Comer, sanar y amar
“(…)
en la cocina con el café
en la ventana que cerré
en la puerta que atranqué
en la boca que besé
en esta mujer que soy y no la que fue.
(…)” Cotidianas, Creaturas Cotidianas.
“Ya no disfruto lo que hago”, escuché decir a una mujer. No podía creerlo. Se trataba de la misma persona que me hablara siempre sobre la fe –como sentido de confianza- en el mundo, en las personas, en las situaciones, en el tiempo, en la vida, en cada uno de sus pasos. Inevitablemente recordé la película de “Comer, Rezar, Amar” (2010), dirección de Ryan Murphy, basada en el best seller de las memorias de Elizabeth Gilbert, Comer, Rezar Amar (Eat Pray Love).
Pasé algunos días pensando en la frase que escuché, a ratos pensaba que más que una frase sencilla se tratada de una sentencia: la verbalización de lo que en adelante ocurriría sin que nadie pudiera detenerlo, pues hay decisiones que sólo nos competen a cada una. Decisiones que tienen que ver con una elección, y elegir ya lo he dicho en este espacio es renunciar al mismo tiempo. Luego medité si no me pasaba que estaba siendo radical; recordé si me había sentido del mismo modo en algún momento… es decir si conseguía olvidar los sabores en general, el sabor del chocolate, el sabor de la pasta, el sabor del viento en el cabello, el sabor de la fuerza de mis piernas y el sostén de mis manos… el sabor de la vida. Supongo que fue hace mucho tiempo y que ahora me era extraño, ajeno. La situación acá era diferente, no disfrutar, más allá de sentirse triste o enojada, radiante o entusiasmada, pero de cerca a ese filo entre el vacío y la angustia. Seguí recordando la película, Julia Roberts interpreta a la protagonista, la misma que puede tomarse como el modelo del sueño americano femenino, si es que esto es posible, posee todo lo ambicionado y así es como inicia la película, ella lo tiene todo, y lo que tiene a terminado por poseerla a ella sin que le deje un espacio para reconocerse. Así decide viajar, recuperarse. En esa travesía alrededor del mundo, busca el cambio en su vida.
Dos lugares se encuentran presentes en particular en la historia de Gilbert: Italia e India, paisajes hermosos y la única preocupación de esta mujer es su autodescubrimiento. Para bien o para no tan bien, no nos es posible a todas tomar esa cruzada viajera, y para ser sincera no sé qué tanto haga falta, es verdad que me encanta el placer del paseo, pero en este caso ¿cómo podemos darnos el autodescubrimiento sin salir de casa o de nuestra ciudad? Sólo tengo una respuesta: el viaje interior. No hablo en el sentido esotérico si no íntimo. La relación más sincera que tenemos comienza en nuestro interior, para con nosotras mismas, con nuestro corazón. En la película observamos como la protagonista redescubre los sabores y su propio sabor, encuentra en su recorrido el sabor que la sacia y paladea, en la comida italiana que me atrevería a afirmar no coincidentemente disfruta primero a solas y luego en compañía. Más adelante en India descubre la oración y el arte de la sanación personal atreviéndose a tomar el boleto del viaje más profundo, la travesía hacia su pasado, los recuerdos más dolorosos, el espiral en descenso hacia su espíritu.
Finalmente en Bali le es posible aceptar el amor, como ese puente que se construye entre dos seres que se aman, que debe poseer dos orillas, de otro modo es un callejón sin salida. Y esta es mi lectura de la película, ahora mi lectura sencilla sobre lo que escuché, lo que vi, lo que también viví, parece evidente: la vida es un instante, largo y penoso, breve y encantador, pero en ese instante elegimos el viaje, el equipaje, somos pasajeras que vamos convirtiendo nuestro día a día en una travesía personal; somos también seres que pueden permitirse ser “tocadas”, por los lugares, las personas que nos llevan a otros sitios. Como la mujer con la que he comenzado estas palabras, ella también es un sitio. Somos un sitio y en ese sitio que aceptamos convertirnos para otros seres humanos, hombres y mujeres, aprendemos un paso a la vez, a comer como alimentarnos, deleitarnos de lo que el exterior nos brinda; a sanar, lento y seguro, para amar intensamente, construyendo puentes, túneles, pero nunca más laberintos sin salida.
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