jueves, marzo 05, 2020

Jueves...


Escribí hace tiempo: "A veces quería mirar las estrellas, pero tu padre no me lo permitía..." (Martha: Una carta (2018)), y ahí también estaba hablando de la imposibilidad de ver el mundo desde los ojos del otro... el otro, ese otro al que a veces se le deja la sangre y la piel, porque los huesos que somos y no sólo en que nos convertimos, se quedan, permanecen para recordarnos que ahí estamos, a veces con una asignatura pendiente.  Ahora mismo estoy escribiendo sobre eso en otro lugar. 
Leí en algún lado que estamos escribiendo la misma historia, entonces pensé que las historias que nos rondan, fluyen como la lengua materna en la que hablamos, vivimos... o quizá no, me gustaría descubrirlo. Hoy leí en voz alta Allí te comerán las turicatas, de Cristina Rivera Garza, se lo leía a Casandra, ambas disfrutamos de las ilustraciones de Richard Zela (del autor)  y admitimos cómo la belleza posee una diversidad que te deja en un largo sin aliento, en un breve sin palabras, en una coyuntura que libera. 


Escribir y leer  son actividades que disfruto tanto como ver el cielo en una noche estrellada o mirar el oleaje del mar por la mañana... no, creo que más que todo lo que he dicho, pero no alcanzo a precisarlo, esto último me parece aún mejor si no lo preciso no sé medirlo y si no sé medirlo... eso es otra cosa. 

Ahora voy a quedarme hasta aquí, pensando que sin decirlo he afirmado lo tanto que me gusta la escritura de Cristina Rivera Garza, porque la autora de "Nadie me verá llorar", me hace en los dedos palpitaciones que me llevan al teclado, aquí, a confortar las manos del único modo que sé: escribiendo.


 





lunes, mayo 21, 2018

500 palabras


A mi amiga Lizbeth


Intento recordar pacientemente alguna ocasión en que la sed o la fatiga me hayan impedido reconocer que lo que estaba ocurriendo en ese momento era sólo temporal, y me remonto a los días en que asistía a la escuela primaria: pensaba, desde ese entonces, tanto, que el ejercicio físico me parecía imposible y las prácticas terribles. Ahí, a un costado de mí, estaba una niña llamada Lizbeth, ahijada de mi tío, hermana de tres más, vecina de mis vecinos, y quien yo deseaba que fuera mi amiga: ella era capaz de correr sin descaso por el patio de juegos ida y vuelta, subir por un árbol y bajarlo en un minuto, levantar la mano y decir de memoria un texto, entregar toda la tarea en primer lugar y contar en voz alta hasta diez por los que faltábamos. Jamás parecía cansada, lo cierto es que la escuela era su lugar especial, su espacio mágico en el que nada le podía pasar. En cambio, para mí, la escuela era ese lugar amenazador en el cual librar una batalla diariamente por las horas en que debía asistir. 

Cuando pasa el tiempo tenemos más posibilidad de poner en contexto una situación, entender qué ocurría, pero lo que no nos es posible es recrear la emoción, la que esta sea, porque se ha ido. Y justo ese es mi punto, las emociones son chispas: pum!, paf!, se viven o no, por más que lo intentemos o las vivimos o las analizamos, pero no ocurre simultáneamente. Precisamente ayer pensaba: ahora mismo estoy hablando con Lizbeth, casi treinta y siete años después de habernos conocido, escuchando su risa y cada una de sus palabras con la misma atención que cuando éramos niñas y ella le hablaba a la clase; con esto me basta para creer que hay algo más grande entre nosotrxs, que no importa cómo funciona, nos acerca a quienes han tenido un significado en nuestra vida, como un gran eco de lo que hemos sido: una quiere, ama, a otra persona y esa otra persona lo multiplica queriendo, amando, a otras personas y esa secuencia se hace infinita, acercándonos a todas y a todos, creando una fuerza tan grande que nos permite saber que aunque todo es temporal, fugaz, aunque las emociones son chispazos, es importante vivirlas, es necesario, es vital. 

Ahora que te he contado lo anterior, me doy cuenta que es “lo efímero” y “la amistad”, con lo que estreno este escribir en quinientas palabras (incluyendo título) ¡a ver qué tal! Apenas lo entiendo, sigo siendo esa niña que piensa; en lo que he cambiado, es que ahora sólo pienso por un momento y regreso al juego: no importa cuántas veces me den con la pelota en la cara, cuántas otras tropiece, cuántas más me sienta exhausta, incluso si me llevo rasguños, me siento profundamente feliz de aceptar que no hay modo alguno en que deje de jugar este juego, este, efímero y amistoso, llamado vida.

lunes, abril 30, 2018

Escribí esta carta ...




A mis niñxs: Stiv, Demora y Mikel. 

- Escucha…


- ¿Qué, Azul, qué escucho?



- Escucha… ahí está de nuevo, ay, ese pájaro en la ventana. Me sigue a todas partes. 



- ¿Azul, estás segura que es el mismo?



- Estoy segura. ¡Cómo no voy a saber! ¡Pobre! Me sigue a mi casa, me sigue a la de mi tía, y ahora me sigue a la tuya. ¡Todas las mañanas, pobre! Debe estar cansado. 


Y Azul sigue uniendo imanes y piezas hasta formar naves, pequeñas esculturas y se muestra orgullosa. Sonríe y me pide que lo vea. Y yo tengo que mirar de nuevo, muchas veces para encontrar lo que me señala, porque soy adulta y olvido soñar. Azul, me ha desafiado. Tiene 8 años y sabe mejor que yo, que lo más importante está en el momento que vive. Azul, reconoce el canto de un pájaro desde cualquier ventana; Azul tiene compasión, por ese pájaro que la busca en todos lados y la encuentra, y ella le responde haciendo un silencio para escucharlo. 

Cuando era niña solía creer que la luna me seguía, como a Azul la sigue su pájaro por las mañanas. Luego crecí y entendí de la rotación de la tierra; sin embargo, me encanta olvidarme de ello y creer que la luna me sigue, ahora para cobijarme.

Hoy que es día de la niña y del niño, me ha dado no por recordarme niña, sino por reflexionar ¿en qué piensan lxs niñxs? Y se da el caso que tengo una nueva amiga, quizá la más joven de todas, su nombre es Azul. Por ella y a su lado, me di cuenta que lxs niñxs piensan en lo que miran, en lo que sienten, en lo que huelen, en los espacios en que se encuentran, en lo que decimos en su compañía. Lo sé, porque pasé 20 horas en su dulce compañía; a ratos escuchando, otras jugando, mirándola dormir; y durante ese tiempo comprendí lo mucho que me hizo bien su compañía. Azul no lleva mi sangre, como muchxs otrxs niñxs; ella llegó una tarde, a acompañar mi fin de semana porque había una emergencia en su casa, lo que ahora entiendo es que la emergencia estaba en la mía: Azul vino a recordarme ¿qué es ser niñx? Tan sencillo como dejarse estar, maravillarse ante un tazón de palomitas, reír a carcajadas, confiar en alguien que está dispuesta, como yo lo estuve, a compartir un momento con ella y disfrutarlo. 

Hoy creo que todxs lxs niñxs, nos recuerdan algo que la vida y las ocupaciones nos hacen olvidar y que pueden ser nuestrxs amigxs, no sólo nuestrxs hijxs, no sólo de nuestra familia, y que tenemos un compromiso con ellxs: hacer más espacio para que sus sueños y su imaginación, iluminen nuestros corazones. ¡Feliz día de la niña y del niño! 


Posdata.- Si ven a Azul, díganle que encontré las pastillitas de confianza.

martes, abril 17, 2018

los sueños que las contienen...



