Adrián
"¿Afuera llueve? Aquí, adentro, también".
Adrián se detuvo frente a la puerta del dormitorio para mirar otra vez, recién lo compró y no hace más que mirarlo, le ha puesto nombre contra las indicaciones de su madre, quien enfadada le dice: “Adrián, estás loco, es sólo un paraguas”.
Adrián cree que no es así, sonríe mientras lo toca; con el paraguas reciente se suman treinta, tal pareciera que deseara uno por cada año de su vida.
- Llueve madre, y llueve suficiente para buscar guarecerme
Adrián piensa en la estatua de mayo, una columna que en su pensamiento convirtiera en estatua, para admirarla, para quedarse detenido frente a ella como una obra de arte. Esa tarde llovía, Adrián transitó la avenida sin cuidarse de la lluvia, al llegar a la esquina tuvo necesidad de recargarse en su sombra, se sujetó a una columna, y al separarse miró en ella su sombra petrificada, se supo entonces lluvia y se sintió reventado, chorreado siempre con agua en los cabellos, en el cuerpo, en los ojos. Desde entonces se propuso un paraguas por cada año en que se sintiera lluvia, se aferró a esta idea y comenzó a transitar por la calle con un paraguas distinto al que ponía un nombre y un destino.
- ¿Adrián, qué sucedió aquella tarde, lo recuerdas?
- ¿La estatua de mayo?
- Sí, era mayo, ¿qué sucedió?
- Afuera llovía, llovía mamá, yo llovía también.
- ¿Y María?
- Fue un accidente. Ella era de viento, voló y, despedazada, se volvió viento en mis ojos. Desde entonces, no hay días sin lluvia.
- Adrián...
- Entiende ¿Afuera llueve?
- Sí, pero...
- Aquí, adentro, también. Tal vez si compro otro paraguas... le llamaré Mónica.
- ¿Y María?
- Sólo llueve.
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