Han pasado dos días.
Dos.
Como ella y yo.
Mi abuela... murió hace dos días. Mi abuela. Madre de mi madre y de toda su familia. Mi abuela mujer trueno, orgullosa de ser quien es... no puedo hablar de ella en pasado. No quiero hablar de ella en pasado.
A las 10:30 supe que había muerto. No tuve noticia que estuviera enferma. Confieso que si lo hubiera sabido ni por un momento habría creído que ella moriría, para mí ella es inmortal. Creí que nos enterraría a todos. Saber que no estaba produjo una sensación inenarrable, aún ahora la siento, me recorre el cuerpo. Mi abuela murió a las 10:00, media hora antes, casi ocho horas de distancia en bus. Percibí de nuevo aquella sensación envejecida de no llegar a tiempo, de no estar cerca, de no poder... la incapacidad redondeada de vacío, una esfera sin sentido, me sentí frente a lo que ocurría vulnerable, pequeña. Aún no era consciente que no volvería a verla más, sólo lloraba y deseaba que me mintieran. Cuando me lo dijeron, pensé por un momento que había escuchado mal, me detuve sobre una pared, respiré, hice que me repitieran lo dicho, lo confirmaron... seguí sin comprender nada de lo que ocurría, porque mi abuela no estaba allí para explicarlo, así fue siempre: las pequeñas dudas, las abismales, las absurdas, las mágicas, las conversaba con mi abuela.
En una de mis visitas con mis amigos contó nuevamente esas historias suyas sobre cuevas y misterios, las mismas que acompañaron mi niñez, mis amigos la escucharon todo el tiempo, la disfrutaron, ella se despedía y algo dentro de mí sabía que hablaba en serio, no dejé de tomar su mano, de besarla, de mirarla, quise siempre llevarla conmigo, en fotografías, en palabras, en los libros que me regaló que ella no entendía, pero que sabían que eran de mi agrado, en los anillos, en ella ; yo heredé su voz, como mi madre; su manía por el canto y su gusto por las plantas. Mi abuela tenía tantas historias que aquella tarde que compartió con nosotros, para mí todas eran nuevas, pese a haberlas escuchado muchas veces. Nunca fue "mi abuelita", me enseñó a no llamarle así, yo soy su primer nieta, a veces me repetía que yo era su hija la más pequeña, fui yo quien le cantó por primera vez "Dí por qué dime abuelita". Fue a mí a quien le dijo: Eres el orgullo de mi orgullo", la primera vez que lo dijo sólo pensé: "Gracias abue..." Ahora, cuando sé que es mi último recuerdo, no sé qué hacer con ello. Me duelen los brazos de tanto cargar la herencia que me ha dado. No es poco y está por todos lados. Una noche me regaló la luna, exacto el momento en que el atardecer se despide y llega la luna naciente, preciso en luna llena... hablaba conmigo desde otro lenguaje, utilizaba metáforas que sólo ella y yo entendíamos. Un código personal que duró mucho tiempo, treinta años. Con ella entendí el idioma de las flores, la seguridad de la tierra, el valor de los animales, la fuerza de ser mujer, matriarca. Aprendí a respetar el mar y hacerme a él sin miedo; sentí el color del viento y a veces la culpo que yo sea poeta.
Tuve mi primer perfume venido de sus manos, "un perfume de señorita", apenas tenía once años. Gustaba de verme hacer la tarea o leer, me compraba enciclopedias y luego se enojaba conmigo porque no hacía otra cosa, más tarde quedaba contenta al ver que estaba lista para tomar el café con leche, el pan... comentar el día o escuchar una broma suya. Decía que si tocaba la tierra de un sitio era como estar en ese lugar, así que cuando me fui de viaje al extranjero me pidió que le trajera exactamente tres piedras de cada sitio, no de las ciudades, de cada sitio, así lo hice. Al principio me pareció una locura, pero al regresar, cuando se las entregué, había quedado una colección impresionante, llena de colores y ella se puso a revisarlas una por una, a preguntarme por cada lugar, por cada sitio... emocionada decidió colocarlas en una pequeña caja hasta que tuviera tiempo de arreglarlas como ella quería. Al terminar me habló de mi ser mineral, del mar en mi piel, me contó nuevamente cómo el mar me había curado siempre, ahora las piedras me harían seguir en el camino.
Verla siempre era un regalo... dicen que la respiración... que el corazón... ¡yo no pienso un carajo! Yo la vi allí, sus manos grandes, no esbeltas, de trabajo, siempre firmes, fuertes, las manos que yo no heredé... no podría, porque son las manos del trabajo duro, de la vida con el ganado, en la tierra; solía ver mis manos y las besaba, decía que yo haría otras cosas y que eso le gustaba, así fue, así es. Después caminar con ella, hacia ella, con mi familia, del brazo y cantando una de las canciones que ella cantaba, otra herencia más, otra más... daban ganas de abrazar a todos a un tiempo, a mi madre, a mis hermanos, a mis tíos, a mis primos, a mis sobrinos, pero no podía... no quería decirles que todo estaría bien, porque no era verdad para mí, ante mis ojos ella no estaba, y desde donde la veía se estaba desvaneciendo. La enterraron con su hijo, mi tío mayor, fue su voluntad, allí lo comprendí de golpe: no la volveré a ver. No podía parar de llorar, aún no puedo. Mi abuela, la hechicera, mi gran maestra, como ella misma lo afirmaba, no estaba más, no está más y... duele, me duelen los brazos porque no la abrazaré, los ojos de no verla, de no poder verla más sonriente, apabullantemente sabia, entera siempre.
Al finalizar la tarde, esa tarde del 19 de enero, día de su entierro, sabía que había llegado a tiempo para estar con ella, no importaba haber viajado ocho horas, todo valió la pena, porque yo, su nieta primera, su hija la más pequeña, llegué allí donde estaba todo de ella, la fotografía de ella sonriente, como deseando aliviar nuestra pena por su partida, ella misma postrada; porque estaba con mi familia, allí compartiendo el mismo duelo que aún conservamos, la misma canción que cantamos, y el atardecer como un último guiño de su parte iluminaba su tumba, mientras la luna redonda comenzaba a mostrarse, como ahora, en este momento mientras escribo. Abue... abuela, si pudieras ver la luna seguramente volverías a sonreír, porque bien lo sabías, el cielo se abre para darte cobijo... donde estés, siempre, siempre, te regalo la luna.
 |
"Te regalo la luna"
Foto: Jasmín Cruz Cacheux |
Doña Martha Rebolledo Fuentes, mi hechicera. Desde aquí, desde este lugar sigo tratando de soñarte tan sólo para qué me digas qué hago ahora con tanto que me heredaste.