“Las mujeres toman siempre la forma del sueño que las contiene.” Juan José Arreola, Cláusulas, I.


Estas palabras vinieron a mi mente, mientras me pensaba durmiendo. ¿Por qué no sueño unicornios o caballos? ¿Por qué no tengo un gato que ronronee recuerdos y musite calma? Abro los ojos, porque estoy segura que mi despertar comienza cuando cruza el primer pensamiento que no habla, pero me hace saber que el día ha comenzado. ¿En qué soñamos las mujeres? ¿Cuántos mundos se vuelven continentes en nuestro corazón y mente y nos forman y conforman? ¿Qué forma me contiene y sostiene mi sonrisa y mis palabras, estas que escribo y las otras que digo, mientras miro los ojos de quien amo y me sujeto a su horizonte?


¡Toma la forma de tus sueños mujer/hombre, hermano-humano! Y abre las manos para que sueltes lo que te ate; abre los brazos para dejar ir y recibir la vida que inicia cada día. Sólo hoy, al fin y al cabo, este puede ser el primer día y mañana el siguiente en que asumas tu camino como propio, sólo tuyo y tus decisiones.


Ama hasta que no duela; abraza hasta que te fundas; besa hasta que confundas tu boca, con la otra, la que ya no te toca, pero también por ese momento ha sido tuya y la tuya se quedó prendida en otro rostro. Hazlo hoy, lo que puedes perder es la forma de ayer y a cambio encontrar la forma que te nombre.


Hoy que es el día del fin del mundo, vale la pena iniciarlo de nuevo.


¡Buen miércoles, Vida Mía, todo el miércoles!

lunes, abril 16, 2018

La Guerra


Escribí esta Carta Editorial sobre la Guerra, la comparto para elevar también acá una oración por La Paz: 

Cuando era niña, la guerra consistía en un juego de niñxs, en el patio de casa o en el jardín común. Cada niñx representaba un país y comenzaba diciendo: “declaro la guerra en nombre de…” y corríamos. Cuando era estudiante universitaria, la Guerra, ya no era un juego, sino el tema de mi exposición semestral en Derecho Internacional Público; la escribía con la primera letra en mayúscula y exponía los protocolos y trataba de hacer comprensible el tema, explicando minuciosamente su argumentación y debate. El tiempo transcurre y la guerra o (con la primera letra en mayúscula), la Guerra, deja de ser un juego, un tema de exposición y hoy la veo como un ejercicio de poder, una decisión política que aun cuando provoca destrucción, muerte y dolor, se afirma como una victoria, una necesidad de asumir soberanía… ¿y el dolor? ¿Y la muerte?

La manifestación de nuestro país con respecto a condenar el uso de armas químicas en el ataque a Siria tiene todo mi respeto y deferencia. No existe en mí razonamiento alguno que posibilite la destrucción humana. Eduardo Galeano, escritor uruguayo, se preguntaba: “¿Hasta cuando seguiremos creyendo que hemos nacido para el exterminio mutuo y que el exterminio mutuo es nuestro destino?” Y ahora mismo, nadie puede dar una respuesta, supongo que no sólo yo siento este desconcierto y baso mi hipótesis en los señalamientos en contra de estos hechos, emitidos por las diversas naciones, en las que orgullosamente se encuentra nuestro país. Porque como señalara la escritora norteamericana, Susan Sontang, en su obra Ante el dolor de los demás, “Durante mucho tiempo algunas personas creyeron que si el horror podía hacerse lo bastante vívido, la mayoría de la gente entendería que la guerra es una atrocidad, una insensatez.” Sin embargo, el tiempo ha pasado y en el colmo del colmo, tenemos noticia de representantes de países, exclamando un prosaico: “esto no se va a quedar así, esperen consecuencias.” Como si se tratara de un patio de juegos para niñxs. No puedo entenderlo, porque las imágenes que nos presentan los medios de comunicación son suficientemente devastadoras para conmover a cualquiera. Nos presentan la muerte, la miseria y el horror vivido por otrxs que como nosotrxs, somos parte de la misma humanidad, por más distancia geográfica, costumbres, idiomas. Y es que me gusta creer que el mundo es mundo y en este que nos toca vivir, debemos caber todos los mundos. Vuelvo a citar a Eduardo Galeano, para afirmar: “Si el mundo, este mundo, merece ser otro mundo, la marcha por la Paz, (…) merece millones y millones de pies.”


