viernes, junio 24, 2011

De Bresson ...

Decidir el final

“Mouchette”, Francia, 1967.
 Dir. Robert Bresson.

En Mouchette (1967), como parte del cine de Bresson, nos encontramos frente a una pieza digna de ser leída desde distintos aspectos, posee tal grandeza en sus matices que podría afirmar que es el espectador quien le da a los hechos presentados en pantalla su razón, su motivación, su lógica.

En Mouchette nos encontramos con una película que es como es, tal cual sin adjetivos. La historia desarrollada nuevamente en la campiña francesa, coloca como eje central a una joven adolescente de clase baja semirrural, obligada a realizar tareas cotidianas propias de otra edad, desaliñada, desafiante, provocadora, pero también algo ingenua  e insegura, se convierte en lo que se ha dado a llamar ‘antiheroína’, y como tal el tipo de adolescente a quien no se presta atención en la vida cotidiana e incluso se evita. Tal vez de allí la idea del título de la película, de allí la idea del nombre a la protagonista, Mouchett, mosquita.

Sin embargo, conforme el filme avanza nos damos cuenta que la mosquita, adquiere su propio recorrido, uno mayor al pasar de una mosca, pero durante setenta y ocho minutos nos muestra la vida de una adolescente marginal, sí, pero no sólo de la sociedad ni en una demanda por ocupar un sitio, por ser vista, una mosquita que pasa, que molesta, que se para sobre los lugares dulces, pero que no puede disfrutarlos.

Mouchette despierta la inusual sensación de ser testigo de “algo”, un “algo” maravilloso, pero indescriptible. La actuación de Nadine Nortier (Mouchette), genera un halo de ambigüedad y de misterio. La crueldad de los vecinos rurales, la figura de la madre como amor verdadero, la fatalidad son parte de los temas que durante las 24 horas que hemos recorrido la vida de Mouchette abundan, aún me pregunto cómo ver este filme y no dejar en la butaca toda esperanza por la convivencia humana, en su lugar llevé conmigo la necesaria afirmación sobre el carácter, recordando que si bien condición no es determinación, la decisión es un acto volitivo absoluto.

Así Mouchette, toma decisiones donde cualquiera con los elementos que posee se paralizaría, aparece como “mala”, irreverente, malagradecida, por asumirse quién es y cómo. En Mouchette con mayor claridad estamos ante la enorme dualidad del ser humano, imposible a simple vista comprender que exista en un personaje de su edad y condiciones, pero verdadero; recuerdo por ejemplo la escena de la violación por parte de Arséne, colocado encima de ella podemos apreciar que lentamente lo abraza, pareciera entonces que ella estaba enamorada del cazador, y el abrazo es un abrazo pasional; o bien se puede interpretar que ella tan necesitada de afecto termina por aceptar como muestra afectiva un acto cuasi materno. No obstante, también es posible decir que hay tanto en la protagonista que no existe una interpretación unívoca, porque Mouchette como los personajes de Robert Bresson son una construcción humana, imprecisa, ambigua, imperfecta.

De allí que en este orden vayan tan bien las palabras de la autora de Contra la interpretación Susan Sontag (1996): “La interpretación debe ser a su vez evaluada, dentro de una conciencia histórica de la conciencia humana. En determinados contextos culturales, la interpretación es un acto liberador. Es un medio de revisar, de transvaluar, de evadir el pasado muerto. En otros contextos culturales es reaccionaria, impertinente, cobarde y asfixiante.”[1]

Por último, me gustaría señalar que si bien es cierto que en el cine de Bresson los elementos que utiliza permiten al espectador saber que nada es de un solo color, no es una sola verdad o la verdad única no existe, tal como se puede apreciar el sufrimiento y la redención son parte de una misma situación. Bresson, muestra continuamente las dos caras de una misma moneda, así queda manifiesto en la letra de la canción que Mouchette canta, mientras la crisis epiléptica de quien será su violador ha cesado: «Esperad / tened esperanza / tres días / les dijo Colón / mostrándoles con confianza / el cielo ilimitado / y tendréis un nuevo mundo / vosotros que desesperáis / y más allá del mar profundo / sus ojos lo veían ya».

No sabemos exactamente cuánto tiempo ha transcurrido en la vida de Mouchette en las mismas circunstancias, pero las que se adivinan fuera de cuadro, son de por sí sumamente desgarradoras. Ante ellas Mouchette es irreverente, defensiva, confrontadora, pero también está a la expectativa sin manifestarlo: en la feria viendo “los carros chocones” y su expectativa es mayor cuando en su mano depositan una ficha para que pueda abordarlos; cuando mira a quien ha sido su compañero de juego, sin saber si acercarse o no, antes que su padre la lleve de vuelta a la realidad con un golpe; nos regala estarlo mientras ve andar el tractor justo antes de lo que, personalmente, parece su decisión final.

El filme realizado por Bresson no es posible atribuirle un solo significado, la construcción realizada con tal maestría del personaje de Mouchette, me lleva a afirmar que la protagonista ha asumido su propia desgracia; el director filma planos detalle de Mouchette limpiándose el barro de los zapatos en la alfombra de la casa de una anciana, o ensuciándoselos a propósito antes de entrar a la iglesia, o se la muestra arrojándolo a otras niñas. El barro es la marca que Mouchette utiliza para su camino, es la mancha constante, su sello. El filme me resulta maravilloso por su multívoca concepción, su compleja esencia, no hay por más que se intente un solo y verdadero significado, una sola interpretación, lo cual se agradece en todos los aspectos, tal como vuelve a señalar Susan Sontag (1996):

“Interpretar es empobrecer, reducir el mundo, para instaurar un mundo sombrío de significados. Es convertir el mundo en este mundo (<<¡este mundo!>>, ¡Como si hubiera otro!).
El mundo nuestro mundo está ya bastante reducido y empobrecido. Desechemos, pues, todos sus duplicados, hasta tanto experimentemos con más inmediatez cuanto tenemos”[2]














Mouchette tras la violación y la muerte de su madre, parece percatarse que esa espera no tendrá final, así que sale a encontrarse con ella, a jugar como la niña que va dejando de ser; a envolverse en un vestido de talla mayor y el cual no utilizará jamás; a rodar como lo ha hecho en su vida, pero esta vez, decidiendo el final.



[1] SONTAG, Susan. Contra la interpretación. Tr. Horacio Vázquez Rial. México, Alfaguara, 1996, p. 30
[2] Ibid., p.31

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