Sigue un punto rojo amasando la lengua, se dilata, se expande; la habitación se torna a deshoras, deshojada, se resume en puntos y manchas, las manchas-manos, abiertas, desgarrando las paredes; las esquinas se contraen hasta el escalón. El escalón es un punto fijo, un lugar móvil para llenarse... los brazos duelen, y estalla el rojo: ¡giraaaaaaaaaaaaaaaaa!

Brinca una palabra. Salta un número: 24, 29, 05, la fortuna. Salta el ciego en un solo pie y camina: 38, 4, 33 : la sentencia. Tengo dos palabras en la mano: mi nombre, sombrero. No escucho, no hablan. No entiendo, no hace falta ¡Grita!
¿Qué es esa foto? ¿Quién está en el libro? ¿Las historias deben ser circulares? ¿El camino más corto entre un punto y otro es la línea recta? ¡La gran vía! ¡El tranvía!

El corazón no es un amasijo ni es sólo rojo, es azul, violeta, es mío y ha dejado huella, tal vez indeleble en un sitio o en otro, pero está conmigo, es mío, es nuestro. A veces gira y se revuelve y grita número y arde, golpea la puerta y las paredes, pero sgue entero ni entumecido ni adolorido, entero. Trastocado, tras haberme tocado, respira, mientras duermes y yo sigo buscando leer el primer libro de Harry Potter.






