A Guadalupe, mi madre.
Me duele mi padre,
me duele como una quemadura al rostro,
como la voz entrecortada en cuatro partes:
ella, él, sus hijos.
Me duele mi padre por la dirección del mundo,
el poder sin freno, el poder absoluto,
la sangre que lava el rostro y no se aturde.
Me duele como la costumbre de ahogarme en el vaso,
mientras alguien grita afuera,
detrás del vidrio.
Pienso en su ceguera –que es la mía-,
aprieto su nombre y repito:
“…este infierno va a pasar,
ding, dong, dang,
este infierno va a pasar”.
Me duele mi padre y sus miedos,
sé que son los míos, no hay sacrificios.
A veces, por la madrugada, despierto incómoda
por saber que está por ahí, en ninguna parte,
que su nombre repito y en su nombre canto,
que son sus palabras no-heredadas
las que me agrietan el camino,
las que posibilitan mi destino.
Me duele mi padre, ese niño inquieto,
esa sangre yerma en mi cuerpo adulto,
en mi vida a solas.
Sí, a mí me duele mi padre
que no contó historias nocturnas,
que no abrazó mi cuerpo, el de ellos;
que no sostuvo mi mano temblorosa
en la primera mitad de mi vida
frente a un cuaderno, frente a un lienzo;
me duele mi padre con sus batallas perdidas,
con mis cuantiosas pérdidas;
me duelo más aún sin él,
sin sus manos que atraparan la ventana del vacío,
de lo próximo y terrible,
de lo tibio, lo bendito.
Me duele mi padre que no me habló de Dios ni del Diablo,
que no encontró en mi voz la presencia de un ángel,
que no encontró victoria en mí,
que no cubrió conmigo su guerra perdida.
Me duele mi padre como yo no podré dolerle a nadie;
me duele él y yo,
y todos los hijos de mis hijos,
que no existen y no vendrán;
me duelen ellos también, porque no tendrán mi dolor.
Me duele él y yo,
y todos los seres que no encuentran
la mitad de su andar en el rostro,
que no les cobija el apellido,
que no corresponden a este tiempo;
me duelo yo y mi padre, con la blasfemia
que cobija mi nombre,
ése que no crea estirpe,
ése, del que nadie hablará cuando haya muerto.
A mí, me duele el silencio,
este silencio que parte,
esta otredad cansada
esta sed que rasga,
esta poca fe por el mañana.
Sí, a mí me duele mi padre.
me duele como una quemadura al rostro,
como la voz entrecortada en cuatro partes:
ella, él, sus hijos.
Me duele mi padre por la dirección del mundo,
el poder sin freno, el poder absoluto,
la sangre que lava el rostro y no se aturde.
Me duele como la costumbre de ahogarme en el vaso,
mientras alguien grita afuera,
detrás del vidrio.
Pienso en su ceguera –que es la mía-,
aprieto su nombre y repito:
“…este infierno va a pasar,
ding, dong, dang,
este infierno va a pasar”.
Me duele mi padre y sus miedos,
sé que son los míos, no hay sacrificios.
A veces, por la madrugada, despierto incómoda
por saber que está por ahí, en ninguna parte,
que su nombre repito y en su nombre canto,
que son sus palabras no-heredadas
las que me agrietan el camino,
las que posibilitan mi destino.
Me duele mi padre, ese niño inquieto,
esa sangre yerma en mi cuerpo adulto,
en mi vida a solas.
Sí, a mí me duele mi padre
que no contó historias nocturnas,
que no abrazó mi cuerpo, el de ellos;
que no sostuvo mi mano temblorosa
en la primera mitad de mi vida
frente a un cuaderno, frente a un lienzo;
me duele mi padre con sus batallas perdidas,
con mis cuantiosas pérdidas;
me duelo más aún sin él,
sin sus manos que atraparan la ventana del vacío,
de lo próximo y terrible,
de lo tibio, lo bendito.
Me duele mi padre que no me habló de Dios ni del Diablo,
que no encontró en mi voz la presencia de un ángel,
que no encontró victoria en mí,
que no cubrió conmigo su guerra perdida.
Me duele mi padre como yo no podré dolerle a nadie;
me duele él y yo,
y todos los hijos de mis hijos,
que no existen y no vendrán;
me duelen ellos también, porque no tendrán mi dolor.
Me duele él y yo,
y todos los seres que no encuentran
la mitad de su andar en el rostro,
que no les cobija el apellido,
que no corresponden a este tiempo;
me duelo yo y mi padre, con la blasfemia
que cobija mi nombre,
ése que no crea estirpe,
ése, del que nadie hablará cuando haya muerto.
A mí, me duele el silencio,
este silencio que parte,
esta otredad cansada
esta sed que rasga,
esta poca fe por el mañana.
Sí, a mí me duele mi padre.
1 comentario:
SABES QUE PIENSO YO SOBRE TODO AQUELLO QUE ESCRIBES...ME IDENTIFICO EN EXCESO CONTIGO...PERO TENG QUE DECIRTE, MAS BIEN RECORDARTE QUE "ME DUELE MI PADRE" ES LA PERFECTA DESCIPCION DE LO QUE SIENTO... LO SABES Y LO SABES BIEN TODO ¿NO?
TE QUIERO JAZZ...GEENA CORONA
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