martes, junio 28, 2011

Del gran Fellini

La primera pregunta
(La Dolce Vita, 1960. Dir. Federico Fellini)

Cuando creo que estoy frente a otra historia me percato que sigo contándome la misma. Tal vez como se ha dicho constantemente: el ser humano tiende a contar la misma historia, estableciendo medianas variaciones entre los hechos, colores, aromas, atuendos… investiduras al fin que le permiten destacar un detalle que en la primera ocasión no observó y que tras la segunda vista, ha adquirido un cariz diferente. Así me ha ocurrido. Durante algún tiempo me he preguntado ¿cuál es el sentido de la vida? ¿Qué significado posee la demanda social? ¿Cuál es la demanda personal, intrínseca al ser humano, esencial? ¿Qué queremos como seres humanos? ¿Qué quiero? ¿Dentro de lo que quiero, cuál es la diferencia entre lo que tengo y lo que poseo? Son sólo algunas de las interrogantes que me he planteado, pero son de utilidad si me percato que son las mismas que me llevan al cine, quizá me quedo sin respuesta inmediata, pero dentro hay cada vez más fuerte un sentido de la verdad posible.

El sentido de la vida; el sentido del amor; el sentido del trabajo; la vida como sentido, la vida sin sentido, la vida con sentido… En la “La Dolce vita” (1960) bajo la dirección magistral de Federico Fellini, es Roma, años sesenta, llegamos al filme con una toma aérea: la estatua de Jesús el Cristo que cruza la ciudad, en un helicóptero para llevar al Vaticano. En el camino, el helicóptero se detiene a  observar a un grupo de mujeres que están tomando el sol en una azotea, Marcello pregunta a las mujeres por su número telefónico y éstas le preguntan hacia dónde lleva la estatua. El ruidoso motor del helicóptero evita el mutuo entendimiento. Aquí encontramos el primer parangón que me remite a un advenimiento, a primera vista se augura mesiánico, es decir, la estatua de Jesús el Cristo llevada por el protagonista de la historia, Marcello Rubini (Marcello Mastroiani), periodista de la aristocracia y del espectáculo. Si siguiera la línea trazada hasta ahora, me atrevería a afirmar que el director ha dado el primer acercamiento a la historia: ambos personajes, la estatua del Cristo y el periodista a bordo del helicóptero, conforman una unidad, cruzan el cielo, sobrevuelan la ciudad y poseen un mismo destino: ser portadores de un mensaje. No obstante, vamos a detenernos aquí con el comentario, toda vez que nuestra mirada no se dirige al posible paralelo entre las figuras mencionadas ni por mucho al posible contenido iconoclasta.

La película aún cuando posee una estructura episódica, la genialidad del director permite que la mirada del espectador quede atrapada en cada uno de los sucesos por los cuales nuestro protagonista transita. Si tuviéramos que resumir en líneas precisas lo que la película muestra sería una tarea titánica, pero aún más ardua es darse a la tarea de “leer” lo que cada episodio de la misma señala.

Marcello nos lleva a transitar a lo largo de la Vía Veneto en Roma donde las celebridades de la aristocracia y el espectáculo se dan cita, acompañado de un joven fotógrafo Paparazzo; Marcello un joven escritor, quien se dedica a ser reportero de crónicas sociales, da la vista de ser no comprometido con otra cosa que no sea con el placer de sus sentidos, lo demuestran sus múltiples relaciones casuales con mujeres hermosas. Marcello parece enamorarse siempre, de todas las mujeres, y al mismo tiempo no comprometerse nunca con alguna de ellas ni siquiera con Emma su celosa amante.

Muestra clara de su enamoramiento eterno, con duración de una noche, es el encuentro con Silvia una espectacular actriz americana, a la cual sigue mientras ésta vaga en Roma y a quien jura su amor como si fuera la primera y la última vez, para luego acompañarla a su residencia y olvidarse de ella. De este encuentro cabe destacar dos escenas que personalmente han sido de sumo agrado: la noche en el cabaret, mientras la actriz baila en una modalidad de averno moderno, y por supuesto, el baño nocturno de la propia Silvia en la Fontana Trevi, que ha dado lugar a homenaje en otras películas[1].

El personaje de Marcello se presenta con todo lo que el ser humano puede ser en su complejidad, en su contrariedad, en su médula. Su deseo de abandonar su oficio y tomar seriamente su novela se me antoja titánico frente a su falta de compromiso, su dolor apenas dibujado por su padre, quien como visitante corre una parranda con él, pero al mismo tiempo al término de este episodio llega la partida del padre, el mismo que sin aducir por mi parte razones psicológicas me merece una nostalgia interminable.
Una tras de otra las noches de Marcello son grandilocuentes, los personajes que son mirados a través de sus ojos, como el caso del falso milagro donde dos niños mienten acerca de una supuesta aparición de la Virgen en las afueras de Roma, en donde se ve una multitud inmensa, una nostalgia enorme por recuperar la fe, una mirada sin pausa a lo que en nombre de la fe puede ocurrir.





