A mi amiga Lizbeth
Intento recordar pacientemente alguna ocasión en que la sed o la fatiga me hayan impedido reconocer que lo que estaba ocurriendo en ese momento era sólo temporal, y me remonto a los días en que asistía a la escuela primaria: pensaba, desde ese entonces, tanto, que el ejercicio físico me parecía imposible y las prácticas terribles. Ahí, a un costado de mí, estaba una niña llamada Lizbeth, ahijada de mi tío, hermana de tres más, vecina de mis vecinos, y quien yo deseaba que fuera mi amiga: ella era capaz de correr sin descaso por el patio de juegos ida y vuelta, subir por un árbol y bajarlo en un minuto, levantar la mano y decir de memoria un texto, entregar toda la tarea en primer lugar y contar en voz alta hasta diez por los que faltábamos. Jamás parecía cansada, lo cierto es que la escuela era su lugar especial, su espacio mágico en el que nada le podía pasar. En cambio, para mí, la escuela era ese lugar amenazador en el cual librar una batalla diariamente por las horas en que debía asistir.
Cuando pasa el tiempo tenemos más posibilidad de poner en contexto una situación, entender qué ocurría, pero lo que no nos es posible es recrear la emoción, la que esta sea, porque se ha ido. Y justo ese es mi punto, las emociones son chispas: pum!, paf!, se viven o no, por más que lo intentemos o las vivimos o las analizamos, pero no ocurre simultáneamente. Precisamente ayer pensaba: ahora mismo estoy hablando con Lizbeth, casi treinta y siete años después de habernos conocido, escuchando su risa y cada una de sus palabras con la misma atención que cuando éramos niñas y ella le hablaba a la clase; con esto me basta para creer que hay algo más grande entre nosotrxs, que no importa cómo funciona, nos acerca a quienes han tenido un significado en nuestra vida, como un gran eco de lo que hemos sido: una quiere, ama, a otra persona y esa otra persona lo multiplica queriendo, amando, a otras personas y esa secuencia se hace infinita, acercándonos a todas y a todos, creando una fuerza tan grande que nos permite saber que aunque todo es temporal, fugaz, aunque las emociones son chispazos, es importante vivirlas, es necesario, es vital.
Ahora que te he contado lo anterior, me doy cuenta que es “lo efímero” y “la amistad”, con lo que estreno este escribir en quinientas palabras (incluyendo título) ¡a ver qué tal! Apenas lo entiendo, sigo siendo esa niña que piensa; en lo que he cambiado, es que ahora sólo pienso por un momento y regreso al juego: no importa cuántas veces me den con la pelota en la cara, cuántas otras tropiece, cuántas más me sienta exhausta, incluso si me llevo rasguños, me siento profundamente feliz de aceptar que no hay modo alguno en que deje de jugar este juego, este, efímero y amistoso, llamado vida.