Me gustan muchísimo mis libros y en fechas últimas me siento muy orgullosa de ellos. Pensándolo sin mucho detenimiento ¿cómo no sentirse orgullosa? Y no es porque sean tantos, es porque son míos. En cada uno he dejado un recuerdo. En la primera página con la dedicatoria, cuando es un obsequio; con mis primeras palabras hacia el mismo, cuando me lo he regalado; en la última página cuando he colocado una impresión final tras la lectura. Mis libros, desde que llegué a vivir a esta ciudad se fueron convirtiendo en compañía, herencia, familia, pasos andados... y ahora son toda una historia. Este año no desee comprarme uno de cumpleaños y debo confesar que fue de lo que más extrañé, más que el café o el pastel -porque el último hubo doble - era el libro de este año. Haciendo justicia a la red de autores que se ha construido por si acaso opto por la caída libre, decidí no pedir ni comprarme uno más. No por ahora. Tengo un reto particular: recordar mis notas en ellos.
Mis libros andan por todo mi apartamento y me gusta verlos, en el sitio que quizá corresponde a otra cosa; en el mueble en que debe ir otra más, ahí están mis libros mirándome y esperando pacientemente a ser leídos una vez más o, en algunos casos para mi dicha, por vez primera.
Mis libros tienen más mi historia completa que todas las historias que yo cuento en primera persona, son más veraces y, hasta cierto punto, más soberbios que yo. No necesitan nada, lo saben y lo saben todo. Están aquí mirándome, mientras yo cambio de página cada día para volver a empezar... a leer.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario