domingo, mayo 27, 2012

Violeta

A Devora Liliana


Violeta mira de nuevo. Asomada como está puede ver la puerta de la entrada del edificio. Llegará, sí llegará. Sonríe. Acaricia de nuevo sus aretes, los mismos que le regalara aquella noche. Permite que te los ponga… es tu color favorito. Violeta sonríe. Piensa una vez más en lo que dirá, reúne las palabras como si se desprendieran en el aire, como si por primera vez fueran a pronunciarse; agita las manos y mira de nuevo el reloj en la pared, siete y quince. Faltan algunos minutos, pero ella está lista. Vuelve a mirar por la ventana, aún no ha llegado. Siete y media, dijo siete y media, repite en voz alta. Camina por la estancia, decide finalmente prepararse un té, el café no le dice nada, desde aquel entonces en el té descubre palabras una y otra vez. Abre la alacena: manzanilla, limón, canela… mueve la cabeza, cierra los ojos y toma al azar una bolsita, prepara el agua; mientras espera no puede evitar sonreír, otra vez el recuerdo. El té está listo, toma asiento; piensa de nuevo en lo que dirá, sonríe, da un sorbo, otro, las imágenes regresan.
-          ¡Violeta, Violeta! Espera, yo… quería decirte que…
-          ¿”Querías” decirme o quieres?
-          Yo… Violeta, yo te…
-          ¿Tú… me?
-          Te … ¿gusta el té?
-          Sí.
-          ¿Cuál?
-          Manzanilla, canela, limón, lo tomo al azar.
-          ¿Al azar? Sí,  a mí también me gusta el azar, digo el té al azar.
-          ¿Eso querías decirme?
-          No. Quería decirte que…
Las siete veinte. Y tomamos un té… al azar. Dijiste cierra los ojos, pidamos al azar, apunta con la mano izquierda y yo lo haré con la derecha. Después hablamos de… de… nada, pero me hiciste reír. Toma la taza y nuevamente se acerca a la ventana; asomada como está el aire le recorre el rostro, apenas la caricia para que ella vuelva a recordar aquella noche.
-          Violeta, quiero decirte que tu boca tiene la forma del silencio.
-          ¿Cómo?
-          Sí. Yo quiero probarlo, sentir el sabor del silencio ¿Quieres?
Las siete veinticinco. Violeta toma las llaves. Las abraza con el puño y lo levanta. Abre la ventana, se sienta frente a ella, cierra los ojos.
-          Si te regalo un anillo que sea la promesa para seguir después de la vida juntos, será mi promesa; pero si te doy este par de aretes del color de tu nombre me prometo a ti, a estar siempre, en mi día y en mi noche, con mi frío y con mi sol. Si los llevas puestos el día que regrese sabré que me aceptas tal como soy, que somos par.
Violeta permanece con los ojos cerrados, sonríe. Llegarás, tú llegarás. No te he dicho que mi silencio no sabe si no te pienso. No te he dicho que sí, que quiero seguir cada día de mi vida como estos diez años abrazando tu nombre. Violeta suspira, arroja las llaves por la ventana. Abajo, una silueta camina hacia la entrada.
-          ¡Violeta, Violeta! Te…
-          Sí. Manzanilla, canela, limón, lo tomo al azar.
Siete treinta. Fuertes pisadas recorren los escalones. Violeta de pie frente a la puerta. Siete treinta. Diez años pasaron. Siete treinta. Violeta frente a la ventana. Siete treinta.

martes, mayo 01, 2012

Y nos duró

Y nos duró dos años, esa suerte de idas y venidas. Yo sabía que tenías muchas cosas por solucionar, pero no quise quedarme. Abrí este espacio por tu insistencia. No la de las entradas anteriores que es otra insistencia. Estoy hablando de la mujer que le estallaba el rojo por todas partes que puso una trampa para verme y que se quedó con todo lo que había que decir. Estoy hablado de con quien me duró dos años, las ideas y venidas y aún al final seguí llamándole el día de su cumpleaños. Dos años nos duró, Diabla, seguir por todos lados. Tú detestando mis puntos al final de una conversación, yo aborreciendo que cortaras una cita con alguna idea tajante. Nos duró dos años, porque no podías quedarte conmigo, si lo hacías no te quedabas en el mundo y no lo entendí, porque jamás me quedo en alguna parte. Diabla, dónde estarás ahora. 

A veces me pregunto cómo puedo seguir pa' contar estas historias, después de todo, no había después en ninguna; las he nombrado a mi antojo, y ahora las cuento igual, pero todas son historia pasada, árbol demediado debo de ser yo, o arboleda con tantas historias inconclusas que debo de talar de vez en cuando si no me secarían. 

Hoy, limpié las piedras, Diabla, las que dolieron y dejé de cargar pa' ponerlas en una pecera enorme que es sólo mía, y que a mí me corresponde limpiar, acomodar, darle vida. 

Diabla, me habría gustado tanto seguir con nuestra historia. Dos años duró. Dos años... acá te recuerdo. Tú ya no estás, ni eres, yo ya no soy, pero estoy. 

Buena tarde.