“…una es la mujer que vive en el mundo, con muchos nombres, pero sigue siendo una…”
Escribir es un oficio, pero también es un permiso para conversar, para aventurarse hacia el exterior, para permitirse “el decir”, sí, el libre ejercicio retórico en el que nos descubrimos “hablando en voz alta”. Hace tiempo, más de un par de décadas, la mujer no tenía esa posibilidad como conquista del espacio público, como ahora es llamado. Aquello que decía o hacía, eran palabras emitidas sin el eco necesario, para saberse escuchada. En la actualidad los espacios se abren, las permanencias se generan y la continuidad pende y depende de nuestra capacidad para sujetarla, para asirnos de la pluma, del teclado, de dar forma a nuestras ideas, al libre ir y venir de nuestro quehacer cotidiano, a través de la palabra.
Mientras pensaba en el derecho a expresarnos, en esta conquista, en esta libertad ganada a fuerza de macerar la piel y esculpir en el tiempo nuestra expresión, llegaba a mi mente también la sensación concreta de poder, porque en el sentido más generoso la mujer se ha empoderado, nos hemos empoderado con diversos vehículos, puntualmente desde la palabra –vehículo maravilla de nuestras ideas-, en los diferentes espacios que hoy hay quienes no pueden imaginar si quiera que eran más que privados, restringidos al sector masculino. Es inevitable recordar en este contexto a la escritora inglesa Virginia Woolf, su obra, y en especial aquella titulada “Una habitación propia” resaltaba en ella, la importancia del espacio femenino, para pensar, crear, soñar, proponer, y… ¿por qué no? El espacio indispensable para amarse, para amar, también en voz alta.
Decía la autora inglesa, Virginia Woolf, “Porque todas las comidas se han cocinado, los platos y las tazas lavado; los niños enviados a la escuela y arrojados al mundo. Nada queda de todo ello; todo desaparece. Ninguna biografía, ni historia, tiene una palabra que decir acerca de ello.” Y tal es lo que durante décadas ocurrió, ese libro donde se escribe la historia del día a día, donde la banda sonora es el movimiento en el hogar, no tuvo un mérito público, no obtuvo un reconocimiento equivalente a un grado académico, pero su existencia permitió lo que hoy se hace vivencia, experiencia, estilo de vida. El espacio cotidiano es donde “el saber” es sabor me atrevo a decir, es el espacio primero, el espacio de la ama de casa, el espacio del hogar, el espacio en que se zurce la realidad, se cuece el alimento, se plancha la apariencia, se hierve la bebida que nos conforma, que nos remite al origen, a saber quiénes somos, hacia dónde vamos.
Esta vez no escribo para el análisis y la crítica, no escribo para la interpretación, escribo lúdica y directamente como un homenaje a la mujer, aquella de quien alguna vez dijera Virginia Woolf escribe desde siempre, sólo que deja su nombre guardado con la palabra “Anónimo”, la misma que mira la vida desde la ventana o desde el gentío en un centro comercial o en la acera de enfrente, que a esta hora acude presurosa a su segundo encuentro con la cocina, pero que sabe que soñar no es sólo mientras duerme, si no cuando cobija, abraza o consuela, después de todo: una es la mujer que vive en el mundo, con muchos nombres, pero sigue siendo una; la mujer entera que hace mucho tiempo sabe que su media naranja se hizo jugo en la mañana, y ella sigue completa, diestra, entendiendo que el mundo es tanto y la vida una, que en todos los rostros y en todas las palabras, se pone de manifiesto su derecho, nuestro derecho, a vivir en voz alta.
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