Regina
- ¿Miraste mi nombre?
- Lo dejé en la escalera, pensé que... tal vez...
- Lo olvidaste.
- ¡Regina!
- Lo dejé en la escalera, pensé que... tal vez...
- Lo olvidaste.
- ¡Regina!
¿Sabes algo acerca del cáncer?
No es sólo signo de muerte. Creo que le llaman culpa, miedo, resentimiento, ventaja. Le llamo la ley del tiempo, se cumple sin que intervenga la voluntad, así, y ayer por la tarde el tiempo tocó a mi puerta, me llamó por mi nombre.
Supongo que fui yo quien dejó a una niña mirando por la ventana sintiéndose gota de lluvia, tiempo de agua clara, cielo reventado; sólo sé que comenzó a evaporarse con cada verano, y sus ojos se hicieron tormenta y su voz se hizo mi nombre. La abandoné, es cierto, pero no soy culpable. Ella, era por sí un desierto, un aire grisáceo que apretaba la garganta, y los médicos la nombraron “asma”.
Cáncer; no comprendo la palabra, el médico repite las posibilidades, miro sus labios, pero no comprendo lo que dice, lo que busca; él sonríe, yo me quedó seca con los labios entreabiertos y la boca tumorata, afirma una y otra vez: “Regina, tienes posibilidades...”. Posibilidad, no existe la palabra, el cielo es verde como entonces, como cuando él se marchó. Le llamaron mi padre, lo bauticé mi verdugo, y me quedé cada día en la ventana a esperar que olvidara… que olvidara el dolor, la vergüenza; que olvidara la rabia de mi madre, los ojos de mi abuela; que olvidara cualquier cosa, pero que no se olvidara de mí. No lo conseguí.
Ahora es tarde, el tiempo se viste de derrota y… no, no me siento culpable: debía dejar a esa niña, aunque después, veinte años después olvidaría de nuevo mi nombre en la escalera, esperando que seas tú quien lo encuentre. Cáncer. Lo sé, me llaman Regina. Mi nombre se quedó en la ventana, mientras me evaporaba.
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