Al caminar hacia la tienda o a tomar un taxi, la esquina obligada es el cementerio. En realidad iniciar de este modo es un poco tétrico, pero me he dado cuenta que miro constantemente hacia el lugar y una parte de mí se silencia. El panteón, el cementerio de la colonia. No tengo nada qué hacer, porque los muertos de esta colonia, de este ciudad y de este estado no son los míos, pero me silencio. Dicen que del silencio nació la palabra, y yo me silencio y me planto frente a la entrada; un año ha transcurrido y no entro, sólo miro. No entiendo cómo, cada tanto, me detengo. Creo que me gustaría que mis muertos no estuvieran tan lejos y poder entrar un fin de semana cualquiera. Apenas ayer estuve a punto de hacerlo, miré de frente la entrada y me pregunté si sería válido entrar y rezarle a cualquier tumba, como si fuera la que no tuvo mi padre. Con el paso del tiempo he ido comprendiendo lo que significa el último lugar de descanso, el lugar de reposo, expresiones que antes me parecieran eufemismos absurdos y que ahora cobran sentido, mi padre decidió que sus cenizas se esparcieran por la carretera, consideraba este gesto romántico el más simbólico, pues gran parte de su vida transcurrió viajando. Decidió el lugar y el camino y ahí esparcieron sus cenizas. El sitio no es cercano a ninguno de sus familiares y ni con mucho al de sus hijos, pero para él era lo más cercano a lo que amó en vida y en lo que creía. Ahí se cumplió su última voluntad. A ratos me pregunto si nuestra ansiada última voluntad colabora para que los vivos descansemos.
Ahora que cada día, todos los días, tengo que ver el panteón, me pregunto si no habría sido más cómodo para quienes amamos a mi padre llegar a un lugar para estar ahí, recordarlo, pensar que allí los restos descansan, que incluso a la mexicana se puede hasta conversar con él. Entiendo la última voluntad, el respeto a la misma como un acto de amor, pero ¿y nuestro amor, ese espacio egoísta donde convivimos con quien amamos, ese espacio que nos permite la calma, el aceptar el dolor y la pérdida? Eso, justo, lo que llamamos Duelo.
Aún sigo pensando, pero creo que en uno de estos días me resolveré a entrar, con un poco de tino me encuentro a alguien como yo, a quien nadie visite y acepte mi visita de buen agrado.
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