Pedro mira a su alrededor el autobús se ha ido; camina con su libro bajo el brazo y el morral donde llevara un emparedado para Miranda; no le gusta que estén lejos. "Es lo mejor, estará seis meses con cada uno y podrá tomar lo mejor." La continuidad nos hace conocernos. La distancia nos hace pertenecernos. Como un deseo necesario, como una forma de decir "quiero".
Luna recuerda a Miriam en la ventana, pegada al cristal haciendo una cara, luego a Luis Carlos, sonriendo. Si la vida fuera una sonrisa eterna con ellos entre sus brazos, pero la vida es la lucha constante siempre el mismo lugar, y al día siguiente la vida es un punto y seguido y no un punto y aparte. Y ellos, sus hermanos estarán lejos; Luna arrastra los pies mientras recuerda que lo mejor era ese lugar, ella no puede hacerse cargo de ellos, pero al menos los verá crecer, podrá visitarlos cada sábado, limpiará las mejillas de Miriam, quitará el chocolate del Rostro de Luis Carlos, mientras piensa patea una piedra, otra, tararea la canción que le cantara su madre:"De qué callada manera se me acerca usted sonriendo, como si fuera la primavera y yo muriendo..."
Pedro camina por el andén y escucha la canción, sonríe, apenas han pasado unos minutos que se fuera Miranda y ya la presiente, debe ser la sensación de extrañar, el vacío que se queda. Miranda solía decirle que extrañar era como un café calientito, amargo a la prueba, pero dulce al paladar.
Casi al final de la calle, Luna recuerda que extrañar es el viento en los ojos, de qué otro modo se explica que le ardan así, de qué otro modo explica que le piquen de atrás para adelante; extrañar es tierrita en los ojos, tierra en la boca, extrañar es el café de su abuela y sus manos en la cara. Extrañar es aquella chiquilla como ella en el parque de diversiones, la misma que acercándose le dijera: "¿puedo jugar contigo?" Y después sin aviso, le dijera en las alturas: "Disculpa, es mi padre, tengo que ir, tengo que ir..." Apenas alcanzó a preguntarle, "Oye, ¿cómo te llamas?" "¡Miranda!" "¿Y tú?" "¡Luna, Luna!"
Así es extrañar, no sabes cuánto durará pero se ha ido, y al mismo tiempo se queda tibio como el café de la abuela, como el deseo que sea eterno, pero efímero como la luz de día o el miedo o este recuerdo, así como estos nombres al aire: "¡Miranda!""¡Luna!"
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