A mi hermano Juan Carlos Félix, mi también Hoja de ruta
"En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver."
Joaquín Sabina
Cierro los ojos y mis pensamientos son una carretera, tres ciudades, mi destino. Nací en Xalapa, ahí es a donde comienza esta historia. Xalapa-Enríquez, conocida comúnmente como Xalapa o Jalapa, es una ciudad mexicana, cabecera del municipio del mismo nombre y capital del estado de Veracruz. Es conocida coloquialmente como “La Atenas veracruzana” y “La ciudad de las flores”. La ciudad de la neblina, del clima frío, de las calles que se acortan y ante los ojos son pequeñas colinas.
Desde hace décadas veo caminos en todas partes, mi lugar de origen se extiende hacia una carretera, la que va de Xalapa a la pequeña ciudad de Cardel, José Cardel es una ciudad mexicana, cabecera del municipio La Antigua en la región central del estado mexicano de Veracruz. Situada a 29 km de distancia al norte de la Ciudad y Puerto de Veracruz, México, es el cruce de caminos y paso obligado de la carretera federal 180 que comunica a la región costera del Golfo de México de Norte a Sur y la carretera federal 140 que comunica al Puerto de Veracruz con el centro del país.
Cardel es el camino de la infancia, el lugar donde los juegos infantiles tuvieron sentido; llegué a Cardel tras cumplir seis años, debo confesar que estando ahí, no lo estaba del todo. Habiendo llegado de otra ciudad los primeros años no comprendía su clima caluroso, sus extensas calles; las vías del tren que recorrían a lo largo la ciudad me parecían calles también, recorridas por carga pesada, sin pasajeros. Aun así yo esperaba. Escuchar el sonido del tren se convirtió por mucho tiempo, en el sonido de la nostalgia. Alguien llegaría, parecía anunciar el tren, tuvo que pasar algún tiempo para que me percatara que era sólo carga pesada, no había pasajeros y no los habría. Más allá del operario y quienes lo hacían funcionar, el tren no llevaba fantasmas. Los fantasmas estaban conmigo.
Los años transcurrieron y supe que Cardel es, ante todo, un sitio de comerciantes, un lugar de compra y venta. Sus habitantes alegres, ofrecen y compran mercancía de todo tipo, alimentos, bebidas, objetos, bienes, parabienes, cariños, al fin mercancía. Alguna tarde en que iniciar mi adolescencia, al cruzar la calle, me pregunté ¿quién era yo?, ¿hacia a dónde iba?, ¿de dónde venía? El semáforo me indicó que debía continuar, pero las preguntas se habían sembrado en mí. En aquél momento dejé atrás cualquier duda, para tener la certeza de estar viendo los colores completos: la pequeña José Cardel se extendía ante mis ojos, con toda la fuerza del color del sol, del aroma dulce del aire, que año tras año me hace reconocer que he llegado nuevamente. ¿Quién era yo? Recuerdo haberme preguntado con la vehemencia de los 11 años, con la inexplicable apariencia de tener una larga respuesta por encontrar. ¿Hacia a dónde iba? A diferencia de la pregunta primera, con esta no sabía qué hacer, no sabía cómo responderla y tampoco qué posibilidades tenía. En aquél momento había ante mis ojos una larga carretera que unía a Cardel con Xalapa, “siguiendo derecho, todo derecho”, decía mi abuela. Dos ciudades se unían en el mapa de una niña de 11 años. Xalapa explicaba el lugar de mi nacimiento, visitarla era acompañar a mi madre y abuela y a sus historias (también se acompaña a las historias, no sólo a las personas). El lugar favorito de mi abuela, lo repetía siempre, estaba orgullosa que fuera mi lugar de nacimiento. Con frecuencia comíamos en Xalapa y ella aprovechaba para contarme una y otra vez alguna –quizá la misma- anécdota de su infancia. El tiempo transcurría y la carretera seguía siendo mi punto de partida, entre ires y venires, Cardel y Xalapa iban construyendo mi memoria. Los jardines de Xalapa, sus calles, el mercado de Cardel, la alegría de la gente, pero yo me iría a otra ciudad, una que no estaba todo derecho, quizás al centro del país, Cuernavaca.
