jueves, agosto 27, 2009

De qué callada manera V


Apenas son las doce, aún hay barras de chocolate en la mesa. Luis Carlos sigue mirando por la ventana, observa suavemente a Miriam quien duerme boca arriba, tiene los ojos hinchados, ella es quien no se acostumbra a no ver a Luna, es ella quien no se acomoda a que estén separados; es lunes, ayer fue el día de visita. Él sabe que esa semana los separarán, le explicaron que él no puede estar en la misma habitación que su hermana, que se va haciendo mujercita, que no pueden seguir bañándose juntos, no fue mucho lo que ha entendido y quizá no haga falta que llegue ese día. Lleva días pensando cómo podrán reunirse con Luna, entiende poco de distancias y es habitual que confunda una gran calle con otra, la esquina con una ciudad. Cuando llegaron allí solía pensar que Luna estaba doblando la calle, sólo dando la vuelta, desconocía que Luna debía viajar más de una hora para llegar a verlos, desconocía lo que caminaba su hermana tras llegar a la ciudad, desconocía que era una ciudad diferente, desconocía su cama al dormir, porque Luna le llevó siempre su almohada limpiecita para que él no percibiera el cambio, desconocía que se separaría cada semana de su hermana, desconocía tanto que lo conocido eran las barras de chocolate, la almohadita que cambiaba su hermana y la pared: una fotografía de los tres hermanitos, ahora un poco oscurecida, nunca lo suficiente para que él no supiera que quien sonreía abriendo la boca era él, que la mano sobre su hombro derecho era de Luna, que la pequeña que sonreía con otra mano en el hombro izquierdo era Miriam y que esas manos eran su refugio, su familia.

Luis Carlos lo ha pensado mucho, cree que lo mejor es caminar por la calle, “todo derecho, derechito se llega al pueblo” le dijo la señora de la cocina, así que irá todo derecho con Miriam de la mano, porque eso le dijo Luna “La mano entre hermanos tiene sentido, así no te pierdes, así que dame la mano para cruzar, eres mi hermano…¿lo ves? Mano: hermano”. Así que debe darle la mano a Miriam, para que no se pierdan, para que puedan encontrarse con Luna y estén los tres, a seis manos… alguna vez fueron diez, eso le ha dicho Miriam y eran muchas, grandes, de ahí se le quedó el gusto por el chocolate, su padre le daba chocolate, ahora Luna se lo lleva, él entiende a medias que es complicado comprar chocolate, pero sabe que el chocolate sabe a Luna, sabe a su padre, aunque por más que se esfuerce no pueda recordar su rostro, sólo sus manos, deben ser como las suyas, las manos de los hermanos.
(continuará...)

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