
No es común que los silencios se palmen de uno a uno y contra las cuerdas, no es común que las cosas se le queden a una a la mitad, pero así ocurre cuando una se plantea dibujarse entera y no en la entretela. Sin lugar a dudas la respuesta puede ser no-amable, no-grata, mucho menos agradecida, puede ser que no nos guste y nos grite a la cara: olvido.
Dice Benedetti "El olvido está lleno de memoria" y sé que es cierto. Esas palabras que por contrarias dicen más que la que hemos llamado por mucho tiempo verdad; las paradojas son inteligentes, bondadosas, no necesariamente por claras, sino que justamente lo son por lo que nos hacen pensar y no por lo que dan. Así, hoy, mientras recuerdo a 'Antolia' y su cuerpo dulcificado, alargado, la mirada casi traslúcida por el recuerdo, ella que se ingeniaba para estar desmemoriada; pienso en el olvido, en la cadena de palabras que preceden a una despedida que se va alargando hasta que no nos queda más que arrastrar los ojos, en huelga de carácter, en huelga de "adiós". Sé lo que es hartarse de levantar la mano muchas veces para decir adiós, hasta que el brazo se cansa y no queda más que decirlo con los labios, con las letras, con lo que haya por decir, sé lo que significa, pero "El olvido está lleno de memoria".
Y se recuerda, así como cita Galeano: " recordis- volver a pasar por corazón", 'Antolia', la miro, apretando los brazos, como si el aire contenido le devolviera su estampa; ese tiempo, ese tiempo... pero el tiempo se ha ido, se ha marchado como las historias, como el verano, como las personas. No quiero sentir pena por lo que ahora vives, por tu cuerpo girando hacia la ventana de lo próximo y terrible, de lo absurdo... así: no quiero. Porque te abismo y me abismo contigo, venimos de allí ¿recuerdas? Yo recuerdo (¡no puedo olvidar, carajo!) cada parte del gentío y la presa; recuerdo los días de risa y las palabras terremoto, los anuncios de Saramago y los café's vueltos presencia, compañía. Te recuerdo, así, carcajada de agua clara con todo y pesadillas. Eso pasa, las pesadillas son anuncios de nosotras, tienen ganas de decirnos lo que de cerca y lejos repetimos: nosotras, cada parte de sus colores nos dibujan lo que hay dentro. ¡Antolia, no te rindas, no hace falta!
El tiempo es un huracán o un tornado, no lo entiendo, pero que arrasa y se lleva lo que pasa, para bien, mal, regular e infinito, eso sí se lo lleva y nada queda. Ha pasado tanto, hay tanta sed que colinda con la emergencia de decir "te quiero" que a veces, y sólo a veces, duele, y el silencio no estorba dentro, se acomoda, toma lugar; el asunto es conocerlo, se convierte en tibio, en bendito, en natural, en silencio a tiempo, nuestro.
Antolia, el olvido, el nuestro, carece de la naturaleza de "aquí no pasó nada", ¡cómo no, qué caray! Sí, pasó, sí ocurrió y eso, sólo eso, nos hace fuertes, el empellón, el golpe en la nuca, la piel cáscara rota, la sed detenida y el puto desierto que sigue a decir de últimas: ¡adiós, por Dios, que se vaya de una buena vez!
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