lunes, junio 13, 2011

El dorado

Hace tiempo, quizá más de un par de años, me pareció que el nombre "Valle de Bravo" sonaba más de lo que geográficamente me decía. Así que decidí "adoptarlo" como un destino; sin embargo el tiempo transcurría y cada vez se parecía más a un momento imaginario que a un sitio al que pudiera acudir; así que me conformé con la sonoridad del nombre pronunciado en voz baja, como lo único que me quedaba del lugar. Solía pensar que el día que finalmente llegara no lo reconocería, o bien sería uno de esos largos sueños que una vive y que no quedan huellas materiales al respecto, el tiempo, siempre el tiempo, hizo que la idea se arraigara. A veces expresaba mi deseo de ir, otras lo olvidaba.  Un par de ocasiones los planes versaban sobre ese viaje, pero no llegaban a un resultado. Así que un día lo nombre "El dorado", ese lugar imaginado por los españoles al que nunca llegaron; así, en el mismo sentido. Sin embargo, mis cariños no estaban de acuerdo con plantearme metas imposibles, así que no sólo no aceptaron el nombre sino que me pedían que lo replanteara por la distancia a la que me encuentro, la posibilidad. Ya para esas alturas sabía que no se trataba del sitio como tal, llevaba aparejado algo más profundo, entrañable, lo que el lugar me había crecido dentro, la idea, el sueño, pensar en la compañía, en la forma. 

Cascada "Velo de novia"
Con el paso de los años le llamé "El dorado", significando todo aquello que reclamaba: compañía, palabras, miradas, un sueño en común, eso... un acto en común, como la palabra conspiración que indica respirar el mismo aire... y lo olvidé. Como dije antes, alguna vez lo comenté en voz alta, más de una vez si soy honesta, así que mientras yo olvidaba la idea, alguien más la recordaba y le daba forma. Valle de Bravo no podía ser "El dorado", no de ese modo. Así que el fin de semana que correspondía a mi festejo de cumpleaños, casi dormida tomé una mochila y subí al autobús en un acto de completa conspiración contra mi cadena de derrotas y llegamos: "El dorado" efectivamente no existe. En su lugar encontré un poblado cálido y pleno de leyendas. Paseos por el lago, por las cascadas, por el bosque, comida deliciosa, artesanías, mucha risa, gente buena... "El dorado" se desintegraba y las pocas imposibilidades con las que contaba, también. Jamás regresó la que se fue, como decía Heráclito "panta rei", "nadie se baña dos veces en el mismo río". No podía regresar, porque ya no tenía la aldaba de la incertidumbre, el tropiezo de lo imposible, así que no regresé, el reto es mayor si lo medito y lo trato de comprender, porque no regresar es ser otra, con el mismo nombre, pero otra, con un pasado y también con un futuro. 

Y "El dorado" seguro está allí, para muchos, pero no para mí, ahora no. Quizá después medite si tener un "Dorado" es prudente, finalmente soy tan afortunada que cada vez que planteo uno, lo alcanzo, pero a diferencia de la leyenda, me siento satisfecha, me congratulo, eso es un poco lo que me hace dudar si no he pasado de convertir al "Dorado" en la forma paradójica de acercarme a una meta. 

En fin, sigo agradecida por el viaje, por las ganas, por el entusiasmo, por el cariño, por la fuerza, por el coraje, la sonrisa y el amor, sobre todo el amor. 

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