Cada elemento de la película es tan vasto en el análisis que dando por sentado este hecho, debo aceptar que es el episodio de Steiner, un amigo intelectual de Marcello con una vida familiar perfecta, el cual me ha hecho volver a cuestionarme acerca del sentido de la vida. Steiner termina asesinando a sus hijos y cometiendo suicidio, privando a su esposa de saberlo e incluso mintiéndole para que no pueda detenerlo. Este episodio con todo su discurso previo entre Steiner y Marcello, con toda la voluntad por parte de quien tiene la vida perfecta me sobra dentro, porque me falta. Esa incomprensible necesidad de perpetuidad de los seres humanos, el sentido de la trascendencia como máxima aspiración y esa melancolía manifiesta y serena en cada uno de los pasos de Steiner que da frente a Marcello, que le ofrece su mano, cuando él mismo hace mucho, mucho tiempo que ha dejado de estar presente. No puedo asegurar que Marcello, como personaje haya comprendido este hecho, pero tras la muerte de Steiner, Marcello se adentra en una vida vacía, no importa el lujo porque cada lugar que pisa es en sí mismo una porqueriza de su propia existencia. Al llegar al final, Marcello acude a dos encuentros, un animal marino que ha llegado muerto a la playa, a quien no falta quien señale su aspecto y Marcello agregue que tal vez el animal, ya muerto, nos mire a nosotros y no a la inversa.

Y el último encuentro-desencuentro con una jovencita a quien conociera tras su primera entrevista con Steiner decidido a terminar su novela, Marcello se retira a la playa a escribirla, donde es interrumpido por la alegría y el carisma de una hermosa jovencita, mientras él intenta escribir, finalmente sin dar mayor razón Marcello regresa a la ciudad, previa llamada telefónica a Emma, negándose a la posibilidad de conocer a la jovencita o apartándose de ello. Más adelante esta alegre jovencita vuelve a presentarse ante Marcello, esta vez nuestro protagonista yace en la playa tras observar el animal, ella intenta llamar su atención, cuando finalmente lo consigue el ruido de oleaje del mar impiden que puedan comunicarse, no obstante cada uno de los movimientos corporales de la joven permiten entender que ella lo recuerda, lo identifica, lo ve, pero él… él ya no puede mirarse ni a sí mismo, quizá no se recuerda, quizá no tiene idea no sólo de quién es, si no de lo que alguna vez quiso ser.

La última secuencia del filme posee una belleza perturbadora, dejando vista la decisión final de Marcello; mientras la observaba no evité la sacudida interior; no evité que salieran a flote nuevamente las viejas preguntas; no evité si no que provoqué dejar macerar la falta de respuesta. Entiendo y acepto que la vida es una interrogante constante, como la última que nos regala el director en este filme; entiendo poco de las respuestas inmediatas, de las verdades abordadas desde el clisé, de la misma y solapada moral que nos entregan los diversos grupos sociales, de la importancia de la vida interior… es sólo que por un momento deseé que no llegaran a mi mente, como ahora, los versos de Tristán Tzara: “¿Cómo podría olvidar?/soy sólo un hombre hecho de tejidos y de años/de días rebasados a merced de la tormenta”[2] Y pese a éste arribo y por esta llegada, es menester decirlo: puedo entender y cuando dejo de hacerlo, comienzo a sentir tan humanamente como formulé hace mucho tiempo ya la primera pregunta.





[1] Elsa y Fred. Dir. Marcelo Carnevale, Coproducción hispano-argentina, 2005.
[2] TZARA, Tristán. La noche herrada. 

lunes, junio 27, 2011

Estampas de otredad V

Violeta
A Devora Liliana

Jasmín Cruz Cacheux

Violeta mira de nuevo. Asomada como está puede ver la puerta de la entrada del edificio. Llegará, sí llegará. Sonríe. Acaricia de nuevo sus aretes, los mismos que le regalara aquella noche. Permite que te los ponga… es tu color favorito. Violeta sonríe. Piensa una vez más en lo que dirá, reúne las palabras como si se desprendieran en el aire, como si por primera vez fueran a pronunciarse; agita las manos y mira de nuevo el reloj en la pared, siete y quince. Faltan algunos minutos, pero ella está lista. Vuelve a mirar por la ventana, aún no ha llegado. Siete y media, dijo siete y media, repite en voz alta. Camina por la estancia, decide finalmente prepararse un té, el café no le dice nada, desde aquel entonces en el té descubre palabras una y otra vez. Abre la alacena: manzanilla, limón, canela… mueve la cabeza, cierra los ojos y toma al azar una bolsita, prepara el agua; mientras espera no puede evitar sonreír, otra vez el recuerdo. El té está listo, toma asiento; piensa de nuevo en lo que dirá, sonríe, da un sorbo, otro, las imágenes regresan.
-          ¡Violeta, Violeta! Espera, yo… quería decirte que…
-          ¿”Querías” decirme o quieres?
-          Yo… Violeta, yo te…
-          ¿Tú… me?
-          Te … ¿gusta el té?
-          Sí.
-          ¿Cuál?
-          Manzanilla, canela, limón, lo tomo al azar.
-          ¿Al azar? Sí,  a mí también me gusta el azar, digo el té al azar.
-          ¿Eso querías decirme?
-          No. Quería decirte que…
Las siete veinte. Y tomamos un té… al azar. Dijiste cierra los ojos, pidamos al azar, apunta con la mano izquierda y yo lo haré con la derecha. Después hablamos de… de… nada, pero me hiciste reír. Toma la taza y nuevamente se acerca a la ventana; asomada como está el aire le recorre el rostro, apenas la caricia para que ella vuelva a recordar aquella noche.
-          Violeta, quiero decirte que tu boca tiene la forma del silencio.
-          ¿Cómo?
-          Sí. Yo quiero probarlo, sentir el sabor del silencio ¿Quieres?
Las siete veinticinco. Violeta toma las llaves. Las abraza con el puño y lo levanta. Abre la ventana, se sienta frente a ella, cierra los ojos.
-          Si te regalo un anillo que sea la promesa para seguir después de la vida juntos, será mi promesa; pero si te doy este par de aretes del color de tu nombre me prometo a ti, a estar siempre, en mi día y en mi noche, con mi frío y con mi sol. Si los llevas puestos el día que regrese sabré que me aceptas tal como soy, que somos par.
Violeta permanece con los ojos cerrados, sonríe. Llegarás, tú llegarás. No te he dicho que mi silencio no sabe si no te pienso. No te he dicho que sí, que quiero seguir cada día de mi vida como estos diez años abrazando tu nombre. Violeta suspira, arroja las llaves por la ventana. Abajo, una silueta camina hacia la entrada.
-          ¡Violeta, Violeta! Te…
-          Sí. Manzanilla, canela, limón, lo tomo al azar.
Siete treinta. Fuertes pisadas recorren los escalones. Violeta de pie frente a la puerta. Siete treinta. Diez años pasaron. Siete treinta. Violeta frente a la ventana. Siete treinta.


domingo, junio 26, 2011

De Buñuel...

“Paloma negra de los excesos…”
“El Bruto
(Dir. Luis Buñuel, 1952)
La película narra la historia de un hombre apodado “El bruto”, un matancero, que por lealtad a quien considera su amo comete un crimen, al menos es ésa la primera parte de la historia; más adelante la historia del propio Pedro nos lleva a observar un personaje que crece en la pantalla al compás del amor y los celos que conducen al protagonista a un trágico final.


Pedro, desde nuestro punto de vista, no es el único protagonista de la película. Existen en la historia, sin duda, elementos que nos llevan a afirmar al propio escenario como un protagonista, las imágenes de la sociedad y sus habitantes, encarnados en los vecinos que defiende su derecho a permanecer en la que han llamado su casa; y el personaje de Paloma, la amante de Don Andrés, dueño de la vecindad; con Paloma, la complejidad y riqueza de la seducción femenina sobre salen; la maldad y la tragedia son sólo consecuencias del despecho, prueba de “su amor” pronunciado y despreciado por Pedro.

Tenemos en la que podría considerarse la primera escena de confrontación entre Pedro y Paloma, el modus operandi de la relación: “Para eso que tú me quieres hace falta una cosa: que quiera yo”. Y con ello queda sellado este primer encuentro, pues como veremos en el transcurso de la historia damos cuenta que basta con que ella quiera, lo que ella quiera, aunque él ya no quiera. Este juego de palabras que nos permitimos no es ocasional si observamos que las pasiones humanas y los instintos se hacen presentes durante la relación que simboliza la traición hacia aquello que considera Pedro como sagrado: la lealtad a su amo.

Llama nuestra atención que a lo largo del filme Pedro, no hace mención alguna hacia la lealtad a su amo, mientras convive con Paloma, no hay un ejercicio de conciencia ni rasgo alguno de arrepentimiento hacia la relación que mantiene; tal vez ello es propio de un personaje que ha dicho de sí mismo: “No soy estúpido, yo pienso muy despacio”. Lo mismo ocurre al dejar a quien parece su primera mujer y la familia de ésta, no hay asomo de recuerdos ni razonamiento alguno sobre su partida, es entonces este personaje como ha llamado Ricardo Vinós “…bruto de circunstancia que no sobre su origen.”[1] Estamos ante un personaje que no entiende que ha matado a un hombre por “un golpecito” y que más tarde ese crimen será la causa que su amor por Meche sea malogrado.

En este filme apreciamos una de las premisas de Luis Buñuel: “Me interesa, como siempre, ver cómo las circunstancias van a hacer cambiar a los personajes. Es como meterlos en un caldo de cultivo. En ocasiones se puede comprobar que gente muy inteligente y civilizada, ante una situación de peligro común, se vuelve brutal, se animaliza. Y al revés. A unos la experiencia los mejora, a otros los empeora.”[2]

En “El bruto” el bien y el mal se confunden. Como la maravillosa cinta que es permite que el espectador no obtenga una premisa inicial de malo o bueno: el hombre ambicioso que pretende echar a sus inquilinos, es al mismo tiempo el hijo amoroso; los propios inquilinos pueden ser rencorosos si sospechan que Meche tiene una vida diferente a ellos; el mismo Pedro es al mismo tiempo el hombre leal a su amo y verdugo del mismo, tirano de una sociedad de la que proviene y libertador del yugo que los ha oprimido; Meche es la hija amorosa y paciente, y al mismo tiempo la mujer que decide vivir con Pedro sin atreverse a saber quién es y por qué sangraba la noche que lo conoció, es también la mujer que al tener noticia de la procedencia del hombre a quien se ha entregado lo abandona sin más.¿Y qué decir de Paloma? La mujer de Don Andrés, quien planea la muerte de aquellos que son un obstáculo, quien come una uva frente al espejo mirando complacida cómo se desbarata, pero es también quien le grita a Meche “El bruto es mío, nada más mío”, y a Pedro “Pégame, pero no te vayas… Bruto, no te vayas.” En suma, estamos ante dos triángulos con unos vértices comunes:  Meche – Bruto- Paloma- Andrés.

Luis Buñuel, al respecto del filme dijo: “La película es como es”[3] y hallamos razón en ello, Paloma es en suma la gran titiritera de la historia, quien decide la vida y muerte de quien le estorba o la desdeña, así lo vemos y escuchamos en la escena previa al desenlace que mantiene con Don Andrés: “… Hazlo que quieras, pero mátalo, por ti, por mí, mátalo”, y aunque aquí su deseo no se cumple, sigue su empeño hasta que lo consigue sea de la mano de Don Andrés o de la policía quien ha tenido cuenta de otro crimen y sale a buscar al responsable, mientras el padre de quien ha muerto come cuantos caramelos desee, pues por esa noche nadie habrá de vigilarlo.

En este filme el director Luis Buñuel, remarca con ironía el drama vivo de los desposeídos, remarca pues ya lo ha subrayado en “Los olvidados (1950)”, acierta en la forma en que convierte al verdugo en libertador, al victimario en víctima; a la brutalidad en ternura, y en algunos momentos en seducción. Y recordamos las palabras que Pedro dirige a Meche: “¡Caray, qué chulo es México! Antes tú no tenías a nadie y yo tampoco. Y ahora estamos los dos juntos.”

Al final de la película Pedro ha muerto, Meche está a su lado y Paloma camina por una salida casi en la oscuridad total, su rostro desencajado no parece satisfecho, se detiene un momento y mira a un gallo, con aparente asombro o con temor. El gallo parece decir que aún no amanece o que está por amanecer, pero no canta, quizá para ella no cantará más, tal vez para ella no hay más amanecer.



Ahora tras reflexionar un poco más, damos razón a la afirmación que Paloma camina hacia su propio infierno, hacia la penumbra en que ha decidido vivir; sin embargo, su forma de caminar no denota mayor emoción, si bien no hay fuerza o vitalidad, tampoco hay asomo de arrepentimiento o culpa. Paloma es la suma de sus decisiones, sus pasiones, sus deseos, pero sobre todo sus instintos, y el bruto era suyo.

El amor y la muerte para el Dir. Luis Buñuel, parecen dotados de un mismo ritmo, poseen un rito semejante; el amor hasta el crimen, el amor hasta la muerte, porque es como es L’amour fou “el amor loco” de los surrealistas, así es el de Paloma. En cuanto al personaje de Paloma, en esencia nos lleva a recordar un verso del cantautor español Joaquín Sabina: “Ponme la mano aquí macorina, rezan tus fieles por las cantinas, paloma negra de los excesos”, así es Paloma en el filme: deseada, alcanzada, poseída, despreciada, y al final “paloma negra de los excesos.” México en este filme está más próximo al título de la propia canción “Por el boulevarsic de los sueños rotos”.

Para concluir quisiéramos mencionar que mucha de la riqueza de este filme se encuentra en la forma en que el propio director ve a México y más allá de la teoría que pueda concebir a esta cinta como una tragedia, porque ciertamente lo es; México es visto por el director español como un cuadro de pasiones humanas, pero no sólo para contemplarse si no para transitar en él una y otra vez, como una vivienda, como una calle o como un boulevard de los sueños rotos.  


[1] VINÓS, Ricardo. Notas de discusión sobre la película “El bruto”, mayo 4, 2010.
[2] PÉREZ TURRENT, Tomás y José de la Colina. Buñuel por Buñuel. Madrid, Ediciones Pilot; 1999. Apud. Laila Ruíz Castillo. “Cronología de Luis Buñuel.”
[3] Idem.

viernes, junio 24, 2011

De Bresson ...

Decidir el final

“Mouchette”, Francia, 1967.
 Dir. Robert Bresson.

En Mouchette (1967), como parte del cine de Bresson, nos encontramos frente a una pieza digna de ser leída desde distintos aspectos, posee tal grandeza en sus matices que podría afirmar que es el espectador quien le da a los hechos presentados en pantalla su razón, su motivación, su lógica.

En Mouchette nos encontramos con una película que es como es, tal cual sin adjetivos. La historia desarrollada nuevamente en la campiña francesa, coloca como eje central a una joven adolescente de clase baja semirrural, obligada a realizar tareas cotidianas propias de otra edad, desaliñada, desafiante, provocadora, pero también algo ingenua  e insegura, se convierte en lo que se ha dado a llamar ‘antiheroína’, y como tal el tipo de adolescente a quien no se presta atención en la vida cotidiana e incluso se evita. Tal vez de allí la idea del título de la película, de allí la idea del nombre a la protagonista, Mouchett, mosquita.

Sin embargo, conforme el filme avanza nos damos cuenta que la mosquita, adquiere su propio recorrido, uno mayor al pasar de una mosca, pero durante setenta y ocho minutos nos muestra la vida de una adolescente marginal, sí, pero no sólo de la sociedad ni en una demanda por ocupar un sitio, por ser vista, una mosquita que pasa, que molesta, que se para sobre los lugares dulces, pero que no puede disfrutarlos.

Mouchette despierta la inusual sensación de ser testigo de “algo”, un “algo” maravilloso, pero indescriptible. La actuación de Nadine Nortier (Mouchette), genera un halo de ambigüedad y de misterio. La crueldad de los vecinos rurales, la figura de la madre como amor verdadero, la fatalidad son parte de los temas que durante las 24 horas que hemos recorrido la vida de Mouchette abundan, aún me pregunto cómo ver este filme y no dejar en la butaca toda esperanza por la convivencia humana, en su lugar llevé conmigo la necesaria afirmación sobre el carácter, recordando que si bien condición no es determinación, la decisión es un acto volitivo absoluto.

Así Mouchette, toma decisiones donde cualquiera con los elementos que posee se paralizaría, aparece como “mala”, irreverente, malagradecida, por asumirse quién es y cómo. En Mouchette con mayor claridad estamos ante la enorme dualidad del ser humano, imposible a simple vista comprender que exista en un personaje de su edad y condiciones, pero verdadero; recuerdo por ejemplo la escena de la violación por parte de Arséne, colocado encima de ella podemos apreciar que lentamente lo abraza, pareciera entonces que ella estaba enamorada del cazador, y el abrazo es un abrazo pasional; o bien se puede interpretar que ella tan necesitada de afecto termina por aceptar como muestra afectiva un acto cuasi materno. No obstante, también es posible decir que hay tanto en la protagonista que no existe una interpretación unívoca, porque Mouchette como los personajes de Robert Bresson son una construcción humana, imprecisa, ambigua, imperfecta.

De allí que en este orden vayan tan bien las palabras de la autora de Contra la interpretación Susan Sontag (1996): “La interpretación debe ser a su vez evaluada, dentro de una conciencia histórica de la conciencia humana. En determinados contextos culturales, la interpretación es un acto liberador. Es un medio de revisar, de transvaluar, de evadir el pasado muerto. En otros contextos culturales es reaccionaria, impertinente, cobarde y asfixiante.”[1]

Por último, me gustaría señalar que si bien es cierto que en el cine de Bresson los elementos que utiliza permiten al espectador saber que nada es de un solo color, no es una sola verdad o la verdad única no existe, tal como se puede apreciar el sufrimiento y la redención son parte de una misma situación. Bresson, muestra continuamente las dos caras de una misma moneda, así queda manifiesto en la letra de la canción que Mouchette canta, mientras la crisis epiléptica de quien será su violador ha cesado: «Esperad / tened esperanza / tres días / les dijo Colón / mostrándoles con confianza / el cielo ilimitado / y tendréis un nuevo mundo / vosotros que desesperáis / y más allá del mar profundo / sus ojos lo veían ya».

No sabemos exactamente cuánto tiempo ha transcurrido en la vida de Mouchette en las mismas circunstancias, pero las que se adivinan fuera de cuadro, son de por sí sumamente desgarradoras. Ante ellas Mouchette es irreverente, defensiva, confrontadora, pero también está a la expectativa sin manifestarlo: en la feria viendo “los carros chocones” y su expectativa es mayor cuando en su mano depositan una ficha para que pueda abordarlos; cuando mira a quien ha sido su compañero de juego, sin saber si acercarse o no, antes que su padre la lleve de vuelta a la realidad con un golpe; nos regala estarlo mientras ve andar el tractor justo antes de lo que, personalmente, parece su decisión final.

El filme realizado por Bresson no es posible atribuirle un solo significado, la construcción realizada con tal maestría del personaje de Mouchette, me lleva a afirmar que la protagonista ha asumido su propia desgracia; el director filma planos detalle de Mouchette limpiándose el barro de los zapatos en la alfombra de la casa de una anciana, o ensuciándoselos a propósito antes de entrar a la iglesia, o se la muestra arrojándolo a otras niñas. El barro es la marca que Mouchette utiliza para su camino, es la mancha constante, su sello. El filme me resulta maravilloso por su multívoca concepción, su compleja esencia, no hay por más que se intente un solo y verdadero significado, una sola interpretación, lo cual se agradece en todos los aspectos, tal como vuelve a señalar Susan Sontag (1996):

“Interpretar es empobrecer, reducir el mundo, para instaurar un mundo sombrío de significados. Es convertir el mundo en este mundo (<<¡este mundo!>>, ¡Como si hubiera otro!).
El mundo nuestro mundo está ya bastante reducido y empobrecido. Desechemos, pues, todos sus duplicados, hasta tanto experimentemos con más inmediatez cuanto tenemos”[2]














Mouchette tras la violación y la muerte de su madre, parece percatarse que esa espera no tendrá final, así que sale a encontrarse con ella, a jugar como la niña que va dejando de ser; a envolverse en un vestido de talla mayor y el cual no utilizará jamás; a rodar como lo ha hecho en su vida, pero esta vez, decidiendo el final.



[1] SONTAG, Susan. Contra la interpretación. Tr. Horacio Vázquez Rial. México, Alfaguara, 1996, p. 30
[2] Ibid., p.31

jueves, junio 23, 2011

De Agua

Agua


Una mujer que se pierde en el silencio
es una esquina,
es una escoba
es un muro sin lamentos
es esa puerta que se cierra en la alcoba

Una mujer es una proa
y una palabra
y una pregunta

Una mujer sin tormenta
es una soga.
Una mujer dice "sí"
y el agua se ahoga.



Las manos
Las manos que miras
las manos que arrojan
las manos secuestradas
las manos tornillo
las manos apuesta
las manos espera
las manos perdidas,
las manos sin respuesta.

Las manos que miras y ya no te tocan
las manos que tocas y ya no te miran
las manos, mis manos vacías.

Las manos tocan el agua
las manos no la sujetan
las manos no la contienen
las manos vencidas, vertidas.

Las manos que tiemblan si faltas,
las manos te llaman, en llamas,
las manos, mis manos vacías
las mismas que miras,
las mismas que atrapas
las mismas manos en falta.



Tu silencio

Tu silencio es la caricia más nítida,
el naufragio a voluntad
y el tiempo
escalera.
Tu silencio es mi tibia soledad
y los ojos de niña.
En tu silencio existo:
y llegas
y asumes
y cierras la pena
Escarbo la boca
 la luna
la misma promesa

En tu silencio vuelvo a creer en Dios y en mí
(En silencio creo a Dios en mí)
En silencio reposas en mis ojos
y posas la lluvia
en celo
Y entiendo la sentencia,
el infinito
la misma pregunta:
“¿quién soy?”
En tu silencio nace mi nombre. 

miércoles, junio 22, 2011

De Bresson

Perífrasis de un encuentro
Pickpocket
Dir. Robert Bresson
Francia, 1959 - 75 minutos

“Creí en Dios, Jeanne, durante tres minutos”, expresión impecable que el Director Robert Bresson, pone en labios del personaje Michel en el filme Pickpocket (1959). La historia tiene lugar en París a finales de la década de 1950; pareciera que la expresión mencionada nos remitiera a la búsqueda y posterior pérdida de la fe, sin embargo Bresson nos hace transitar por las calles de París, a través de los ojos de Michel, y en cada toma nos remite a una nueva pregunta: ¿Es el dinero como tal o el robo lo que da sentido a la existencia de Michel? Tal vez la respuesta yazca en la misma pregunta: el robo del dinero o el dinero robado. Michel un joven con aptitudes y habilidades aparentemente son mayores a las de otros encuentra un sentido a su vida a partir del arte del “pickpocket”, y con esta afirmación estamos anotando el título del film como una creación y no una historia particular, quizá ello devenga observando los ecos que la historia posee de la novela “Crimen y Castigo” (F. M. Dostoyevski). En ambas historias hay un crimen mayor al robo o al homicidio, un pecado original, la soberbia. Ambos personajes contraen una deuda interior que pareciera impagable, son en sí mismos acreedor y deudor.

La nota particular de “Pickpocket”, consiste en presentar un universo que posee su propia ética, encontramos en el film tomas exactas de erotismo puro, esencial, al que podemos calificar de tal modo, pues el director Robert Bresson articula el universo del detalle, donde cada elemento de robo tiene su espacio vital, el pase de carteras, el robo de un reloj, la coreografía exacta del movimiento de los dedos y la escena del frustrado robo inmediatamente anterior al cierre del film, cada uno de estos elementos nos remite a una transición en la vida interior del personaje principal.

Robert Bresson, quien “Define un cine aparte del que se venía haciendo, y aun lo llama de otra manera: él no hace cine sino “cinematografía. No le interesa el cine como espectáculo.”[1] Nos remite a un metalenguaje, no se trata únicamente del “pickpocket” como actividad o insignia particular de un ser humano como Michel, se trata del sentido de la vida. Así es como este sujeto, que asume su marginalidad como una victoria que quiere ser un fracaso, y un fracaso que convierte en victoria, nos muestra los vericuetos del ser, a partir de otro de los grandes temas de la existencia, el amor. Jeanne, una joven que cuida de su padre alcohólico y hermanos, abandonada por su madre y encargada moralmente de la madre de Michel, próxima a morir, es el personaje que encarna la eterna abnegación; resignada por su vida, Jeanne se encuentra con Michel, es a ella a quien Michel encuentra y desencuentra a lo largo del filme, es con ella con quien puede preguntarse por la esperanza, la fe, la angustia. Con esta pareja –y en sí a lo largo de la película-, encontramos que lo importante no es lo que se dice si no lo que ocurre. En una y otra toma podemos apreciar que la belleza de Jeanne va más allá de su apariencia física, está circundada por el paisaje y ella circunda al paisaje, así, asistimos a un encuentro pronunciado por detalles, un encuentro que tiene lugar después de tantos “decires”, un encuentro perifrástico que tendrá lugar en la última escena del film, entre las rejas, entrelazando por fin las manos, rozando apenas las mejillas, los personajes transitan del cine a la vida real, nos recuerdan una vez más el sentido de la vida, porque en Bresson todo pasa fuera del cuadro y la lucha interior y el desafío contra sus propias reglas, ha ocurrido fuera del cuadro.

Al cierre del film no sabremos si los personajes han entendido su propia vida, no sabremos si habrán cambiado su estilo de vida, pero sabemos que han quedado vivos en cada toma, detenidos para ser vistos una y otra vez, así, asistimos a la perífrasis de un encuentro, la del personaje con su propia existencia, y a su vez el espectador como el doble de sí mismo. El filme termina, y en nosotros de modo inevitable algo ha germinado: ¿cuál es el sentido de la vida?                                                                                 



[1] Vinós, Ricardo. (2010). Apuntes “Nota biográfica: Rober Bresson I”

martes, junio 21, 2011

De Buñuel

Bella en la sala
Belle du cinéma

(Belle du jour, 1966. Dir. Luis Buñuel)

“Bella de día” es la historia de una joven Séverine (Catherine Deneuve), casada con un joven médico cirujano (Jean Sorel), con quien lleva al parecer una vida tranquila, particularmente recreada por los primeros instantes del filme, no tiene que pasar mayor tiempo para que la aparente vida tranquila de esta pareja se nos revele con el particular estilo de Buñuel: una vida más controversial, completada por los sueños de la protagonista, las visiones que a cada paso nos permiten avistar que hemos llegado al universo de Buñuel, donde un argumento como el que nos expone nos lleva a todo lo contrario de una novela rosa.

Basada en la novela de de Joseph Kessel, la historia de Séverine es vista por Buñuel como un marco posible para narrar una historia desde las imágenes de sueños, fantasías, visiones y deseos de la protagonista. Esta película, de la que se ha dicho constituyó un hito en la carrera del director debido a su éxito comercial, además de recibir el León de Oro en Venecia, posee también el sello característico de Buñuel en cuanto a la perversión, a la sensualidad, visto en el transcurrir de la protagonista, los impulsos morbosos que imagina, los símbolos propios de un análisis freudiano y el propio temperamento de la actriz durante la ejecución.



Según avanza el filme las interpolaciones entre los sueños de la protagonista y los hechos que van transcurriendo se dan de tal modo que el espectador tiene incluso la posibilidad de establecer al final dos posibles desenlaces, pues ha pasado tanto del pensamiento de la protagonista a la pantalla que resulta más que difícil extraño poder apartar la fantasía constante de Séverine de la realidad. La historia de una joven con una vida perfecta, a quien presuntamente han agredido sexualmente durante la infancia y tal situación la ha dejado imposibilitada para aceptar el contacto físico, en todo caso la intimidad con quien es el estereotipo de marido perfecto; esta mujer quien más adelante conserva la curiosidad que se hace interés, por adentrarse en otra forma de ver la sexualidad, asistiendo voluntariamente a una casa de citas de Madame Anaïs, con el propósito hasta ese momento no velado de practicar la prostitución no con alguna intención de sacrificio, si no con el único interés de satisfacer un deseo. Asiste a la cita, asumiendo que saldrá de ahí todos los días a las cinco de la tarde sin falta, por lo que recibe el sobre nombre de Bella de día, pues su horario de entrada es a las dos de la tarde y se retirará antes que oscurezca. Los acaeceres de la protagonista nos son mostrados sin pausa, sus dudas, sus placeres, su imaginería, en algún momento hasta su arrepentimiento. Al estilo de Buñuel nos vemos conforme pasan los minutos en la mente de la protagonista, y en ese entramado cuando la película ha terminado algo ha pasado dentro, tanto como para suponer que hemos visto tal o cual objeto que no ha estado allí, así es la película nos ha crecido dentro.

El amor loco, el amor por el amor mismo tenemos oportunidad de verlo entre la protagonista y quien será el último amante de la misma, ese amor que la hace temblar y la paraliza a un tiempo, pero que no por ello la hace pensar en quedarse con él. El amor maduro, visto a través de la relación con su esposo, con quien ella ha decidido quedarse siempre, pero sobre todo al finalizar la película, quizá únicamente porque se ha quedado quieto, más quieto que nunca, más dependiente de ella, más profundamente doloroso, después de enterarse lo que su amada esposa ha hecho cada día desde hace unos meses y aún en la condición en que está reconocer que es precisamente la actividad recreativa de Séverine lo que ha motivado que ahora él esté siempre paralizado ante ella, dependiente de ella, quieto para ella, cuidado por ella, tal como antes, pero ahora la realidad objetiva es manifiesta de lo que antes podríamos afirmar sólo era el estado mental de la relación en que la joven pareja se encontraba.

Contrario a lo que me ha ocurrido en otras ocasiones este filme ya lo había visto, quizá en dos ocasiones; ello no constituyó un obstáculo para maravillarme con algunas secuencias de corte –según mi opinión- completamente psicoanalítico, no obstante desde la primera vez que tuve la oportunidad de verlo, lo que más me maravilló fue la reacción que suscita en el público tras su exhibición, y ésta no fue la excepción. Bella de día, creció desmesuradamente en la sala, posterior a la palabra “fin”. Supongo que la discusión es sorprendente cuando se trata de ostentar moral y buena conducta, o bien cuando permite cuestionarnos sobre la prostitución. Personalmente me agrada más la segunda postura, porque el cinismo me parece maravilloso en más de una ocasión, el sarcasmo me merece admiración cuando conlleva buena dosis de inteligencia, es por lo tanto  más interesante, permite ampliar la mira sobre el mundo; lo otro me aburre desmesuradamente, porque hablar de culpa, moral, buena conducta, ante un filme de la naturaleza de Bella de día, me resulta igual de absurdo que pensar si quiera que Buñuel filmaría una novela rosa, folletinesca, que lleve una moraleja, más allá de lo que hay en la mente de Séverine.

Bella de día, se transforma en Bella en la sala, se convierte en el pretexto para argumentar lo que debemos de ser, y afirmar con ello que estamos salvos. Todos tenemos “un cuarto de las ratas”, ese lado oscuro donde se guarda lo que pno es agradable, lo que no garantiza nuestra entrada a la sociedad, lo censurable, lo perverso –dicho sea el término como fue acuñado por S. Freud, el comportamiento que se desvía de lo habitual-, pero gozamos pensando que no existe, y entonces Bella de día es la mejor forma de censurar lo que saliendo de la sala, de cualquier modo sabemos que existe, no se mira en el espejo, no tiene un horario de de 2 a 5 de la tarde y quizá tampoco está dotado de ensoñaciones clave, símbolos psicoanalíticos, pero estoy segura que allí donde se alza la voz para argumentar contra lo perverso que hay en Bella de día, se trata de no escuchar el ruido a montones que hay en el cuarto de las ratas que todos llevamos dentro, y no se silencia por más que lo deseemos. Bella de día, Bella en la sala, y en la vida cotidiana Bella por todos lados, mala suerte porque no será tan bella como Séverine y quizá no tan enigmática como la cajita cuyo contenido es un misterio ni tan tintineante como las campanas de entrada y salida del filme, pero es nuestro, habrá que mirarlo, escucharlo y aprender a vivir con él sin Anaïs, qué desdicha, sin horario, pero con todo el deseo porque no nos paralice.