Las personas se aglutinan, no hay pasajes... no hay abordajes, no hay lugares esperando, pero todos corren, corren, porque se debe correr después de hoy hasta llegar a... ninguna parte. Es el sitio, ese, el mismo, el viaje a otro lugar que sea cualquiera, pero no éste, en el que no nos quedemos, -¡eso, no quedarnos!- porque acá cuando se llenan los ojos de horas y de distancias, de ausencia y de inmediatez, duele. Por eso corren, hacen fila y va una, otra tarjeta de crédito, de débito, departamental, de lo que sea, olvidan la de fe, esa, la misma que no dice cuál es la cantidad, qué institución, y no lleva firmas, ni foto, no es membresía, sólo se lee: "Yo, soy yo, y creo".
La olvidaron, saben que la olvidaron, porque alguien respondió a la amarga recepcionista, "No puede ser que me pidan eso; no puede ser... expiró hace dos años, cuando perdí mi casa, mi familia, mi trabajo, mi vida, cuando ... la conocí, no me salgan con que tenga fe...¡ridículo!". Lo perdiste todo y te perdiste, justo eras libre y se te olvidó.
Son las 15:44 hrs., siguen cerradas las salas de abordaje, yo no busco mi "carné", no busco mi tarjeta de crédito, no tengo idea de dónde puse mi ife y estoy hasta el "poto" de pensar en dónde está el dinero; así, por accidente y sin ayuda divina, me quedó acá. Seguro, mientras busque los cigarros, la cajetilla que sin alternativa debo encontrar, estará el único "carné" que me sacará de acá, ese que no habla de identidad, sólo de mí, de mí... ¡maldita sea! ¿quién me salva de mí?


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