la madrugada, rodaré un duermevela.
La frase correcta debió ser: antes que caiga la noche... porque así la pensaba antes de escribirla, pero no me pareció posible, pues ahora escribo de madrugada y se vence en mí como una puerta vieja, cansada. La noche en cambio es una monja tumorata o una vieja pregunta en el sombrero que cuelga del perchero, sin respuesta y alcanzada. La noche puede ser tu rostro cercano, sin miedo, dibujado, en el borde del pecho, o en el borde del agua. La noche es ese palco que no alcanzo a mirar de vuelta. La noche es el barco a venus de aquella canción de Mecano... la noche es lo único que no podemos encontrar en la alacena, pero sigue, sigue ahí, en alguna parte, reclamando a gritos la primera intención.
Así escribo ahora, convencida que no puedo hacer otra cosa. Entregar notas acá de mis pasos por la vida, cobijar notas allá, de mis trazos; descubrir una palabra al filo y en el filo una nota. De acá, de allá, de más allá. Descubro y me cubro con palabras la misma certeza, pero esta noche no estoy triste, estoy en silencio, adentro y dentro. Infantil me descubro, poco a poco me develo. Cada vez es a un tiempo, una voz y una escalera. Abrazar lo sencillo y definir lo posible, es una nota. Encontrar lo imposible y no comprender ni una gota es un silencio. Así yo... hoy, antes que caiga la noche, como la obra que escribía, cuando lo posible me atraía, cuando lo increíble me seducía. Hoy vuelvo a tocar al maestro Silvio, al cómplice Rodríguez: "He preferido hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado". Así yo, me voy a leer de lo imposible, a escribir esas obras imposibles, a no entender, pero a seguir, antes que caiga la madrugada y lo olvide. Como antes, como antes...
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