Pienso que fue en este espacio donde acepté por primera vez que soy cabeza dura. La expresión no es propiamente algo que haya acuñado por mí misma, más bien uno de los extraños piropos que la vida me va regalando. Una de mis amigotas comenzó a decírmelo por la necedad personal, hace un par de años, quizá diez ya, fue la misma que hiciera memorable mi apodo familiar Jazz y lo convirtiera en lo que ahora es, una forma de definirme en una sola palabra.
Ahora pasado el tiempo no soy tan cabeza dura, como lo era hace un par de años cuando me negaba a aceptar más de una cosa simplemente porque rompía con mis estructuras. Por ejemplo, recién estreno un aparato DVD, un regalo muy especial de quien comparte conmigo, además de la vida, el gusto y manía por el cine; yo me negaba a aceptar que era tiempo de darle un descanso al aparato anterior, con diversos argumentos, el más socorrido es que podía repararse con una limpieza y estaba listo para otros años de batalla. Sin previo aviso que diera lugar a una réplica me lo ha obsequiado este fin de semana, con la única razón bajo el brazo que su/nuestro derecho a disfrutar de películas sin la pausa incómoda de un dvd que estaba exhausto y en el minuto 13 saltaba hasta el 14, con suerte y si no hasta el 17, en fin que tuve que admitir que era cierto, había que jubilar al anterior, pero fui cabeza dura más de un año, hasta que sin mayor reparo llegó el nuevo y tuve que cambiarlo, porque era lo que correspondía. Así me ocurre no admito algún cambio y cuando me descuido y ocurre como sin aviso lo disfruto, en tanto me muestro cabeza dura y pareciera que no voy hacia ningún sitio con tanta terquedad. En fin que esto de ser cabeza dura, con el tiempo y un poquito se ha ido venciendo. Sé cómo terminó la sentencia: cuando permití que el asombro y la maravilla entraran por la ventana, por la puerta, por todos lados y los dejé que se presentaran y me hicieran sonreír y aceptar con la misma sonrisa que no soy quien tiene razón, y qué grato que así sea. Aún me quedan muestras de ser cabeza dura, pero por suerte (oportunidad + capacidad), ya queda mucho menos al respecto. Lo que tengo ahora es una sana necedad porque todo es posible, hasta no tener razón,y es que no se trata de ceder la voluntad si no de sumarla. En fin, poco a poco... todo es así, poco a poco. Me queda la certeza que producto de admitir un error cabalmente, puedo disfrutar de una película del primer minuto al último sin cortes impertinentes. ¡Gracias por eso, siempre!
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