Me dicen que la tranquilidad y la calma es lo importante, lo urgente, lo necesario, lo que debe de hacerse, a lo que debo de asirme. No creo una palabra. Quiero lo que adentro me abrasa, me quema, me aturde, me invade. No quiero calma ni estabilidad. Quiero esta guerra y esta llama.
Con el paso del tiempo lo que he aprendido es que la tensión produce resultados, que la locura crea acción, rotunda, sin descensos. Quiero mi guerra, mi batalla a diario, mi locura, porque así me sé, porque así me reconozco, me encuentro. No quiero, no quise tu paz, quise tu guerra; no acepto tu equilibrio, quiero el desatino.
Hoy no acepto la armonía como el resultado de la calma. No, la armonía viene de la discrepancia, del desequilibrio, de la tensión de los puntos, de la diferencia. Quiero esa diferencia. No estoy hablando de polaridades, no quiero saber de puntos extremos, no quiero entender de negro o blanco, no quiero bueno o malo, no quiero. Me gusta la carcajada y el silencio y ello no me hace polarizante, me convierte en mí y me descara, me descubre, me encuentra.
Eso quiero, la guerra, antes que tu paz; el conflicto antes que la monotonía. Quiero esas noches de boda que dice Joaquín Sabina; quiero la luna montada en mi hombro antes que vista por el cristal, quiero prender la estufa con el cerillo, antes que seguir temiendo a una fuga de gas. Quiero el desnudo antes que el vestido que imagine. Quiero, sí, eso quiero la trama, aunque venga el desenlace; leer una y otra vez una historia que me haya gustado, aunque ya la conozca. Quiero la trama, sí, con el nudo y el conflicto, con la forma en que lleva a otra historia, con la segunda historia, con el color en la historia. Ser el personaje de color antes que el nombre sobre el papel. Quiero la rabia y el coraje y la mordida. Quiero el insomnio antes que la monotonía del sueño correcto. Hoy lo quiero todo, lo quiero con todo y eso, eso, me da calma.
Buena noche, calma. Buen día, en pie de guerra.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario