
Hay una mosca detenida en el monitor,
seguro que es el tiempo que ha pasado,
las letras que no escribí y se me cayeron
y se volvieron dulce o carne y hieden.
Tengo la sensación que conozco esa mosca,
porque está en el monitor, en el que hace ya
cuatro años escribo, describo, modifico,
proyecto y me abyecto por el mismo sitio.
Es una mosca grande, perdida, torpe,
delinea círculos concéntricos y no se alerta
con mi presencia, y yo... la miro,
trato de saber por dónde entró,
sé que no la metí, pero abrí la puerta;
acudo a la cita de verla con la lentitud
de saber que hay algo pestilente
que puede estar muy cerca,
que no puedo tocarlo ni olerlo,
pero que por allí algo está podrido,
como la creencia en la lealtad
de su compañía, en la muerte
de quien no murió, y a cambio
intenta mover los hilos,
necia en mi vida.
Hoy ya no quiero saberlo
así que palmeo las manos
y me quedo quieta para que no me roce.
Veo cómo se marcha, verde,
hedionda, furibunda,
y aprecio de nuevo, tranquila,
el olor de mi oficina:
café, papeles, y este corazón
en peligro de reconstrucción.
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