
Hay un aire de preocupación en los rostros con los que coincido: en el transporte público, en una aula de clases, en la gente en la calle, en mi gente en mi casa. Es traslúcido y, en ocasiones, se empalma a sus rostros y convence que todo está perdido.
Hubo alguien hace un par de años que constantemente me repetía una frase: "Nada está perdido si tenemos el valor de aceptar que todo está perdido y que hay que volver a empezar". Así yo corro, corre, corremos, a veces en direcciones opuestas, a veces sólo para encontrarnos, pero no se nos acaban las ganas, a veces vence el cansancio, ahora digo pienso, y en otras "pensamos", digo "me canso", o "nos cansamos", no hay día que alcance, no hay noche completa de ocho horas, pero seguimos: mi gente, la gente, como digo: Aquí sigo...
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