jueves, julio 23, 2009

De qué callada manera 3

Página 18, "En esta tarde, tus labios coronan noviembre, la paz es un mito. Aleteo de palomas sobre la plaza... ¿quién es el culpable? Soy yo, es la tarde, es un tiempo que corre sin intención..." Miranda cierra el libro, tenía doce años cuando comenzó a leerlo; lo ha terminado una y otra vez; cada año el mismo día en que partiera en el autobús sin escuchar lo que dijera Pedro, a quien no volvió a ver; seis años, pueden ser treinta, en realidad no tiene importancia. Sabe que la mitad entre los seis años que han transcurrido y los treinta que ella percibe es dieciocho y es la página que lee ahora, donde encontrara la nota; es su edad ahora, es la hora en que lee, es el tiempo que corre sin intención... es todo lo que ella quiere que sea, es también una fecha, un lugar, un parque de diversiones; una fiesta con dieciocho personas. Las cosas no existen sin nosotros, no hay un nosotros si no hay otro, si no hay quien lo vea.
Piensa en Pedro, se pregunta ¿qué habrá pasado con él, cómo se habrá sentido de no verla llegar cada verano; habrá ido a la cita acordada a la terminal de autobuses; habrá esperado; cuántos veranos? Seis veranos han pasado, Pedro no volvió a llamarle. Escuchó que Diana dijo un día: "¡Ese pendejo qué piensa...! Miranda no vive de libros y buenas intenciones... es un fracasado, pero yo me chingo, para que a ella no le falte nada. También es su hija ¡Pendejo, por eso lo dejé!" Seguramente ahí está la razón de la ausencia de Pedro; de los veranos encerrada; del trabajo necesario desde los trece; de las ocupaciones continuas y los estudios forzados sobre lenguas extranjeras.
Le gustaría ver a Pedro, pero al final... siempre al final sabe que su lugar está con Diana. Cuidándola. "Hay un espacio para todo y para todos. Se llama continente, Miranda, porque todos cabemos; todo tiene un espacio." Solía decirle Pedro. Sólo que el tiempo ha pasado sin intención y ella no encuentro su espacio en esa casa, en esa habitación, en esa cama, en esa ropa, sólo frente al mismo libro, frente a la nota que se quedó dentro, frente a esa hora, frente a frente del espejo que no la mira.
Dieciocho... cumple dieciocho, Miriam nueve, Luis Carlos ocho. No sabe cómo pasa el tiempo, pero entiende que hoy debe de ser un día importante, porque cumplió dieciocho, así, nadamás. Luna mira el reloj, es casi la hora en que recogerá a sus hermanos; casi la hora en que debe tomar sus cosas; casi la hora en que debe recordar cerrar la puerta con cuidado, salir en puntas, tomar los documentos y rogar porque esta vez si le permitan llevárselos, quedarse con ellos, así sin chistar, que le repitan lo que ella piensa que será: "Has crecido, puedes llevártelos." Crecer... ¿qué es crecer? Tal vez es cuando la punzada en los ojos disminuye a un simple ardor; quizá es que ha mudado de ropa y zapatos varias veces, que su cuerpo ha cambiado y... cambiado... eso puede ser crecer, crecer es cambiar, pero... ella no ha cambiado, sigue creyendo que debe seguir, que su camino es a seis manos, con seis ojos, con ellos a su lado..., en fin que el sentido de su vida está con sus hermanos, con esa vida que salva y cuida y florece con ella... entonces...¿crecer es cambiar? No, Luna sabrá más tarde que crecer duele, como el amor, como la esperanza, como el silencio, pero crecer es seguir creyendo sabiendo quién eres, entendiendo qué quieres; comprendiendo a brasa lenta que decir "sí", es decir "no". Crecer es decidir, crecer es seguir, crecer es dar respuesta a la vida con los brazos de cara al cielo, el "sí" a boca abierta, y el "no" ... encerrado, sostenido con el puño en señal de victoria.
Luna mira el edificio, por un momento trata de borrar el miedo de entrar, pero no lo consigue, ¿por qué entendemos la fuerza desde el grito? Nos volvemos tan tristes. El miedo nos hace dioses, el temor engrandece las ganas. Nada que se ha temido y reconocido nos permite paralizarnos. Nada peor que el miedo al miedo; el temor enardece, el pánico paraliza, pero el miedo al miedo enloquece. Ella se sabe valiente, se sabe fuerte, y su voz suave, casi a medio tono, no le permite mostrarlo. Fue valiente cuando enterró a sus padres, fue valiente mientras estudiaba de noche; fue valiente cuando dejó a sus hermanos, fue valiente al vivir con sus tíos, fue valiente cada noche mientras entraba a su habitación alguien diferente con olor a calle y sudor y rabia. Fue valiente cuando se fue de esa casa; fue valiente cuando comenzó a trabajar, fue valiente en aquel parque de juego cuando conoció a Miranda y jamás la olvidó... es valiente ahora, aunque el "sí" tan ansiado no llegue, porque tal vez y sólo tal vez, para alguien más, ella no ha crecido.

