
Es como la canción del Joaco "...los cuentos que yo cuento siempre acaban mal", pero en poesía. Con el paso del tiempo me "cacho" (palabra favorita de este mes) fatalista y dramática, -no dramaturga que también me asumo. ¿Por qué? Pues por todo lo que está y soy, por las imágenes, por los poemas de hace un par de años, por la palabras y hasta por el whisky.
El cine que miro y las palabras que pronuncio de pronto se parecen tanto que cansan, pero esto es un poco el retrato de mí, de hace un par de años; ahora, por ejemplo, sé que con frecuencia en una circunstancia que puede ser digna de un sermón franciscano (conocido como "pancho", drama, show...), puedo decir "Altito" (palabra nueva y más favorita que la anterior, sinónimo de "¡Basta!", pero sin gritos), sin dar un paso atrás y entendiendo que ocurra lo que ocurra no debo moverme del sitio en que comencé esta vida que me ha dado por llamar mía, y que comparto con las personas que amo y me significan. Tal como he dicho: "Ésta que ves... esta que soy".
Con todo esto no quiero decir que dejaré el drama, porque está adherido a mi estructura, pero puedo mezclarlo un poco con un "algo" cachondón, como el poema que aparecerá después de este texto ("Hacia adentro", 2003), porque sé que el corazón arde y desde la selva de asfalto y cemento los silencios entierran, amenazan, fracturan, quiebran, pero... ¡me importa un pito, qué es lo que pase con mi corazón otra vez! En mí, en sí, hay una sola promesa: "Si la vida es un tren y se detiene 20 segundos frente a mí, me subo; y si acaso por despiste se detiene en la estación de la decepción, del dolor y/o desvarío, no me voy a bajar, pediré un bocadillo, gritaré por agua, al fin y al cabo esta es la vida y además que me gusta, me fascina compartirla contigo, contigo, sí, y también contigo y contigo y contigo...pero sobre todo contigo, dije ¿contigo?
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