La lección inaugural “El orden del
discurso” impartida por Michel Foucault en 1970, con la cual sucediera a Jean
Hyppolite en la Cátedra de «Historia de los sistemas del pensamiento» en el
Collège de France; podemos precisarla como el momento en el cual el filósofo,
además de dar cuenta de lo que hasta entonces investigaba, y como tal lo asume
y reflexiona al respecto, a saber: la voluntad de saber.
Foucault, inicia esta obra afirmando
su propia inquietud por saber lo que es el discurso, señalando las primeras
vías, al respecto: el deseo y la institución.
El deseo dice: “No
querría tener que entrar yo mismo en este orden azaroso del discurso; no
querría tener relación con cuanto hay en él de tajante y decisivo; querría que me
rodeara como una transparencia apacible, profunda, indefinidamente abierta, en
la que otros responderían a mi espera, y de la que brotarían las verdades, una
a una; yo no tendría más que dejarme arrastrar, en él y por él, como algo
abandonado, flotante y dichoso”. Y la institución responde: “No hay por qué
tener miedo de empezar; todos estamos aquí para mostrarte que el discurso está en el orden de las leyes,
que desde hace mucho tiempo se vela por su aparición; que se le ha preparado un
lugar que le honra pero que le desarma, y que, si consigue algún poder, es de nosotros y únicamente de nosotros de
quien lo obtiene[1]” .[2]
Es posible observa la ironía con la
que M. Foucault, señala que la institución acude a ritualizar el discurso,
trayendo consigo que el poder que pueda tener el discurso será de la propia
“Institución” de donde éste lo obtenga, y en tal sentido estará en orden a las leyes, a cada uno de los
mecanismos que para esto han sido creados
Lo expuesto hasta ahora nos llevaría a
una síntesis del propio documento, no obstante es menester señalar directamente
lo que la lectura del propio M. Foucault nos lleva a señalar, un discurso en
tanto tal, es poder, mismo que crea sus propios mecanismos, y siguiendo esa
lógica, construye a su vez un conjunto de estrategias de dominación.
“El discurso, por más que en
apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy
pronto, rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder.
Y esto no tiene nada de extraño: ya que el discurso -el psicoanálisis nos lo ha
mostrado- no es simplemente lo que manifiesta (o encubre) el deseo; es también
lo que es el objeto del deseo; y ya que -esto la historia no cesa de
enseñárnoslo- el discurso no es
simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino
aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere
uno adueñarse.”[3]
El discurso, un discurso, lleva la
metáfora de alguien que habla, se yergue entre los demás, asume la voz, porque
quien habla, piensa, asciende sobre quienes no lo hacen o no merecen hacerlo;
quien habla, tiene el discurso, como tiene el poder. Tal como lo hemos
resaltado, El discurso, por más que en
apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy
pronto, rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder.
Un discurso, no un diálogo, pues este
último implicaría la simetría en una relación, el discurso entraña por sí mismo
la asimetría, la inequitativa relación, la construcción de la relación de
poder: el discurso no es simplemente
aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por
lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno
adueñarse.
Ahora bien, en cuanto a la realidad
material del discurso, encontramos el lenguaje, la voz, la palabra, señala M.
Foucault (1970):“Pienso en la oposición razón y locura. Desde la más alejada Edad
Media, el loco es aquél cuyo discurso no puede circular como el de los otros:
llega a suceder que su palabra es considerada como nula y sin valor, no
conteniendo ni verdad ni importancia, no pudiendo testimoniar ante la justicia,
no pudiendo autentificar una partida o un contrato, no pudiendo ni siquiera, en
el sacrificio de la misa, permitir la transubstanciación y hacer del pan un
cuerpo; en cambio suele ocurrir también que se le confiere, opuestamente a
cualquier otra, extraños poderes, como el de enunciar una verdad oculta, el de
predecir el porvenir, el de ver en su plena ingenuidad lo que la sabiduría de
los otros no puede percibir.”[4]
Y ante tal contexto las formas que el discurso
reviste: la filosofía, la literatura, porque como más tarde el autor dirá, la
voluntad de saber, está ahí, en el discurso que se permite, en el que se
excluye; como estará en quien tiene razón y quien carece de ella. En el autor
de certezas y en quien no puede darlas. He aquí otra zona de alta temperatura
para ser analizada; sin embargo, hasta este momento y con respecto a la literatura,
hemos dicho autor, y ninguna palabra
es gratuita en M. Foucault, como tal comprende a quien puede dar el discurso, y aún de este modo: “Sería absurdo, desde
luego, negar la existencia del individuo que escribe e inventa. Pero pienso que
-al menos desde hace un cierto tiempo- el individuo que se pone a escribir un
texto, en cuyo horizonte merodea una posible obra, vuelve a asumir la función
del autor: lo que escribe y lo que no escribe, lo que perfila, incluso en
calidad de borrador provisional, como bosquejo de la obra, y lo que deja caer
como declaraciones cotidianas, todo ese juego de diferencias está prescrito
para la función de autor, tal como él la recibe de su época, o tal como a su
vez la modifica. “[5]
He aquí la anécdota que puede bien
centralizar lo que hemos visto en el seminario, “…A comienzos del siglo XVII,
el taicún había oído hablar de que la superioridad de los europeos -en cuanto a
la navegación, el comercio, la política, el arte militar- se debía a su
conocimiento de las matemáticas. Deseó ampararse de un tan preciado saber. Como
le habían hablado de un marino inglés que poseía el secreto de esos discursos
maravillosos, le hizo llevar a su palacio y allí lo retuvo. A solas con él tomó
lecciones. Aprendió las matemáticas. Mantuvo, en efecto, el poder, y vivió
largo tiempo. Y hasta el siglo XIX no existieron matemáticos japoneses. Pero la
anécdota no finaliza allí: tiene su vertiente europea. La historia quiere que
ese marino inglés, Will Adams, fuese un autodidacta: un carpintero que, por haber
trabajado en un astillero naval, había aprendido la geometría.”[6]
Así parece, tal como lo señala M.
Foucault, se concentran las coacciones del discurso, las que limitan los poderes, las que dominan las apariciones
aleatorias, las que seleccionan a los sujetos que pueden hablar.[7]
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