Así le llamaron mis amigos a esta cosa del insomnio y la falta de apetito. Le llaman así a lo que no podemos explicar de un modo concreto. Creo que se llama "soltar"... dejar ir, comprender que parte, una buena parte, de mí se fue entre tanta cosa, como entre los papeles que tiré la semana pasada o los libros que regalé o la ropa que deseché o la basura que fui a dejar con el resto de las cosas que ya no eran útiles. Así se fue esa parte de mí, porque ya no era útil para..., se fue y ahora me tropiezo a cada rato, porque me faltan ojos para ver lo que camino, manos, voz, interés, ganas, emoción... me falta.
Le llaman "el tropezón", porque me zarandearon con un montón de verdades y se cayó, se me cayó, mientras cerraba la puerta y nomás tengo un dolor en el pecho, no escucho nada si me quedo quieta sobre la cama, pero sigo caminando, lo hago rápido y ya no escucho ningún latido, se cayó en el tropezón y no puedo dormir, porque sé que tenía mis recuerdos, mis ganas. Esta vez no se rompió, no está en pedazos, se cayó y no puedo dormir y no tengo hambre y no tengo ganas. Todo me lo invento, me digo que estará en su lugar, pero no llega. Lo que ha llegado en su lugar son los días de 48 horas, las tardes invernales, porque en plena primavera tengo frío. El café helado y sin azúcar, la mesa que da susto de colillas de cigarro, la ropa ordenada y la casa intacta. Lo que ha llegado es la colección de horas sin saber, sin entender, aunque no haya nada por hacer.
Quizá "El tropezón" fue más fuerte y se me cayó también la voluntad, quizá... pero hay algo que no sé qué es, cómo nombrarlo que me asegura que un día, en menos que me lo parezca todo estará bien. Despertaré y escucharé su compás de nuevo, aunque no sea útil, aunque no importe, aunque ya no se pueda más. Ahí estará. Y yo escucharé como antes mi nombre en su tamborileo. Así sea.
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