Hoy te invito a iniciar la semana creyendo en la Paz, como una oración matutina haz la Paz contigo, con tu familia, con tu vecindario, en tu trabajo… quizá entre todxs, con nuestra fe, podamos mover esa gran montaña que si seguimos impasibles, terminará por caernos encima.



vía: https://sumariosmtlbajio.wordpress.com/2018/04/16/16-abril-noticias/

lunes, abril 09, 2018

El miedo...



“El miedo ciega (…) el miedo nos mantendrá ciegos”. 
José Saramago 

¿En qué momento comenzamos a sentir miedo de la persona que recién llega a una tienda de autoservicio y se forma tras de nosotrxs? ¿Cuándo inició el sobresalto por la patrulla que hace su ronda, mientras vamos en el auto sin cometer falta alguna? La extrañeza y nerviosismo que hoy nos acompaña se ha convertido en la eterna vigilante de nuestros propios movimientos al entrar y salir del cajero automático, sí, los nuestros, como si también fuera posible que por impulso cometamos una falta contra otrx. ¿Qué ha pasado para que, -como lo señala el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, en su obra El ruido de las cosas al caer-  tengamos que aceptar que el miedo “... pasó de ser un asunto casual, una de esas malas pasadas que nos juega la memoria, a convertirse en un fantasma fiel y dedicado, presente siempre…”?

¡Cuán lejos queda pensar en el impulso natural que nos acompañaba como temprana alerta para cuidar de nuestros movimientos al encontrarnos en una pendiente y descender! Porque hoy, esa reacción natural de intentar atrapar aquello que veíamos próximo a nosotrxs, se ha convertido en un movimiento corporal inmediato de protección o, aún más, “la necesidad” de revertir el ataque lo más pronto posible, y sí, eso también es miedo.


Hace tiempo alguien me explicó que recibir una franca agresión sin motivo no es otra cosa más que la manifestación del miedo de la persona que agrede. ¿Es esto lo que ahora ocurre? ¿O es que la indolencia y la indiferencia nos está facturando y el miedo no es otra cosa que la culpa por mantener el silencio y no involucrarnos cuando alguien frente a nosotrxs está siendo dañadx? Parece que “evitar problemas” comienza a hacer efecto en nuestra conciencia.

Mientras escribo estas palabras una lluvia de imágenes cotidianas me llevan a reflexionar en el día a día de mi propia ceguera social. Nos importa la desgracia hasta que ocurre en nuestra casa, sea enfermedad o siniestro. Nos interesa cuando tiene nombre y apellido y está cerca o sabemos quién es, o peor aún creemos saberlo. Hoy sólo quiero que nos atrevamos a preguntarnos: ¿es demasiado interesarnos por lo que ocurre en nuestro entorno? ¿de verdad es una pérdida de tiempo detenernos a pensar que todxs somos el prójimo de alguien, y por lo tanto el transeúnte o quien va al volante es también nuestrx prójimo? Quizá ahora mismo estarás por preguntarme ¿y la inseguridad? ¿y el rol de las autoridades? Yo, en este minuto, sólo puedo reflexionar en lo que nosotrxs como sociedad consciente podemos hacer por acompañarnos e involucrarnos con ayuda mutua, porque no merecemos la ceguera y el espanto constantes, así, no lo merecemos y sólo por eso vale la pena intentar asumirnos como un tejido social tan resistente que quiera contenerse lxs unxs a lxs otros, porque el esfuerzo lo vale. 


