi padre, tan multihomicida! Sí, de la infancia, tres infancias, un sueño roto, una vida estéril. Paso tiempo dando vueltas sobre qué escribir y regreso siempre a este tema: mi padre. Me duele, siempre me ha dolido. Es esa sensación del cristal roto en la ventana que deforma el porvenir. No puedo mirar hacia afuera, sólo siento, se anuncian mil ecos disparados hacia adentro, más fuertes, cada vez más fuertes. Mi padre.
Con la respiración suspendida miro noviembre, me sé melancólica. Humana, tal vez absurdamente humana; aprendí la fe hace tanto tiempo, aprendí la confianza en el camino de regreso, y sin razón de tenerlas la he desperdigado. Va siendo hora de recogerla del camino y sentarse con la esperanza, la que me obesquió mi madre, desde el primer día que nos volvimos cómplices, compañeras.
[Antes de marte, luna, no quiero hacer la guerra, ni hacer del abandono la bandera de esta-yo-mi-patria]
miércoles, septiembre 11, 2013
Septiembre
Hace días que llegó septiembre, pero no ha parado de llover. El tema es que tocamos el otoño con la punta de los dedos sin que llegue la caída de las hojas y no para de llover.
Tal vez ahora no sea el mejor momento para retomar esta escritura íntima en público, porque tengo toda la cabeza revuelta, las ideas, las emociones y las pulsiones, pero no se me ocurre otro momento, porque me gusta escribir como pensar en voz alta. El caso es que no llega Otoño y si esto es como que llueve sobre mojado, pues sí.
No, no puedo escribir acá que me siento terrible.
Recuérdenme olvidar, por si lo olvido.
[Otra vez, cambio y fuera]
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