Dentro de los recuerdos que han venido a mi mente en estos días, hay uno en particular: el dolor. Creo que de las emociones humanas, esta es una de las más fuertes, porque más allá del dolor emocional, existe un punto, un umbral físico, y si la mezcla es precisa entonces la condena es larga y propicia: la frustración, la locura, el maltrato, la violencia, y no sé qué cosas más que ciertamente si no matan a la persona, exterminan su voluntad, su espíritu.
Conocí a una mujer que sufre de un dolor físico severo, posee un padecimiento de herpes en la córnea hace más de cinco años, con el tiempo ha perdido el sentido del humor o es más sencillo, el humor no tiene sentido para ella, no tiene más de sesenta años y su manera de caminar se ha transformado, vigilando siempre que la claridad no la alcance del lado derecho, sus ojos claros de nacimiento ya se lastimaban con el exceso de luz desde temprana edad, pero un incidente sin importancia hizo que cayera específicamente en el ojo derecho, un poco de polvo, ese suceso, sumado al descuido parecen explicar el padecimiento físico que la aqueja, el dolor físico con el que cada día se recuesta y amanece. La notable amargura, el cambio agresivo de conducta, la forma autoritaria con la que interactúa... ¿qué no quiere ver?
Tal vez hasta aquí no haya sentido a lo que he dicho, el dolor físico explica la condición y su destino, es decir: la condición de ojos claros, lleva a la determinación del cuidado permanente, de lo contrario el destino es más que definitivo: el padecimiento; mas no es esta la razón para explicarlo si no la forma en que se puede sobreponer al dolor y reconocer qué es lo que falta, qué es lo que pasa, le llaman "darse cuenta", le llamo "cacharse"; pienso en la ceguera, en la interna, en los pasos complicados y en evadir la luz, pienso en ello como una metáfora, como una parábola precisa que explica cómo esa mujer pudo entender qué le pasaba, ver cómo era su vida, aprender de ella y asumir la luz, primero la de adentro, más tarde la de afuera, la que podía ayudar a que su paso no fuera cansado, porque sé bien por quienes la conocen que su paso es cansado y atormentado, su manera de relacionarse complicada y sus comentarios revestidos de una agresividad que es más de cerca a la violencia que a la fuerza interior.
Conocer a esa mujer me permitió darme cuenta de una extraña paradoja, pues como una aparente contradicción, durante mucho tiempo no pude usar lentes oscuros, la razón tiene que ver con una condición natural, fisiológica o no sé cómo llamarla, sobre la oscuridad, es decir mis ojos, algún mecanismo extraño como "bastón" no alcanza a abrir a tiempo, así que no consigo acostumbrarme a la oscuridad, como actualmente por más que duela no consigo no ver lo que en mi entorno ocurre.
En el recorrido de esta historia, debo aceptar que conversar con ella y verla me dolió profundamente, ella me duele, me dolieron sus ojos, me dolió más su ojo derecho, casi enceguecido, me dolió su falta de serenidad y su agresión hacia sí misma, hacia los demás, por todas partes, por toda ella. No conseguí la autocomplacencia a través de la comparación entre mi vida y la suya, mi padecimiento y el suyo. Conseguí, a cambio, la empatía por el otro/la otra que se abisma hacia la ceguera, la personal, la íntima, la propia, esa que no nos permite trazar ningún otro camino, más que la desesperanza y el dolor.
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