Terminé los estudios medio superiores y la pregunta apareció de nuevo: ¿hacia a dónde voy? Quizá sobre decir que la carretera ha sido para mí un particular oráculo, una ventana casi mágica por la que puedo asomarme para entender el siguiente escalón. En el viaje con el que celebramos el fin de curso, desperté de madrugada, el autobús hizo una parada en una gasolinera, bajé para estirar las piernas, reconocer a dónde nos encontrábamos: la larga avenida Domingo Diez de la ciudad de Cuernavaca, Morelos; en ese momento no conocía el nombre de la avenida, tampoco sabía más que estábamos en Cuernavaca, pero ante mis ojos, nuevamente un camino largo unía la carretera con el ruido de ciudad, el movimiento de la gente viviendo. Subí al autobús tras esa larga mirada y coloqué la cabeza sobre el vidrio de la ventana, sin saber por qué dije en voz alta, “yo viviré aquí, mucho, mucho tiempo”. Mi compañero de asiento me miró sin sorpresa, yo sólo añadí: “la carretera, otra vez la carretera.”
Fundada por Hernán Cortés, Cuernavaca es un municipio, ciudad y capital del estado de Morelos, en México, ubicada a 85 km al sur de la Ciudad de México y 290 km al norte de Acapulco; el área urbana se desborda a otros municipios cercanos (Huitzilac, Jiutepec, Temixco, Xochitepec y Emiliano Zapata) y conurba varias localidades. Al regresar a Cardel se lo dije a mi abuela, ella sonriendo me dijo: “Así que te irás a cuernos de vaca.” En su comentario no había duda, había esa complicidad entre nosotras.
Cuernavaca, el nombre de la ciudad proviene del vocablo náhuatl Cuauhnáhuac (kʷawˈnaːwak). La palabra derivó en «Cuernavaca» debido a una eufonía en la pronunciación española del náhuatl original. Los cronistas de la conquista, como Hernán Cortés, corrompieron el sentido de la palabra Cuauhnáhuac por no poder pronunciar el idioma náhuatl. Cortés cambia el nombre por el de Coadnabaced; el cronista Bernal Díaz la llama Coadalbaca; Solís la menciona como Cuautlavaca, y el uso la ha cambiado hasta dejarla en Cuernavaca. Llegué a esta ciudad meses después de haberle dicho a mi abuela que me iría y aquí viviría, mi madre tuvo conocimiento de una convocatoria para cursar estudios universitarios, en aquél momento miré a mamá y a sus insondables ojos verdes, la situación en casa se veía ahí y en sus manos, si no tomaba esa oportunidad, quizá no habría otra, hasta ese momento yo había trazado mi camino universitario en Xalapa, me ilusionaba estudiar ahí, vivirme ahí, pero esa mañana mientras mamá hablaba sobre los estudios en Cuernavaca, pude notar como el aire dulce de Cardel se tornaba frío, el frío de Xalapa estaba saliendo por la puerta que ella había dejado abierta, tras llegar con tanta prisa. Las breves calles de Xalapa, los jardines, las librerías, se iban borrando al compás apresurado de las palabras de mi madre. En medio de una ciudad y otra, existieron otros paisajes que, con el paso del tiempo, he comprendido tuve que visitar para entender que a veces la carretera sólo susurra nombres, pero no son destinos.
Un mes después de escuchar a mi madre, subí al autobús nuevamente, con todo lo que podría necesitar para una larga estancia; llegué a Cuernavaca, la sorpresa para mí es que más allá de lo que digan de esta ciudad, tiene calles que se hacen colinas como Xalapa, personas como sitios como Cardel, y las avenidas se unen a la carretera que sigue diciendo nombres, algunos como paisajes, otros, memorias nítidas. “Cuernos de vaca”, mi abuela esculpía razones en palabras que a veces me tomaba mucho tiempo entender. “Así que te irás a Cuernos de vaca”, aún ahora que han pasado tantos años y ella ya no está, tampoco sabría qué decirle. Si la vida es una vaca, el camino que elegimos, siempre tiene un par. No sé si me fui alguna vez de Xalapa, tampoco sé si me atreví a dejar Cardel, sólo sé que un semáforo en rojo, a los 11 años, me indicó detenerme y viendo la larga carretera que unía una ciudad con otra, me dio por pensar que siempre me diría el lugar al que no sería capaz de volver.
