sábado, agosto 08, 2009

De qué callada manera IV


Pedro mira de nuevo los documentos, no entiende una palabra de lo que ahí está escrito, pasa la vista y apenas reconoce los nombres al final de la última hoja: Diana Lara Mejía y Pedro Ozuna García. Le repitieron las palabras más de una vez: “En todas las hojas y al calce”. Pedro siguió pensando “… al calce.” Como la orilla, como el fin de las cosas todas. Terminar esta historia, terminar la historia y qué hacer con la historia-Miranda, con el libro de “El Canto en la nieve”, con los viejos poemas, con Miranda corriendo, con Miranda en su eterna bicicleta, con Miranda de su mano, con Miranda y sus mejillas, con Miranda entre sus manos. Todo lo que había en el mundo él lo colmaba en los ojos de Miranda, allí donde la contenía él era contenido, continente. Miranda… pero Diana, ella la necesitaba, como proa, como guardia, como vigía, como ancla… ¿y él? Miranda cuidaba de él con necesitarlo, ella lo hizo padre, él nació hombre, ¿qué pasaría con él sin sus pasos para vigilar el mundo, cómo encontrar la huella qué seguir? Los padres mienten cuando cuidan de los hijos, son ellos quienes les dan rumbo y destino, son ellos quienes les recuerdan qué comer, cuándo, a dónde vacacionar, cuándo ha terminado el tiempo de la deriva para hacer de esa isla un lugar compartido. Pedro lo sabe, una sonrisa se dibuja en su rostro, toma la carpeta con papeles y la arroja a la basura, no volverá a tocarla, pero volverá a verla muchas veces con la misma petición: “Firme. En todas las hojas y al calce”, pero no hay fecha que no llegue a su meta, sólo esta noche se permite aplazarla. Toma la botella de aguardiente se sirve un trago, bebe lentamente, saborea, luego alarga la mano sobre la mesa de noche: tocará la armónica toda la noche porque llueve, porque es de noche, por Miranda, porque sí, porque está solo y vuelve a ser isla, un punto sin cielo en cualquier universo.

Coge de prisa otra barra de chocolate, pregunta suavecito: ¿puedo tomar más leche? La voz se le queda en la garganta y sólo atina a mover la cabeza asintiendo. Luna no se siente bien esa tarde. La entrevista no la ha dejado complacida, tiene que buscar un empleo, una casa, un lugar para que pueda vivir con sus hermanos… y Luis Carlos quiere más leche, más leche… es todavía un niño, aunque la alcance en estatura, es así y no como ella lo pensaba, necesita cuidados y ella qué podría darle, una canción con armónica como le enseñara su padre y sólo eso, pero una casa es un punto lejano; comida a diario, escuela, ¿qué puede hacer ahora, si no ha crecido? Somos como luces diminutas en cualquier firmamento cuando estamos solos, nada qué alumbrar y la oscuridad se cierne para recordarnos cada vez más nuestra propia fragilidad. Miriam acaricia la mano de Luna, le pide que le cuente una vez más sobre los dragones que se quedaron en el cielo cuando ella nació: “¿Cuántos, cuántos eran?” Luna sonríe:
- Seis, seis como tu nombre. Te llamas reina del mar, así es en hebreo, María la mujer de la que nació el mar.
- ¿Y todo el mar nació de mi boca?
- Sí, todo, el mar es un traguito para la reina del mar y nos cubre a todos.
- Ah! ¿Y Luis Carlos? ¿Tiene historia su nombre?
- Sí, quiere decir hombre fuerte.
- ¡Claro!, y yo que pensé que quería decir comedor de chocolates.
Luna toma entre sus brazos a Miriam, sabe que no entienden que esa noche tampoco dormirán juntos, que en el corredor llorarán y le dirán que no se vaya muchas veces hasta que ella los pierda de vista y escondiendo sus sollozos mude su rostro por uno más fuerte, porque ella no es fuerte, no es suficiente para dormir con ellos, para seguir con ellos el camino, para acompañarlos a crecer como “personas de bien.”¿Qué es el bien? ¿Qué es lo correcto? No lo sabe, pero sabe que ahora hace lo que es correcto: irse, caminar pensando si esa noche dormirá en un sitio amigable donde no tenga apretar los dientes, omitir el grito. Quizá por esa noche pueda sencillamente tocar la armónica, como le enseñó su padre, beber leche caliente, abrazarse muy fuerte, para recordar que no está sola, es más complejo, la desolación tiene una coma en el texto que conformamos, un descanso para el vacío que tarde o temprano llega a sucedernos. Una coma, sí, ella es una coma en la gran novela de la vida, una pequeñísima parte que no alcanza a comprender por qué aún sigue estando presente hoja tras hoja y en cada párrafo.

Las emociones se adelantan en su pecho, está segura que pueden salirse, pero no comprende qué pasa, sólo sabe qué es la misma canción, no entiende quién canta, pero esa letra la conoce, ¿cuántos años tenía? No importa. Ese es su primer cigarro, se separa un poco el cabello de la frente, quiere beber el trago que le ofrecen, es mayor, tiene 18, y debe demostrar que ha crecido, que ha aprendido, aunque esa noche deba aprender algo más que un trago, deba aprender más que un cigarrillo, deba aprender digamos una línea de un párrafo enorme llamado vida. Miranda toma el cigarrillo, el corazón está a punto de salirse, el humo ha entrado por sus pulmones, acelera su ritmo cardiaco, ella lo entiende: una vez que lo ha hecho ya no lo dejará. Es la marca de cigarrillos de su padre, él se queda con ella de manera simbólica, de un modo no preciso; por la boca de alguien de algún modo ha nacido el mar, por su boca nacerá el fuego.

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