
“Te prevengo de algo: carezco de olvidar”
No hay nada que me deje "peor" que la desazón, es como esas cosas de no saber qué te picó, pero está hinchado. Tal vez se relacione con mi firma, dicen que firmo cerrado, que busco aterrizar, pero que recuerde lo que he querido siempre es volar, permanecer suspendida, hace muy poco tiempo comprendí que ascender -no subir-, no es volar, pero no es bajar, y ahora pareciera que es la montaña rusa. Me extraño y me encuentro, así de ligero... me extraño porque me cacho haciendo cosas diferentes, caminando o disfrutando inmensamente del minuto del periódico del domingo, del café por la mañana y la lectura a las siete -cuando jamás despertaba hasta las doce...¡es domingo! Me extraño porque era todo más complicado, más rebuscado, y yo era de ese modo.
Me extraño cuando me descubro admirando a Octavio Paz y deteniéndome ante sus palabras; cuando los amigos que me salvan, los hermanos, mi familia, no estaban conmigo en la guerra del 99, ni en la batalla del 2001, y aún más asombroso: no son todos quienes se quedaron conmigo cuando la hecatombe del 2006; me extraño a mí misma y mis tragedias abismadas, pero es una nostalgia tan imperceptible que me hace abrazarme de Fulio, mirarlo cerquita y seguir bebiendo café.
Desde ya me extraño, porque es un verbo de la revolución lingüística, esa del tronco indoeuropeo; es un verbo como amar, pero este último es más complejo en el ejercicio, complejo en la operatividad, complejo en las sábanas, en la temperatura corporal, en los sentidos, en la lealtad. Hoy leía de Octavio Paz una línea que hablaba de la importancia de contar con "Hidalgos", de la trascendencia para la lengua española de la palabra, de la carga semántica entorno a la lealtad, honestidad... y todo lo que le sigue, y pensaba en Fulio, en David, en Fausto, en Moy, en Noé, en estos nenes hermosos que conforman el club de los imposibles, y me sonreía. No pensé en mí, no sé por qué; a veces me pienso como articulada de otros brazos que son los de ellos, como sostenida y contenida en sus brazos. Cuando lo hago todo transcurre lento, suave... y se me olvida que me extraño, porque es un placer culpable ese extrañar a quien ya no está, ya no soy, ya no vive... ya no (¿llano?).
Me extraño cuando me grito: "¡Puta!" frente al espejo y me sonrío; me extraño cuando sé que no es precisa la definición corriente de la palabra para mí, que me refiero a "putare... poner a juicio: juzgada", y así me siento y así me asumo, pero no me disgusta, no me inquieta, no me pasa nada, sólo sé que soy, y es lo que me cobija.
"¡Putaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!" Me grito cuando me cacho disfrutando a mi amiga Bere-negri, por quien me importa un pito que sigamos sumando edad y sin cumplir los cinco años; a Silvi mi roomate, que no sé cómo puede resistirme despierta cuando la verborrea asoma a las doce de la noche... y me siento así, con la absoluta certeza que no me agredo, que no me ofendo: ¡me libero! Pensemos un poco: por años la palabra ha tenido una connotación sexual explícita de promiscuidad (no quiere decir que yo no sea sexual y medianamente pro... mis... cua... no llego a completar la frase), pero esa ya no me alcanza, ya no me roza, porque es esa sensación de aire corriendo por el rostro, la ventisca adelgazando la mañana lo que me lleva a levantarme cantándole a mi planta "Matilde", que sólo quiero casarme con ella; a mirar a "Gypsi y Mafalda" como las más guapas de la cuadra, y decir: "¡carajo! de las razones que me dieron para una partida fue que simplemente les parecía inestable emocional, no congruente con mi vida, no estable económicamente, -y la última que me hizo ser yo quien dijera adiós- fue justo que, de una manera muy linda, afirmaron que no puedo estar con una sola persona, o sea en español mexicano: "¡Puta!" ¡Qué rayos, pues que lo sea!" Y yo repito del modo más orgulloso:
¡Esta que soy-esta que ves-esta que siente-esta SOY YO!

A veces, lo pienso un poco más y llego a aceptar todo lo que me han dicho, miro pa'l cielo, y digo: "¡cómo no!, eres todo eso... y lo que le sigue", pues miro ojos verdes, o miel, o cejas, o piel o nada, cabello diferente, y me siento tan recontra libre que al final, así, sencillito, cuando todo se complica me alegro una enormidad que el sábado me vaya al café y el domingo al periódico, así, nomás a leerlo en la calle; tan parecido como que si me pierdo -igual que el domingo 15-, y es en demasía trascendental encontrarme, pienso en "mi Fulio", en negri, en Partner, en Carnal, en Hermano, en Junior, en mi Roomate... en el club de los imposibles. Y descanso, sé que aunque gire tres veces a la derecha, giraré siempre sobre mis talones si me quieren lastimar, y justo, ¡seguro! allí estará Fulio... y lo que le sigue y a lo que sigue.
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