jueves, julio 16, 2009

De qué callada manera...

Pedro mira a su alrededor el autobús se ha ido; camina con su libro bajo el brazo y el morral donde llevara un emparedado para Miranda; no le gusta que estén lejos. "Es lo mejor, estará seis meses con cada uno y podrá tomar lo mejor." La continuidad nos hace conocernos. La distancia nos hace pertenecernos. Como un deseo necesario, como una forma de decir "quiero".
Luna recuerda a Miriam en la ventana, pegada al cristal haciendo una cara, luego a Luis Carlos, sonriendo. Si la vida fuera una sonrisa eterna con ellos entre sus brazos, pero la vida es la lucha constante siempre el mismo lugar, y al día siguiente la vida es un punto y seguido y no un punto y aparte. Y ellos, sus hermanos estarán lejos; Luna arrastra los pies mientras recuerda que lo mejor era ese lugar, ella no puede hacerse cargo de ellos, pero al menos los verá crecer, podrá visitarlos cada sábado, limpiará las mejillas de Miriam, quitará el chocolate del Rostro de Luis Carlos, mientras piensa patea una piedra, otra, tararea la canción que le cantara su madre:"De qué callada manera se me acerca usted sonriendo, como si fuera la primavera y yo muriendo..."
Pedro camina por el andén y escucha la canción, sonríe, apenas han pasado unos minutos que se fuera Miranda y ya la presiente, debe ser la sensación de extrañar, el vacío que se queda. Miranda solía decirle que extrañar era como un café calientito, amargo a la prueba, pero dulce al paladar.
Casi al final de la calle, Luna recuerda que extrañar es el viento en los ojos, de qué otro modo se explica que le ardan así, de qué otro modo explica que le piquen de atrás para adelante; extrañar es tierrita en los ojos, tierra en la boca, extrañar es el café de su abuela y sus manos en la cara. Extrañar es aquella chiquilla como ella en el parque de diversiones, la misma que acercándose le dijera: "¿puedo jugar contigo?" Y después sin aviso, le dijera en las alturas: "Disculpa, es mi padre, tengo que ir, tengo que ir..." Apenas alcanzó a preguntarle, "Oye, ¿cómo te llamas?" "¡Miranda!" "¿Y tú?" "¡Luna, Luna!"
Así es extrañar, no sabes cuánto durará pero se ha ido, y al mismo tiempo se queda tibio como el café de la abuela, como el deseo que sea eterno, pero efímero como la luz de día o el miedo o este recuerdo, así como estos nombres al aire: "¡Miranda!""¡Luna!"

martes, julio 14, 2009

De qué callada manera...

Luna tiene los ojos llenitos de agua, mientras con la mano abierta se despide. No sabe cuándo volverá a verla.
Miranda aprieta los dientes, una mueca de sonrisa se dibuja en su rostro. Levanta la mano para alcanzar la otra mano, pero no lo consigue. El aire no permite que escuche, grita apresurada, desespera, pero el autobús avanza sin que entienda lo que le dicen.
Luna grita, dos, tres, cuatro, las palabras se le multiplican en el aire, mientras sus mejillas se humedecen. No entiende que no la escuchen, sigue gritando, camina tras el autobús, agita las manos y repite las mismas palabras, el autobús avanza...ella se queda detrás con la boca abierta, sin poder asirse más que del polvo que deja el autobús con su paso.
Miranda se acomoda en el rellano del asiento, abre el libro, página 12, página 15, página 17, página 18... hay una nota... "De qué callada manera se me acerca usted sonriendo, como si fuera la primavera y yo muriendo..."