Vía: https://sumariosmtlbajio.wordpress.com/2018/04/09/09-abril-noticias/

viernes, marzo 30, 2018

Dime ...


¿Qué probabilidades hay que al cerrar la puerta, tras una despedida, te quedes adentro?

¿Cuántas palabras hay en tres puntos suspensivos escritos al pasar?

¿Cuáles son las posibilidades de desear que algo ocurra y que ese deseo transforme tu instante presente?

¿Las palabras milagro y esperanza pueden concurrir en un mismo espacio-tiempo?

¿Cómo puede nombrarse ese punto, entre los ojos que miras y que te miran y no son los tuyos, pero te arropan?

¿Cuántos ventanas deben cerrarse para que decidas abrir la puerta?

¿Si vuelas un cometa y el hilo recorre tu vista, cuántas dimensiones se extienden entre tú, el viento y el espacio que ocupa tu cuerpo?

¿Cuando dejas que el viento despeine tu cabello, puede medirse el punto preciso en que te roza los labios y no te hace daño?

¿Qué existe después del “tal vez”, el “después” y el “buenas noches”?

Dime... dame.


lunes, marzo 12, 2018

Soledad... soledades.


Ayer, entre la información leída, tropecé con un titular en el periódico El Universal: Soledad la epidemia del Siglo XXI. Inmediatamente a mi mente acudieron algunos títulos de obras que no proceden precisamente del Siglo XXI, por ejemplo: El laberinto de la soledad, del poeta y ensayista Octavio Paz; la novela Cien años de soledad del escritor colombiano Gabriel García Márquez, y las referencias seguían, pero en ninguna de ellas encontraba que fuera un malestar propio de cierto siglo. Leí con detenimiento en donde se destaca:“… que la soledad y el aislamiento social pueden representar un riesgo para la salud pública, mayor que la obesidad y equiparable a fumar 15 cigarrillos al día.” Y ahí me detengo, porque desde mi perspectiva la soledad no es lo mismo que el aislamiento, no son sinónimos ni calles de una misma manzana, no son extremos que se toquen: son ofertas de vida, hasta cierto punto cartas en la baraja que una toma o deja, para que otra la tome. 

Recuerdo los versos de Mario Benedetti, poeta y escritor uruguayo, en su poema Soledades: 

después de la alegría viene la soledad
después de la plenitud viene la soledad
después del amor viene la soledad

¿Qué es entonces la soledad? ¿La ausencia de alguien es soledad? ¿Estar rodeada de personas aunque no haya algo en común es una apuesta porque no llegará la soledad o al contrario? Quizá estas interrogantes que formulo parezcan no tener sentido, pero sólo por buscar una comparación que represente lo que digo, nuevamente pregunto: ¿el grito que se da en la punta de una montaña o en el desierto, sigue siendo grito aunque no haya quien lo escuche? Así me parece que ocurre con la soledad, deviene o llega después de un instante y es también un instante. Como dice el poeta Benedetti: 

los datos objetivos son como sigue
hay diez centímetros de silencio
entre tus manos y mis manos
una frontera de palabras no dichas
entre tus labios y mis labios
y algo que brilla así de triste
entre tus ojos y mis ojos

Sabes, yo sólo puedo hablar de soledad porque hace tiempo que cuando llega, la abrazo y le repito que todo estará bien. Sé que llega después de la alegría, de la plenitud, del amor, y que al menos a mí me permite hacer silencio y levar anclas para el siguiente viaje. Quizá porque sé:

que más allá de mi soledad
y de la tuya
otra vez estas vos
aunque sea preguntándote a solas
que vendrá después
de la soledad.

No es que tenga el inexorable conocimiento sobre la soledad, sólo entiendo que la soledad no es la epidemia del Siglo XXI, la soledad es esa terca y radiante compañía, tan radiante como cada día que iniciamos o como la noche a la que nos abrazamos.


Photo by: Jasmín Cacheux